Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Tedesco
66%

Tedesco

El inspector ha regresado a comisaría. Está furioso y desconcertado.

No ha encontrado a Víctor en su despacho y sigue sin responder al teléfono.

No ha podido localizarlo y necesita la autorización de un juez para seguir la señal de su iPhone.

Siguen intentando dar con él, llamando a sus amigos, a sus familiares.

Nadie sabe dónde anda ni por qué parece haberse volatilizado.

Está convencido de que el padre de Noa oculta alguna cosa, de que no es agua clara.

Lo que le dicta su intuición es que las cosas están a punto de empeorar. Es una facultad que asocia a sus muchos años de oficio y que se manifiesta con un inquietante malestar en el estómago y un extraño picor en la nuca.

Lleva horas dándole vueltas a la situación de Noa en el banco en el que encontraron su cadáver.

Quizás guarde relación con la posición que Nieves Latorre ocupaba en el vehículo accidentado.

Siendo la única acompañante del conductor con toda seguridad ocupaba el asiento del copiloto, el situado a la izquierda si el auto es mirado desde la parte delantera.

Exactamente igual que Noa respecto al banco en el parque.

Ordena a su equipo cercano que se reúna con él en su despacho. Iván pide permiso para acabar una búsqueda.

—Creo que es importante.

Lo obtiene a regañadientes. A Tedesco no le gusta esperar.

Lidia toma asiento frente al inspector. En su rostro cierto desánimo y en su postura al dejarse caer en la silla la evidencia de la tensión acumulada que escapa del cuerpo como puede.

Tiene los ojos enrojecidos y sigue moqueando.

El policía observa que no se desprende del pañuelo de papel que cobija en su mano derecha.

La agente no ha conseguido localizar a ningún familiar de la Nieves Latorre.

Ni rastro del padre, Federico Latorre, que en ningún momento aparece en el curso del atestado ni de la brevísima investigación policial.

Tampoco ha encontrado pruebas de su muerte, todo apunta a que había abandonado a su mujer y a sus hijas antes del siniestro.

Solo ha podido averiguar que la madre, Ángela Jiménez, murió en el Hospital Clínico dos años después del accidente de un tumor en los ovarios que no fue detectado a tiempo.

Tampoco ha podido seguir la pista de la hermana menor que tenía doce años cuando Nieves murió desangrada en el interior de un Audi propiedad de los Renom y que, según apuntan los hechos y dada la aparente ausencia del padre, a los catorce había perdido ya a todos sus familiares cercanos.

—Mal asunto —comenta Tedesco, compartiendo el desaliento de su agente—. Mal asunto —repite, y no sabe muy bien si se refiere a la complicada situación de la chica o al hecho de que Lidia no haya podido localizar a ninguno de los parientes de Nieves Latorre.

El padre, aunque desaparecido tiempo atrás, podría haber regresado y buscar algún tipo de venganza.

O la hermana o algún otro novio de Nieves del que la policía no tiene conocimiento.

En ocasiones incluso tíos y primos llevan a cabo todo tipo de actos criminales con la intención de hacer justicia.

No todas las implicaciones resultan previsibles.

En el despacho el silencio pesa como una losa. La agente prosigue:

—Nadie relacionado con la familia vive actualmente en el domicilio consignado durante la investigación del accidente que es el mismo que la madre facilitó cuando ingresó en el Hospital Clínico pocos días antes de morir.

Al parecer fue la hermana de Nieves la que vendió el piso no hace mucho, pero sus nuevos propietarios no saben nada de ella.

Han localizado el contrato de compra, pero en él aparece una dirección que corresponde a un piso alquilado.

Lo he comprobado, ahora viven otros inquilinos.

Había sacado todas sus cosas cuando se instalaron.

No la conocen. No hay manera de dar con ella.

Un callejón sin salida.

—Hay algo más. Creo que es importante. Ayer apareció un sujeto en la puerta de los actuales ocupantes del piso en el que vivían.

Quería localizar a la familia de Nieves, a cualquiera, no preguntó por nadie en concreto.

Creo que eso nos indica que no sabía que la madre había muerto y que no mantenía contacto.

El hijo, un adolescente, se asustó. Parece ser que el hombre le intimidó.

El chico le indicó que cuando tienen correspondencia que no les pertenece la entregan en el bar cercano, el Topkapi.

