Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Gabriel
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Gabriel

Gloria decía de él que tendía a obsesionarse, que no sabía desentenderse de nada.

Y no se equivocaba. Ha necesitado unos dedos de whisky con el primer café para reunir el ánimo necesario para salir de casa.

Se ha servido dos dedos más tras abrir las puertas exteriores a primera hora de la mañana y de nuevo ha tirado de whisky a media mañana durante la pausa para desayunar.

No ha aprendido a vivir solo. Echa tanto de menos a su esposa que habla con ella a sabiendas de que murió años atrás.

Sigue haciéndolo por preservar el recuerdo de sus mejores años, los que pasó junto a ella.

Por amarrar las costumbres que afianzaron con el paso del tiempo, por no sentirse tan solo, tan desvalido.

Porque se resiste a dejarla partir. Prefiere pensar que no se ha ido.

A veces, en los días malos, cuando no basta con unos dedos de whisky barato, cree vivir dentro de una pesadilla de la que no consigue despertar.

* * *

Gerald Thompson le pide que antes de la pausa del mediodía retire las flores, los peluches, las notas y las decenas de velas que alumnos y profesores han ido dejando en la puerta de la sala de actos, el último lugar en el que Noa fue vista con vida.

Desde que su muerte se hizo pública acumularon a la entrada de la sala todo tipo de recuerdos.

Las velas se apagaron de inmediato y las notas volaron con el primer golpe de viento, pero algunas cosas siguen allí, recordando a la alumna muerta, enturbiando la imagen del centro.

La tutora colocó una gran fotografía de Noa.

Había ampliado la de su ficha escolar al acceder a la ESO y su imagen presidía el altar erigido espontáneamente en su memoria.

Una Noa más menuda, más niña, que mira directamente a la cámara, que no sonríe.

Alguien le ha recogido el cabello a ambos lados de la cabeza con dos pasadores en forma de mariposa.

Vivi y Chantal depositaron un ramillete de margaritas, sus flores preferidas.

Margaritas en su sudadera, en el estuche escolar, en las sábanas de su cama…

Dibujaba margaritas por todas partes. Amelia Recoder ha dejado esta misma mañana un USB con la grabación de la sonata de Mozart ejecutada por Noa.

Martin Evenson, durante un permiso para salir al lavabo, siempre a escondidas, el fósil de una caracola, es su idea de la supervivencia del recuerdo.

Sofía Velarde, de natural activista vociferante, una gran cartulina roja que el director ha retirado con sus propias manos, en la que ha escrito con grandes letras negras:

NOS MATAN PORQUE SOMOS MUJERES

MUERTE AL PATRIARCADO

Thompson ha comprobado que la situación de la sala de actos, muy cercana a la entrada, permite que desde el exterior pueda contemplarse el triste recordatorio.

Acaba de ver a un periodista tratando de hacer una fotografía y ha aparecido ya alguna imagen en un diario digital.

No le conviene al centro que se prolongue el recuerdo del crimen ni que aparezca mencionado mil veces en los medios de comunicación.

La matrícula del próximo curso podría resentirse de la mala publicidad que supone el asesinato de una alumna.

Considera que un centro privado y muy, muy caro, que asegura garantizar la seguridad y los buenos resultados de sus alumnos, no puede permitirse algo así.

—Ya sabes, Gabriel. Mejor despejar esto. Da una imagen que puede perjudicarnos de cara al próximo curso. Nos jugamos mucho. Hemos de pasar página cuanto antes.

Y Gabriel, que cree que es una acción desconsiderada, asiente a su pesar. Está acostumbrado a obedecer.

Pregunta:

—¿Qué hago con lo que retire?

—Llévalo dentro, a la tarima de la sala de actos.

Si alguien te comenta algo lo has colocado todo en el lugar en el que Noa tocó el viernes y lo has hecho siguiendo mis instrucciones para honrar su memoria, para que perdure.

Por si hace viento, por si llueve… Lo entenderán. Por lo menos, eso espero.

—Está bien —responde, aunque duda de que la vaga explicación pueda satisfacer a aquellos que desean seguir recordando a Noa.

—Y dile a Olga que pase la escoba, lo quiero limpio cuanto antes. Y sobre todo que no entre nadie en el centro sin mi permiso. Todavía rondan por aquí —añade en alusión a los periodistas mientras señala el acceso exterior con la mirada.

En ese momento un reportero asoma la cabeza por encima del portón y sostiene su móvil en alto en dirección al altar improvisado.

—Ya me has oído. Todo fuera y lo antes posible.

El conserje asiente.

—Creo que eso es todo.

Thompson se gira con la intención de regresar a su despacho. Un lugar mucho más confortable que el patio en el que el viento levanta la arena de los senderos y hace bailar las hojas en las ramas. Antes de alejarse encara de nuevo a Gabriel y le ordena:

—Lo olvidaba, Gabriel. No respondas ninguna pregunta sin mi autorización.

Ni en persona ni al teléfono. Si insisten les indicas que hablen conmigo.

Y cuelgas, no me los pases. No quiero hablar con nadie.

Todos buscan lo mismo. Y si vuelven los policías los llevas a mi despacho, no los hagas esperar en el vestíbulo.

No nos conviene que los vean en los pasillos.

—¿Sabe si van a venir? —farfulla.

—Espero que no, espero que hayan acabado por aquí. No sé qué piensan encontrar. Pero son policías y con ellos nunca se sabe.

Lo que Gabriel espera es que quede un culo de whisky en la botella.

Lo va a necesitar.