Iván
De regreso en comisaría Tedesco se recluye en el despacho tras haber asignado tareas a su equipo.
Se ha librado de las gafas que descansan sobre una pila de informes pendientes.
Tiene la cabeza apoyada en las manos y la vista clavada en la superficie de la mesa.
Intenta comprender lo que está ocurriendo.
No necesita las gafas para pensar. Solo silencio.
Hace pocas semanas que el oftalmólogo detectó el inicio de una catarata en su ojo izquierdo.
Siempre había pensado que solo los ancianos tenían cataratas.
Estaba en un error. Ahora parece tenerlas incluso en la mente.
Le cuesta pensar y centrar la atención. Trata de mantener la concentración, pero todo se enmaraña sin que logre evitarlo.
No encuentra certezas, no las hay. Todo parece turbio, como empañado.
Como si una gran catarata atravesara sus meninges.
A Noa le administraron sedantes y anestésicos para eliminar el miedo y el dolor y raticida para estimular el sangrado.
Todo parece indicar que la persona que asesinó a Noa no quería que sufriera.
Tedesco especula con un posible castigo con víctima interpuesta: Noa.
Quizás sea Víctor, o Aitana, su madre, la persona a la que el desconocido pretende castigar.
O la institución, el Saint Michael’s School.
Cosas más descabelladas ha visto a lo largo de su carrera.
El policía no ignora lo que Thompson intenta evitar a toda costa.
Sabe que el director del centro ha recomendado a sus empleados que no hablen con la prensa y ha impedido el acceso de los medios a las instalaciones.
La publicidad resultante del asesinato de una alumna puede perjudicar seriamente el prestigio del centro durante muchos años. Puede hipotecar su futuro.
De Noa pasa el policía pasa a Brufau, pero antes recupera sus lentes doradas y toma un par de notas.
Parece evidente que ambos asesinatos están relacionados, pero es necesario encontrar el vínculo y por el momento no tienen ni la más mínima sospecha.
Si el análisis detecta raticida en la sangre de Brufau quedará despejada cualquier duda respecto a la conexión entre ambos crímenes.
Recuerda la situación de Brufau en el banco.
Intenta comprender el motivo por el que el cuerpo de Noa ocupaba la mitad izquierda mientras que Brufau se hallaba aproximadamente en el centro y con la mano abierta, como si pidiera alguna cosa o como si se la brindara al paseante.
Comprende que no se trata del azar, que para el asesino la disposición de los cuerpos significa algo. Pero ¿qué?
Sigue anotando. Como Iván procede más por pura rutina que por el temor de olvidar algún detalle.
Cierra la libreta y levanta la cabeza. Inspira profundamente y suelta el aire despacio y con la mirada en la cristalera que separa su despacho del pasillo.
Una persiana veneciana de un gris burocrático le proporciona algo de intimidad.
Se siente cansado y daría lo que no tiene por unas horas de sueño profundo.
Le faltan datos. No consigue avanzar. Se desespera y se pone en pie.
Las lumbares le recuerdan su condición humana, su fragilidad, su edad cercana a la jubilación, su lumbalgia recurrente.
Recorre el despacho de un extremo a otro en unas pocas zancadas y lo hace muchas veces.
Tedesco necesita caminar, moverse. La inmovilidad le enerva.
Prefiere mil veces pasear a solas. Muchas buenas ideas le han venido a la cabeza mientras deambulaba sin rumbo, como si las calles de la ciudad que tan bien conoce, que tanto ama, se confabularan para echarle una mano.
Se dirige a la puerta, necesita un café.
No llega a traspasar el umbral. Lidia acaba de aparecer con el semblante alterado, la nariz enrojecida, las mejillas arreboladas y los ojos muy abiertos.
A punto están de chocar. La agente se disculpa, Tedesco le quita importancia.
Iván la sigue de cerca. A diferencia de la excitación evidente en el rostro de su compañera, solo un rictus en sus labios delata una leve tensión. Muy leve.
Una esfinge de barro húmedo.
—Hemos encontrado algo —anuncia la agente, que no tarda en corregir sus palabras—. Perdón, Iván tiene algo —añade con un gesto de disculpa.
La voz más grave de lo esperado delata la congestión nasal.
—Creemos que puede ser importante.
Tedesco se apresura a recular y se deja caer en la silla que acaba de abandonar. Una mueca de dolor le cruza el rostro y sofoca un gemido. Ha olvidado que sus malditas lumbares, su punto flaco, detestan los movimientos bruscos.
Lidia Sampedro e Iván Cabrera toman asiento frente a él.
Con una mirada el mosso d’esquadra le indica a su compañera que puede hablar y que puede hacerlo en su nombre.
No importa. De hecho, no espera otra cosa.
Hombre de pocas palabras y escasos gestos, a Iván Cabrera la vida interior se le supone, como se le supone la facultad de mantener una conversación.
—Verá, Iván ha intentado seguir las vidas de los padres de Noa por si pudiera encontrar algún episodio oscuro, algo que no quieren que sepamos.
Y creemos que Víctor Renom prefiere ocultar algo.