—Interesante. Ya puedes acercarte a ese bar. Consigue que hablen.

—Otra cosa —añade mientras se pone en pie—.

La descripción del sujeto podría corresponder con todo detalle a la de Pere Brufau.

Altura, constitución, el anorak de camuflaje, el tatuaje…

El chico también recuerda los dientes delanteros manchados y muy separados.

Lo he comprobado por si me equivocaba, la doctora Soria lo ha corroborado.

—Muy bien, Lidia. Muy bien. Ahora preséntate en ese bar y haz que hablen. Una dirección, un teléfono, lo que sea, pero que hablen. Y llámame en cuanto sepas algo más. Que te acompañe Samuel si está libre. No, mejor, que Samuel intente localizar las imágenes de la plaza. Todas las que pueda.

—Ya está en ello.

—Bien. Quizás tengamos alguna captura del desconocido. ¡Ah! Y que alguien intente averiguar si existe alguna relación entre Gabriel Roberts, Martin Evenson, la profesora de música, el director, la tutora… con la familia de Nieves Latorre. Que lo haga Iván, o Serena, se le dan bien estas cosas.

—¡Ah! He solicitado el informe de la autopsia de Nieves Latorre. He pensado que nos iría bien conocer los detalles. Nos lo enviarán escaneado.

Es Lidia la que habla. No es que confíe en obtener algún dato útil, pero la información nunca está de más y el hecho de que apenas se investigara el accidente hace pensar en algo turbio.

Tedesco aplaude la iniciativa con una media sonrisa, recuerda porque prefiere a Lidia en su equipo.

Es sagaz, rápida como un rayo y tiene iniciativa.

No es la primera vez que la agente se adelanta a sus instrucciones, tampoco la primera en la que sus intenciones sintonizan.

Estaba a punto de ordenar a un agente libre que consiguiera cuanto antes los detalles del fallecimiento de Nieves, aunque tuviera que personarse en el registro.

Apenas unos segundos más tarde la silueta de Lidia desaparece en el pasillo y vuelve a aparecer al trote poco después con el pañuelo aplastado contra la nariz:

—Me olvidaba. Ha llamado Aitana Nasarre, la madre de Noa, quería saber si ha localizado a su marido.

No ha sabido nada de él en todo el día. Dice que le ha llamado muchas veces y que no coge el teléfono.

Está muy intranquila, desesperada, dice que tiene un mal presentimiento, aunque juraría que lo que tiene es miedo.

Me ha pedido que la llame cuando tenga un momento.

Creo que piensa denunciar la desaparición.

—Está bien. Lo haré. Pide a un juez la orden para localizar el móvil de Víctor Renom. Di que es a vida o muerte. Que espabile. Y si no te cree pásame la llamada.

La joven asiente y desaparece.

Minutos después Iván substituye a Lidia en el umbral del despacho mientras el inspector se dispone a llamar a Aitana. El agente pide permiso para entrar y Tedesco aplaza la llamada.

—Tengo algo más.

Iván, el único interlocutor presente en el despacho, ha levantado la mano a la altura del esternón pidiendo la palabra como si se encontrara en un aula y el agente fuera un alumno aplicado.

El gesto es innecesario y algo infantil y casi arranca una sonrisa al veterano policía. El chico le desconcierta.

—Tú dirás.

—Acabo de hablar con la doctora Soria, en la sangre de Brufau también han encontrado raticida, una dosis elevadísima de orfidal capaz de dormir a una manada de elefantes y propofol. Parece evidente que ambas muertes están relacionadas.

—Tomo nota. ¿Tenemos algo más?

—Creo que sí. He estado intentando encontrar un vínculo entre la familia de Noa y Pere Brufau. Y creo que he encontrado algo.

—Sigue, Iván, no te cortes, no necesitamos más suspense, vamos sobrados —le invita el inspector, sabedor de que algo siempre es más que nada.

—Verá, he seguido la trayectoria de los padres de Noa desde que eran unos críos.

Nada en cuanto a la madre, ninguna relación aparente.

Pero a través de las redes sociales he podido averiguar que, tanto Víctor Renom como Pere Brufau, asistieron al mismo colegio, los salesianos Sant Josep, los de la calle Rocafort.

Los antiguos alumnos organizan encuentros de vez en cuando y suben fotos escolares.

