Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Martin
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Martin

—No quiero que nos relacionen. Podría perderlo todo. —Y no solo se refiere al empleo ni a la reputación.

Le gusta pensar que lo es, que no se parece a nadie, que es único.

También Noa lo era. Era distinta, irrepetible.

Quizás todos los somos, piensa.

Martin se siente frágil y mediocre, aun así, piensa que es único en su mediocridad. Se resigna. No es ningún héroe.

Se ha sentado en uno de los escalones que llevan al edificio central, entorna los ojos y se deja acariciar por el sol de finales de otoño.

El chico está triste y asustado. Como era previsible la policía contactó con su padre para refrendar la hora a la que aseguraba haber llegado a casa el viernes, el día en el que desapareció Noa.

No pudo hacerlo. No estaba en casa. Desde entonces Patrick Evenson, alto ejecutivo de una financiera, ha redoblado su desconfianza, le ha impuesto una hora de llegada y sospecha que, de alguna extraña manera, su hijo ha cometido alguna variante de delito.

Una nueva infracción de la moral que prefiere ignorar, aunque experimenta cierta forma de alivio al pensar en Martin y en una chica.

Mejor eso, una relación con una menor, que un vínculo repugnante y contra natura con otro hombre.

Apenas le habla y mira a su hijo como miraría a un yonqui o a un borracho tirado en una acera. Con la misma repugnancia. De nada sirvió que Lidia Sampedro, acuciada por sus preguntas, le asegurara que seguían el procedimiento habitual y que no había cargos contra su hijo adolescente.

Martin siempre anda a solas, como si no necesitara a nadie, forma parte del perfil que ha construido para sí mismo.

Con Óscar, huraño y distante, nunca antes se ha sentido tan definitivamente solo.

Desde que su madre murió cuando apenas tenía diez años siempre tuvo algún adulto cerca.

Demasiado cerca si, tal y como contempla la ley, consideramos que mantuvo relaciones íntimas reiteradas que constituían un delito del que Martin era la víctima.

No había alcanzado la edad de consentimiento cuando dos hombres mucho mayores que él, en diferentes momentos de su vida, se le acercaron atraídos por un prometedor cuerpo púber, por unos ojos bellísimos y por una madurez solo aparente que propiciaba la relajación de sus ya relajadas conciencias.

Ahora no solo su padre, también su entrenador le da la espalda.

Óscar Leiva aparenta una indiferencia que no siente y establece una distancia que a Martin le duele con la intensidad del peor rechazo.

Mantiene los ojos cerrados. El sol atraviesa sus párpados. No quiere ver ni ser visto.

De vez en cuando piensa en Noa. Le halaga saber que la chica le admiraba. Si no amantes, podrían haber sido buenos amigos. Confidentes, quizás. Tampoco ella era feliz ni estaba cómoda en su piel. A Martin no le hubiera ido nada mal tener una amiga.

Mientras paseaba por el plato los guisantes que acompañaban el roast beef , Chantal le ha explicado que su nombre original era Lian, Noa Lian, y que solo ella y Vivi lo sabían.

Noa había intentado eliminar de su pasado su primera infancia en China.

Solo conservaba de sus años en el orfanato una fotografía, una copia de la que habían recibido sus padres antes de viajar al lejano país asiático.

Se la entregó su padre por si alguna vez quería mirar atrás. Nunca quiso enseñarla a sus amigas.

Un verso remoto y suelto.

Abre los ojos.

Acaba de sonar el timbre que señala el regreso a clase.

Cae en la cuenta de que, de la entrada del edificio anexo, la sala de actos, alguien ha retirado todo lo que habían ido dejando los que muy pronto la habrán olvidado.

No quedan flores, ni velas, ni animales de peluche ni torpes dibujos infantiles.

Nada. La borrarán de la memoria como lo borran todo.

Ya han empezado. ¡Maldita sea! La olvidarán.

Apenas han pasado unas horas desde que sobre el escenario se pronunciaran palabras muy bellas en su recuerdo.

Pero las palabras se las lleva el viento. También los recuerdos. Todo.

Martin lleva años comprobando la fragilidad de la memoria, la vulnerabilidad de las impresiones acumuladas. Apenas consigue rememorar el rostro de su madre, ni su voz ni sus gestos. Trata inútilmente de recordar sus caricias. Ha comprobado que su semblanza se desgasta con el paso del tiempo.

