Aitana
Tedesco muestra su acreditación a través del cristal.
Solo así consigue que César Bermúdez, aparentemente sordo y harto de impedir la entrada de periodistas, resople, levante el culo de la silla y le abra la puerta.
Antes de que el policía llegue al ascensor el conserje ha pulsado un botón y avisa de su llegada.
El inspector maldice en voz baja su falta de reflejos.
Acaba de desaparecer el efecto sorpresa.
Gladys sale a recibirle y le invita a pasar.
—Buenos días.
—Buenos días. Necesito hablar con Víctor Renom.
—El señor ha salido.
—¿Sabe dónde puedo encontrarle?
—Yo no. No tengo ni idea. Ya no estaba en casa cuando he llegado esta mañana. Pero puedo preguntarle a la señora.
—Preferiría hablar con ella —responde el policía, empujando sus gafas nariz arriba y aflojando la bufanda en torno a su cuello.
—Creo que duerme, estos días no está para nadie. Pero iré a ver si puede recibirle. ¿Me da su abrigo?
El policía le tiende a Gladys abrigo y bufanda. La asistenta hace desaparecer las prendas en algún lugar en el interior de un piso silencioso e impecable que parece a punto para una sesión fotográfica.
Mientras espera, se sienta donde lo hizo la primera vez y contempla el salón.
Por lo que han podido saber Aitana es interiorista y asesora a algunas grandes fortunas de la ciudad.
Y por lo que puede apreciar se ha aplicado a fondo en su propia casa.
Cuanto le rodea armoniza o contrasta a conveniencia.
El conjunto es sorprendente y de una elegancia indiscutible.
Transmite una sensación de calidez y confort difíciles de lograr en los grandes espacios.
Especialmente bella es la mesa junto a la que se sienta y en la que el policía ya reparó durante su primera visita.
Madera gruesa, oscura y, sin duda, noble.
Una verdadera joya sobre la que pende una pantalla enorme.
También lo es la alfombra en tonos anaranjados y origen remoto sobre la que descansa los pies.
Es tan hermosa que el policía lamenta tener que pisarla.
No sabe apreciar el valor de los cuadros, pero juraría que uno de ellos el que parece presidir el saló es un Ramón Casas.
Ni una mota de polvo, ni un libro fuera de lugar ni un vaso vacío y a la vista. El dinero compra la belleza y el orden.
Evita pensar en su propia casa que se le antoja desangelada y fría. Con la muerte de Rita desapareció también la sensación de madriguera que siempre había tenido. Que siempre había deseado.
Suspira.
—La señora tardará unos minutos. ¿Puedo ofrecerle un café, un té, un zumo?
—Un café estaría bien.
El policía llama a Víctor Renom que no responde. Su silencio y una ausencia inexplicable le sorprenden, ambas alientan la sospecha de que el padre de Noa oculta alguna cosa relacionada quizás con el accidente que sufrió en el pasado.
Gladys regresa con el café antes de que Aitana Nasarre aparezca en el salón.
—Creo que ya no tardará —susurra—. Está muy afectada —añade. Pretende así disculpar la descortesía de la demora.
—No se preocupe, estoy acostumbrado.
Tal y cómo era de esperar, el café es excelente.
Corto, oscuro y denso, como recién salido de una cafetería italiana.
Cuando el policía empieza ya a impacientarse la silueta de Aitana se recorta bajo el dintel que separa el salón del resto del piso.
Está tan desmejorada que no parece ella.
La piel macilenta de las mejillas ciñe el hueso y los ojos enrojecidos carecen de brillo.
Aitana Nasarre, que ha recogido el cabello ya grasiento en una cola baja, presenta en el rostro la expresión del que acaba de sufrir el peor de los castigos.
No se ha vestido, se ha limitado a ponerse una bata que al policía le recuerda a un kimono sobre lo que parece un pijama color perla y a calzarse unas zapatillas del mismo tono.
También su piel tiende a ese blanco roto de las perlas.
Nada en su aspecto justifica la tardanza.
—Usted dirá.
Aitana se sienta a la cabecera de la mesa, de forma que queda muy cerca del inspector, y apoya en ella los codos.
Hay cierto desmayo en su mirada y en cada uno de sus gestos.
No espera noticias, no las desea. Tampoco quiere conversar.
Probablemente las pastillas ingeridas para amortiguar el dolor puedan explicar la lentitud de sus movimientos, su parsimonia.
—Necesito hablar con su marido.
—Ya le habrá dicho Gladys que Víctor no está —responde casi en un murmullo. Parece asustada de su propia voz.
—Sí, me lo ha dicho. Lo que no me ha podido decir es dónde puedo localizarlo. Quizás usted lo sepa.
—Tampoco yo puedo ayudarle. No lo sé. No sé ni si ha pasado aquí toda la noche, se encerró en su despacho y no volví a verlo. Diría que no. Solo sé que no está, que no estaba a primera hora de la mañana cuando me he despertado, pero no sé cuándo se marchó ni adónde.
—¿No le dijo nada?
Aitana niega y en un murmullo explica:
—Hace días que no me dice nada. No hablamos.
Tampoco pregunto. No me atrevo. Sé que habló con mi madre y que Raúl va a la escuela.
Víctor cree que es mejor que no esté aquí.
Pude oír cómo le decía que necesita jugar con sus amigos, distraerse, olvidar lo que está pasando en esta casa.
A mí me parece demasiado pronto, pero estos días mi opinión no cuenta.
Es todo lo que sé. No hemos cruzado palabra.
—¿Puede haber ido a su despacho?
