Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
60%

Víctor

Con el alba ha bajado hasta el aparcamiento y ha abandonado la ciudad aterida y todavía desierta.

Una ciudad en la que el viento barría las hojas de las calles y alguna nube rezagada atravesaba un cielo color púrpura, en la que no quedaban periodistas acechando.

Ha conducido sin un destino fijo y lleva horas varado muy cerca del mar en algún lugar que no sabría determinar.

Gavà, Viladecans, quizás el Prat de Llobregat…

No importa. Siempre le ha gustado contemplar el mar.

La cadencia siempre repetida del oleaje es su idea de infinito, de eternidad.

Una eternidad en la que Noa no está muerta, tampoco Nieves.

Ambas le adoraban, cada una a su manera.

Ninguna de ellas merecía morir.

Dormita de puro agotamiento durante un par de horas. Es el suyo un sueño plagado de imágenes terribles. Noa ensangrentada, desnuda, mil cristales clavados en su cuerpo de niña, el rostro blanco como un sudario y los ojos abiertos.

Despierta jadeante y asustado para comprobar que sigue varado frente al mar. Solo.

A media mañana, cuando los rayos del sol le obligan ya a entornar los ojos y un puñado de nubes se dispersa en hilachas que acaban por desaparecer como el humo contra el cielo, decide que ha llegado el momento de llamar a Brufau.

Necesita hablar con él, saber si tiene alguna pista.

Espolearlo si no ha conseguido averiguar nada.

Activarlo. Acojonarlo, si es necesario. No será difícil, basta con recordarle el pasado. Un pasado tan turbio como el presente.

El amigo díscolo de la escuela, el tonto útil de la juventud, el colega porrero, el que no tenía más futuro que la hora después; no responde.

Víctor lo deja sonar, quizás Brufau duerma o esté demasiado colocado o demasiado borracho para atender el móvil.

Insiste.

Llama muchas veces.

No sabe qué otra cosa puede hacer. Teme por la vida de Aitana y por la de Raúl.

Si pierde a Raúl nada quedará en el mundo que valga la pena.

Es un temor que crece con el paso de las horas y que no desaparecerá hasta que la persona que mató a Noa acabe en prisión.

Mejor aún, en una tumba. No podría soportar una pérdida más.

Ni la de su esposa, a la que no se atreve a mirar a los ojos, ni la de su hijo.

Teme por ellos y por su propia vida. Quién sabe cuándo y cómo finalizará la pesadilla.

Necesita hacer que se detenga, pero no encuentra el valor para encarar el pasado y hablar con la policía, para reconocer unos hechos que lleva media vida intentando relegar al olvido.

Solo conoce una manera. Sabe, porque así lo ha escuchado durante toda su vida, que el dinero lo compra casi todo.

También la justicia, la venganza, incluso el perdón.

Algunas nubes oscuras se reparten de nuevo por el cielo.

Víctor apenas se ha dado cuenta. De repente el sol desaparece y el agua es ahora gris como el interior de una ostra.

Siente frío. Sabe que debería hablar con Aitana, explicarle lo que sucedió tanto tiempo atrás, descargarla de culpa, abrazarla, consolarla.

Quererla de nuevo, aunque nunca haya dejado de hacerlo.

No se atreve. Le duele su dolor como un dolor propio.

Se siente miserable, cobarde y cruel. Y muy, muy distante.

Acaba de comprobar en su móvil habitual que son veintitrés las llamadas perdidas de Aitana y parecido número de mensajes en los que su mujer le suplica que le llame.

No soporta ver que el número de llamadas de su esposa aumenta cada vez que echa una ojeada.

Le duele imaginarla desquiciada, asfixiada por el dolor y por una culpa que no es solo suya.

Se sabe injusto y despreciable, pero sobre todo se siente cobarde, infinitamente cobarde.

También advierte una llamada perdida del inspector de policía que ha dejado un mensaje. Quiere hacerle unas preguntas.

No se atreve a devolverla, no quiere hablar con él, teme que el veterano policía pueda descubrir en sus palabras el rastro de lo sucedido. A Víctor le intimida la mirada de Tedesco, le incomodan sus silencios, su calma aparente.

Un gusano, una lombriz.

Una puta rata.

—¡Maldito seas, Brufau! ¡Mil veces maldito! ¡Cabrón, hijo de la gran puta! Coge el puto teléfono —aúlla.

En el interior del coche estacionado junto a un bordillo frente a un mar gris como el asfalto, Víctor sacude el móvil y grita como si el que fue su amigo muchos años atrás pudiera oírlo.

Se aproxima una pareja de caminantes, ambos sujetan bastones y acarrean una mochila diminuta a la espalda. La mujer lo mira con curiosidad.

—Te mataré, te juro que en cuanto te coja, te mato —masculla al tiempo que busca las gafas de sol, las saca de la guantera y esconde sus ojos anegados tras los cristales oscuros. No soporta que le vean llorar.

Tiembla de ira mientras abandona el vehículo y echa a andar en dirección a la playa. Necesita moverse, descargar la rabia y el miedo y entrar en calor.

Un joven corre chapoteando descalzo justo sobre la franja de arena que acarician las olas mientras una mujer vestida de azul celeste practica tai chi con la mirada en el horizonte encapotado.

Víctor envidia la serenidad que desprende su rostro que parece sonreír a un sol invisible.

Un hombre mayor, casi un anciano, encorvado y con dos enormes auriculares sobre las orejas, pasea un buscador de metales.

Lleva muchas capas de ropa y camina con dificultad.

Un perro negro muy pequeño y sin raza conocida le sigue de cerca, como si le auxiliara. Quizás vela por él.

Todos ellos ajenos al dolor y a la tragedia.

Mientras camina, recupera el móvil y consulta las últimas noticias, está suscrito a uno de los diarios de mayor tirada, espera encontrar algo sobre el asesinato de Noa. A veces los periodistas van por delante de la policía.

Lee que ha sido encontrado otro cadáver, esta vez en el Poble-sec, en una plaza, la dels Ocellets.

Conoce el barrio. Aunque vivía al otro lado del Paral·lel, las calles del Poble-sec también fueron sus calles durante su infancia y su primera juventud.

Recuerda la plaza. No está lejos del colegio al que asistía ni de su casa familiar en el Eixample.

Al parecer no ha trascendido todavía la identidad del fallecido, tampoco las circunstancias del hallazgo.

Por el momento la versión digital de La Vanguardia no se hace eco de los detalles, se limita a constatar la muerte de un desconocido de unos cuarenta años de edad.

Nada hay que le llame la atención en la pieza breve que el diario le dedica.

No hay noticias que hablen de Noa.

Comprueba la hora, guarda el aparato en el bolsillo, levanta la mirada y entorna los ojos. Todo en el cielo ha cambiado de repente. La capa de nubes es ahora muy fina, apenas un velo, y no logra ocultar un sol que ilumina de nuevo un día que no puede traer nada bueno.