Brufau no asiste nunca, pero sus colegas lo mencionan como si lo echaran a faltar y suben fotos de cuando eran muy jóvenes. En alguna aparecen juntos.

Iván jadea al concluir uno de los parlamentos más largos que ha formulado nunca. Falta de costumbre.

Tedesco asiente con la cabeza, recuerda el centro, ha pasado muchas veces ante su envejecida fachada. Una mole cerrada sobre sí misma entre el Paral·lel y la Gran Via con más aspecto de reformatorio que de escuela.

—Tienen la misma edad y durante unos años fueron a la misma clase.

Crecieron juntos. Brufau es el menor de una familia acomodada de las que siempre han vivido en el Eixample, como los Renom.

El padre, Emili Brufau tenía fábricas textiles en Igualada y Manresa y muchos empleados a sus órdenes.

Las fábricas cerraron hace años y a la muerte del padre la familia se dedicó a invertir en la construcción.

Todos los hermanos se abrieron camino en el sector excepto Pere Brufau que llegó a acabar el Bachillerato tras repetir varias veces.

Dicen de él cosas como: era un pasota, andaba siempre colocado, era un fiestero…

A Tedesco le resulta difícil imaginar cómo, perteneciendo ambos a familias con mucho dinero, los caminos de los dos amigos de juventud se han alejado tanto.

Iván hace una nueva pausa para recuperar el aliento. El agente, poco dado a expansiones verbales, parece exhausto. Con un gesto de su mano derecha el inspector le anima a proseguir.

—Estoy intentando saber dónde vivía Brufau antes de morir, pero no será fácil.

No encontraron móvil ni dinero, por eso en un principio los agentes que llegaron al escenario pensaron en un robo hasta que al sargento Artigas el asesinato le recordó a la muerte de Noa.

Nadie lo conoce en la dirección de su carnet de identidad que caducó hace tiempo.

Creo que desde muy joven trapichea con hachís y probablemente con algo más.

A diferencia del resto de su familia parece haberse especializado en otro sector —añade Iván en un intento fallido de ser sarcástico.

El inspector sonríe por cortesía y lo anima a proseguir.

—Es lo que se deduce de algunos de los comentarios en Facebook y en Instagram.

He llamado al hermano mayor, Emili, como el padre.

Dice que hace años que no sabe nada de él.

Durante su juventud rompió todo contacto.

Desapareció. Me ha confirmado que durante mucho tiempo fue el camello de sus amistades, que pasó horas detenido y que su padre se hartó de sacarle las castañas del fuego y se negó a seguir ayudándole.

Fue entonces cuando dejaron de verle. No descarta que siga viviendo de pasar coca y pastillas.

—Bien, Iván. Muy bien. Esto va tomando cuerpo —asegura Mauricio Tedesco mientras se pone en pie y se lleva la mano a la altura de los riñones.

Gruñe.

—Quiero que sigan intentando localizar a Víctor Renom. Necesitamos dar con él. Insiste en su empresa.

—De acuerdo.

—Y en cuanto llegue el informe de la autopsia de Nieves lo imprimes y me lo traes. Necesitamos conocer todo lo relativo al accidente.

Iván abandona el despacho.

Tedesco, que no puede salir de comisaría para hincar codo en una barra y pedir un café corto, saca del primer cajón un cartón de ibuprofeno y se dirige a la máquina instalada al fondo del corredor.

Necesita algo caliente, muy caliente, algo que añada ritmo a su organismo, que acelere sus neuronas.

Y lo necesita urgentemente para procesar cuanto han podido saber.

También requiere sellar la paz con sus lumbares.

Un agente le sale al paso antes de llegar. El policía resopla, intuye complicaciones y sabe que no podrá con todo. No se equivoca.

—Inspector, está aquí Aitana Nasarre. Acaba de llegar. Quiere hablar con usted.

El policía cabecea. No le sorprende. Nada le sorprende.

Había olvidado por completo la llamada pendiente.

—Acompáñala a mi despacho. Que espere. No tardaré.

Sigue en dirección a la máquina que ronronea en un rincón.

En la antigüedad las sirenas encaramadas a las rocas debían de emitir un sonido parecido, piensa.

Y se maldice por la portentosa facilidad con que su mente se dispersa y abandona los temas más complejos.

También la mente, a su manera, necesita tomar aliento.