—Es posible. Ya le digo que no lo sé —contesta con un punto de impaciencia y los ojos arrasados—. No sé lo que hace estos días. Y no sé si quiero saberlo.
La voz de Aitana está a punto de romperse como un cristal delicado que no soporta la presión de unos dedos.
—Me culpa de lo que le sucedió a Noa. Y no debe de ser el único.
Ya lo sé. Quizás yo haría lo mismo. Pero…
¿Cómo podía imaginar que podía ocurrir algo así?
Yo quería a mi hija ¿sabe? Le juro que la quería.
El día que la cogí en brazos fue uno de los más felices de mi vida.
Fue… —Y los sollozos le impiden continuar.
Todo su cuerpo se convulsiona. Se abandona al llanto.
—Lo sé. Sé que la quería. No necesita justificarse, lo que le pasó a Noa no fue culpa suya.
—Eso es lo que usted debe decir. Solo eso.
Ha bajado la cabeza y la oculta entre sus brazos que descansan ahora sobre la mesa. Prefiere que el policía no la vea. Siente que hay algo de impúdica desnudez en llorar ante los desconocidos.
El inspector espera a que se serene.
Gladys se acerca en silencio y deposita frente a Aitana una taza que contiene una infusión y que deja en el aire aroma a poleo. Antes de alejarse dirige al policía una mirada triste, compasiva. Parece rogarle que tenga piedad de la desdichada madre.
Durante unos instantes, que a Tedesco se le antojan una eternidad, la madre de Noa permanece con el rostro desaparecido entre los brazos. Cuando levanta la cabeza y le devuelve la mirada su semblante es el espejo de la devastación.
—Necesito hacerle una última pregunta. Después me iré y la dejaré tranquila, no se preocupe.
Aitana retira las lágrimas, se yergue solo en parte y mira al policía a la cara.
—¿Su marido le habló alguna vez de un accidente de automóvil que sufrió cuando era muy joven?
La incredulidad asalta el rostro de la mujer que sacude la cabeza como si no hubiera oído bien. Entorna los ojos para enfocar. Tedesco deduce que necesita lentes que no acostumbra a utilizar. También que no hay impostura en su gesto de sorpresa.
—¿Un accidente?
—Sí, cuando tenía casi diecinueve años. Iba muy rápido. Demasiado. Se salió de la carretera.
—No sabía nada. Nunca me dijo nada. —Y a la mujer se le rompe el gesto—. ¿Por qué me lo pregunta?
—Por nada en concreto. Estamos revisando sus vidas, forma parte de la investigación, del procedimiento. También analizamos la suya. —El policía acierta a responder con evasivas mientras se pone en pie dispuesto a marcharse. Considera que no le corresponde a él dar explicaciones.
—¿Qué pasó? ¿Dónde? ¿Hubo víctimas? —inquiere levantándose a su vez. En su mirada la lasitud propiciada por los fármacos ha dejado paso al estupor.
—Pregúntele a su marido, es lo mejor.
—Por favor —implora—. No me responderá. No quiere saber nada de mí. Ya le he dicho que no me mira, que no me habla. Por favor.
Tedesco le sostiene la mirada y calla.
Como si el dolor se le desparramara desde la mente y al alcanzar sus miembros hiciera flojear sus rodillas, Aitana Nasarre, que trata de acompañar al policía hasta la puerta, se ve obligada a apoyarse en la mesa para no desplomarse.
—Lo siento —susurra mientras Tedesco adelanta el brazo para sujetarla—. Hable con su marido, él le explicará.
Gladys se materializa en el salón con el abrigo y la bufanda del policía en la mano, como si aguardara justo en el umbral. Aitana le sigue cuando Tedesco se aproxima a la puerta. Mientras espera la llegada del ascensor, puede oír como la madre de Noa, varada en el umbral de su casa, repite:
—Por favor.
Tedesco no sabe con certeza qué es lo que la mujer suplica.
No responde. ¿Qué podría decirle? Desaparece con un nudo en el estómago.
Tardará en olvidar la voz implorante de la mujer a su espalda.
No puede evitar compadecerla. De nada le servirán en el futuro ni su envidiable salón, ni su bella alfombra de factura lejana ni sus pijamas exclusivos ni sus zapatillas a juego.
Saluda al conserje con un gesto al que César corresponde con un cabeceo que hace temblar su belfo colgandero. Todavía en el zaguán, vuelve a llamar al móvil de Víctor Renom que sigue sin responder.
Tedesco abandona el edificio sorteando un par de micrófonos y ofreciendo su peor semblante a los móviles que capturan su imagen mientras entra en el coche policial.
Su actitud no complacerá al comisario que preferiría que los policías bajo su mando mostraran algo de amabilidad con los medios.
Los putos medios, como acostumbra Francesc Valero a referirse a los periodistas que le acosan.
La mueca de irritación se transforma en dolor al inclinarse para acomodar su corpulencia en el asiento posterior.
Llama ahora a Lidia Sampedro. No saluda. No es necesario. La agente reconoce su voz de inmediato.
—¿Tenemos noticias de Víctor Renom? ¿Ha llamado?
—No, no sabemos nada —responde la agente sorprendida.
—Está bien. Voy a pasar por su despacho. Si no lo encuentro en media hora estoy en comisaría.
—Entendido.
Facilita al agente al volante la dirección de la empresa que dirige el padre de Noa. No tardarán en llegar más de diez minutos. No está lejos. Le urge hablar con él. Empieza a sospechar que oculta alguna cosa.
Daría lo que no está escrito por poder encender un pitillo.