Se le altera el gesto y encaja ferozmente las mandíbulas como si pretendiera hacer saltar los dientes. No se pone en pie ni se une a la hilera que desfila ya en dirección a las aulas. Permanece sentado en el escalón acumulando indignación mientras decenas de alumnos se dirigen a sus clases.

Chantal le dirige una mirada de extrañeza y Vivi le anima a acompañarlas:

—Vamos, Martin.

No responde. Ni pestañea. Sigue inmóvil como un busto de mármol.

La vista clavada en la entrada despejada de recuerdos y los puños cerrados.

Hierve de rabia y siente ganas de prenderle fuego al centro y a todos sus ocupantes.

También a Óscar, su entrenador, que reniega de él, que le escatima una sonrisa. ¡Estúpido cobarde!

Cuando Gabriel se acerca para obligarlo a entrar en clase como ha hecho muchas otras veces, Martin levanta la mirada. Sus ojos son clavos disparados por una pistola. Su actitud es desafiante, también el tono en el que pronuncia:

—Has sido tú, ¿verdad?

El conserje levanta la mirada, ha malinterpretado sus palabras.

Se abalanza sobre el chico, lo sujeta por los antebrazos, lo sacude como si pretendiera separar cuerpo y alma.

Está fuera de sí. Aturdido y encolerizado.

Pierde el control. Demasiado alcohol en sangre.

Demasiado miedo. Martin, que no espera su reacción, grita de dolor y de espanto.

—No te atrevas a decir algo así, niñato. Si lo haces me las pagarás —amenaza sin perder de vista la verja exterior—. No vuelvas a decir algo así. Nunca ¿me oyes? Nunca.

Gabriel sabe que los periodistas siguen rondando en busca de una imagen a la que poder poner un titular vistoso.

Acaba de descubrir a una chica encaramada a la puerta de acceso al aparcamiento y fotografiando el centro con el móvil.

La ha alejado a cajas destempladas. Espera ver llegar a los policías en cualquier momento.

Está convencido de que sospechan de él y de que no tardarán en detenerlo.

Por eso las palabras de Martin son como sal en la herida.

Con una de sus manos casi rodea el cuello del chico que sacude la cabeza de un lado a otro, que se debate, que tira con todas sus fuerzas para escapar. A Martin le tiemblan las rodillas. Por un instante cree que se quedará colgando de los dedos de Gabriel.

—No vuelvas a repetirlo. ¿Me oyes? —pronuncia el conserje casi en su oído—. No vuelvas a repetir algo así.

Vivi y Chantal se aproximan.

—Pero ¿qué haces, Gabriel?

El hombre es más alto y mucho más fuerte. Lo sujeta sin el menor esfuerzo, pero con tanta ira que el adolescente cree que morirá asfixiado entre sus manos. Nota en su aliento el rastro del whisky barato.

Demasiado ebrio para controlarse Gabriel sigue sacudiéndolo con una mano, como si pretendiera expulsar de su interior un espíritu maligno, mientras la otra sujeta su cuello.

Martin manotea, eleva una pierna para golpear, intenta defenderse.

No puede gritar, apenas consigue atrapar algo de aire.

Uno de los profesores que atraviesa el patio en dirección a las aulas se aproxima a la carrera para separar al conserje del chico que apenas puede hablar.

Chantal tira del brazo de Gabriel que sujeta a Martin mientras Vivi chilla.

—Déjalo, Gabriel. Déjalo.

Óscar observa el episodio desde la distancia. No se atreve a interferir en defensa del chico.

El conserje relaja los dedos. Martin boquea repetidamente y se lleva la mano abierta a la altura del pecho. Puede sentir el corazón encabritado.

—Hablaba de las flores, Gabriel, de las flores —consigue pronunciar el chico—. Ya no están. No queda nada. Alguien las ha retirado. —Y con la vista señala la entrada de la sala de actos que pocas horas antes parecía un altar.

Es entonces cuando Gabriel baja los brazos y la mirada. Se le atropellan las palabras en la boca. Intenta disculparse.

—Lo siento. He pensado que… Creo que sospechan de mí porque vivo aquí, pero yo… Yo no… —susurra el hombre, casi un gigante, desvalido y torpe antes de echar a andar hacia su casa justo al otro extremo del patio.

El director se aproxima a alertado por los gritos.

Martin aterrorizado desaparece en el interior del edificio precedido por Vivi y Chantal.

Es el último en llegar a clase y sentarse.

Como siempre.