Más de una vez usted le ha preguntado si alguien podía desearle algún daño, si alguien podía sentirse dolido o maltratado por él.
Siempre lo ha negado. Como si fuera imposible, como si…
Bien, el caso es que sí lo hay, o puede haberlo, todavía no lo sabemos todo, hemos de seguir el hilo, pero…
—Al grano, Lidia.
La agente asiente, se lleva el pañuelo a la nariz para prevenir un incómodo goteo nasal y se endereza en la silla antes de proseguir. Su voz emerge como desde el fondo de una caverna.
—Ocurrió hace más de veinte años. Cuando Víctor acababa de aprobar el permiso para conducir y estaba a punto de cumplir los diecinueve tuvo un accidente, el coche que conducía se salió de la carretera en un punto en el que hay cierto desnivel.
Según hemos podido saber no cayó desde una gran altura, apenas tres o cuatro metros, tampoco llegó a volcar, pero al caer empotró el morro del Audi de su padre contra un árbol de forma que el maletero quedó en el aire.
Al parecer era de noche y superaba la velocidad permitida.
No pudo controlar el coche y en una curva cerrada pasó lo que tenía que pasar.
—Entiendo.
—Él sufrió una conmoción cerebral, estuvo inconsciente y pasó unos días en observación en el Hospital Clínico hasta que le dieron el alta. Sin secuelas.
—Pero… —apunta Tedesco, que intuye con acierto que se aproxima la parte interesante del relato.
—Pero su acompañante, una chica de diecisiete años, Nieves Latorre, murió desangrada durante su traslado en ambulancia.
—¿Desangrada?
—Sí, así es. —Y la agente se lleva de nuevo el pañuelo a la nariz. Se suena y al policía le recuerda a la llamada de apareamiento de un animal grande.
—Perdón —susurra.
—Es raro. Él solo se golpea y ella se desangra. Parecen dos accidentes distintos.
—En la prensa no hemos encontrado nada más. Como si los periodistas no hubieran indagado nada.
—Tendremos que investigar los detalles. Es extraño que la prensa no publicara nada, también es posible que alguien intentara tapar el asunto. Viniendo de donde viene todo es posible. Iván ponte con ello.
El agente no considera necesario responder y no lo hace. Tampoco asiente.
—Debe de haber algún atestado en el que se explique el accidente, un parte médico en alguna parte… Quiero ver todo lo que encuentres. Tira de archivos, de testigos, de los policías que se personaron en el lugar del accidente. Averigua en qué hospital fueron atendidos. Todo lo que se te ocurra.
El inspector se ha puesto en pie con un gruñido.
—Y tú, Lidia, si te encuentras mal vete a casa, descansa. Hablaré con Samuel, te substituirá, no te preocupes.
La agente niega con determinación y añade:
—No es necesario. Estoy bien.
—Si es así busca a los familiares de la chica. Con diecisiete años era una menor. Ahora tendría unos cuarenta. Quizás puedas encontrar a alguien. Padres, hermanos…
—Lo intentaré.
—Y pídeme un coche, quiero hablar con Víctor Renom. No llames, prefiero que no espere mi visita. Quiero ver cómo reacciona.
El policía es perro viejo y sabe que sorprender a la gente desprevenida acostumbra a dar mejores resultados. No todo el mundo domina el arte de la improvisación. Porque eso es lo que es: un arte.
—Entendido.
—¡Ah! Y bien hecho Iván.
El mosso responde con un parpadeo que, en su limitada expresividad, equivale a un muchas gracias.
Los agentes abandonan el despacho mientras Tedesco recupera su abrigo, comprueba que lleva móvil y libreta y se dispone a esperar el coche policial.
Antes de que pueda abandonar la comisaria Lidia sale a su encuentro. Llega corriendo, como casi siempre.
—Un momento, inspector. Creo que debe saberlo.
Y le muestra una tablet.
Tedesco echa un vistazo. Sara Bascones acaba de publicar en BcNews una pieza corta en la que detalla el hallazgo del cadáver de Pere Brufau y establece vínculos con el asesinato de Noa.
De alguna manera ha conseguido saber que bajo la ropa el cadáver presenta múltiples cortes que han propiciado una pérdida masiva de sangre.
La periodista anda siempre a la rueda de la policía, a veces incluso por delante.
Vuelve a señalar la abrumadora falta de resultados y a intentar sembrar la alarma agitando sobre la ciudad el fantasma del serial killer.
—Gracias, Lidia. No me sorprende.
Y se retira convencido de que la rueda de prensa prevista para el mediodía avivará las especulaciones y espoleará irremediablemente el miedo. El policía compadece a la portavoz del cuerpo que apenas podrá aportar nuevos datos y que deberá enfrentar las renovadas insinuaciones de incompetencia.
En la puerta de comisaría Tedesco esquiva al comisario Valero que, justo en ese instante, desciende de un coche sin logotipar. Por el gesto que le ocupa el rostro su superior ha superado el estadio de contrariedad para alcanzar el de indignación generalizada.
No tardará en pasar al siguiente, el de cabreo.