Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Clara
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Clara

Ha sido suya la iniciativa de salir a cenar. Lo ha pensado mucho y ha decidido que era la mejor manera. Acaba de llamarle al móvil. Albert ha aceptado de inmediato la propuesta de su esposa. Siempre lo hace. Es un hombre previsible.

—Que estamos vivos.

Ha llegado el momento de anunciarle que piensa separarse y pedir el divorcio. No es que haya dejado de quererle, siempre sentirá algo por él, eso es lo que piensa decirle. Siempre sentirá algo por él, pero ese algo hace tiempo que no es deseo.

Le explicará la situación en esos términos o parecidos.

Ha repasado mil veces las palabras que quiere utilizar a pesar de que sabe que los soliloquios tienen poco que ver con las situaciones reales y que, metida en harina, probablemente improvisará y se disculpará.

Quizás, acobardada, incluso le hable de un distanciamiento temporal o se limite a pedirle unas semanas para pensar en el futuro.

No mencionará a Bel. No, por el momento.

Mejor digerir las contrariedades una por una.

No se puede luchar a la vez en muchos frentes.

Clara, que lo conoce bien, sabe que Albert se sentirá muy humillado cuando sepa que el tercero en discordia es una mujer.

De alguna manera el dolor se multiplicará si la persona que lo desbanca es una mujer joven, una lesbiana.

De nada servirá añadir que es una mujer muy hermosa, alguien especial, irrepetible, y que reúne mil gracias.

Obviará que ha descubierto junto a Bel la intensidad del deseo que puede llegar a sentir, que adora sus manos, sus labios, el aroma que desprende su cabello, su sexo siempre húmedo.

Nada le dirá de que las horas son largas e insoportablemente vacías en ausencia de su amante.

No le desea ningún mal, al contrario. Por eso callará y negará las veces que sea necesario.

Mentirá.

A pesar de que a lo largo del día no han dejado de enviarse mensajes, tampoco le ha dicho a su amante que ha tomado una determinación. La decisión es solo suya. No quiere incomodarla ni presionarla. Ha sido Bel, pero podría haberse enamorado de cualquier otra mujer, quizás incluso de un hombre.

Nunca antes se había sentido atraída por una mujer.

Nunca. Todo resulta tan nuevo, tan confuso, todo está tan patas arriba que se ha convertido en una desconocida para sí misma.

Ella, que tiene por oficio orientar a los adolescentes para que encaren el futuro de la mejor manera posible, ha visto como su vida entera quedaba alterada en pocas semanas.

Conocer a Bel fue como recibir una bala en el corazón.

No quiere que la joven fotógrafa se sienta obligada a pedirle que vivan juntas, no pretende apremiarla para que vivan en pareja, solo dejar atrás un matrimonio que no la hace feliz.

No porque no lo desee, se muere de ganas, pero quiere evitar forzar las costuras de una relación tan reciente, tan extraña. Tan perturbadora.

Solo tengo una vida, se repite para darse ánimos mientras espera que se acerque la hora de la cena.

Y no puede evitar pensar en Noa, en que a ella ya no le queda una vida.

No le queda nada. Las frases pronunciadas por la chica durante la charla que sostuvieron la mañana del viernes se entremezclan con las que Clara prepara para Albert.

Las ha recordado tantas veces que aparecen a la mínima oportunidad. No importa en qué esté pensando.

No consigue olvidar la firmeza con la que pronunció:

—Si llamas a mis padres no volveré a pisar este despacho. Y tú tendrás la culpa.