Tedesco
Un nuevo cuerpo no es una buena noticia, solo más complicaciones y carnaza para la prensa amarilla. A veces, solo a veces, el hallazgo aporta algún indicio. Así lo espera el policía que necesita encontrar al asesino de Noa.
Según explica la agente el cadáver hallado en el arranque del Poble-sec, pertenece a un hombre de unos cuarenta años, quizás alguno más, y ha sido retirado por orden del juez y conducido ya al Institut de Medicina Legal.
—¿Sabemos de quién se trata?
—No lo sé, solo he atendido la llamada del sargento que ha acudido en primer lugar al escenario. Ha hablado con el juez y ha llamado inmediatamente a comisaría. Ha preguntado por usted, creo que se conocen. Me lo han pasado porque quizás guarde relación con la muerte de Noa Renom. Estoy llegando.
Tedesco asiente en el vacío, acostumbra a gesticular mientras habla por el móvil como si su interlocutor pudiera interpretar sus gestos.
Su hija Marina se ríe de él cada vez que lo ve manoteando vivamente o haciendo guiños al vacío.
Ignora que el policía acentúa su costumbre por el placer de verla reír.
Hay tantas cosas que los hijos ignoran de sus padres.
—¿Qué tiene que ver con Noa? No entiendo por qué está relacionado, Lidia. No veo cómo puede…
Lidia, que se dirige a la Ciutat de la Justícia donde se encuentra el cadáver que ha pasado ya a manos de los forenses, se halla a la altura de la endiablada plaça d’Espanya. El ruido de un coro de cláxones la obliga a interrumpirse.
Tedesco puede oír cómo susurra:
—Mierda.
Deduce que la agente se encuentra en un atasco y se obliga a no seguir preguntando durante unos instantes.
No es fácil. Nada fácil. Al policía se le ha acelerado el pulso y mueve la pierna derecha como si pedaleara.
Iván, inalterable, observa a su superior que con las prisas no ha recordado que prefiere el asiento trasero.
También Iván, al volante, prefiere que su superior se sitúe detrás, detesta la impaciencia.
Nunca habla de ello con nadie, pero está convencido de que la ansiedad es el origen de todos los problemas de salud. De todos.
Poco después, desaparecido el trompeteo, la agente prosigue. Habla muy deprisa, está en su naturaleza, le grita al manos libres como si en verdad le urgiera poder explicarse cuanto antes:
—Por lo que me ha dicho Artigas el cuerpo ha sido encontrado sentado en un banco de la plaça dels Ocellets en el Poble-sec.
Lo que tienen en común es que ambos se desangraron hasta morir, el cadáver del hombre también presenta numerosos cortes en la parte superior del cuerpo, en el pecho, en los brazos…
—¿Lo han encontrado desnudo?
—No, no, completamente vestido, pero con cortes muy parecidos a los de Noa. Por eso Artigas ha decidido contactar inmediatamente. Conoce el caso y ha pensado que podría interesarnos. Es todo lo que sé, pero creo que ha hecho bien.
—Sí. Desde luego. Nos vemos. Estamos cerca.
Tedesco informa a Iván que procesa la información mientras conduce. No hace preguntas ni aparta la mirada de los vehículos que le preceden. Ha abierto la carpeta mental y archivado el hallazgo de un nuevo cadáver. El cadáver X.
Apenas tardan un cuarto de hora en llegar.
Lidia espera ya en la entrada. Tiene cara de frío y su aliento resulta visible al abandonar sus labios.
Tiene la nariz enrojecida y el aspecto de no encontrarse muy bien.
Salta sobre la punta de sus pies y agita la mano al verlos sin despegar el brazo del costado.
A Tedesco las lumbares le rechinan cuando intenta salir del coche y no puede evitar una mueca de dolor.
Le ronda una lumbalgia, lo sabe, ha padecido muchas.
No puede pensar en peor momento para pasar a la inactividad.
No piensa abandonar el caso. Necesita conseguir una caja ibuprofeno en la primera farmacia que encuentre. O varias.
Velázquez acaba de recibir el cuerpo. Le asiste en la inspección ocular preliminar una mujer muy alta de ojos castaños y nariz respingona que a Tedesco le recuerda a una de sus novias de juventud.
No fueron muchas. Lamentó amargamente perder a Patricia, la estudiante de derecho a la que la forense le recuerda.
Se trasladó a Madrid. No volvió a verla.
La doctora Soria, según consta en la tarjeta plastificada que cuelga a la altura de su corazón, les saluda con una sonrisa.
Velázquez con un gruñido de contrariedad.
Es su forma de hacerles entender que no son bien recibidos.
Nunca lo son. Los policías husmeando entre sus cuerpos siempre son una molestia, también la mujer que le han asignado para que le ayude.
Como si necesitara ayuda. No ha podido negarse, pero ha dejado claro que prefiere trabajar solo, a su aire, siguiendo su propio protocolo.
—Soy la doctora Soria —se presenta, y le tiende la mano.
—Mauricio Tedesco. Y ellos son Lidia Sampedro e Iván Cabrera.
Lidia cabecea a modo de saludo con un pañuelo de papel aplastado contra la nariz. Reprime a duras penas un estornudo.
Se acercan al cuerpo del que todavía no ha sido retirada la sangre.
El policía comprende que la mayor parte ha ido a parar a la ropa empapada que se acumula en una mesa auxiliar.
Un cráneo rasurado, un rostro enjuto, un torso masculino enrojecido y lleno de cortes, unos miembros largos y escuálidos y en el dorso de su mano derecha el tatuaje de una hoja de marihuana.
—¿Qué puede decirme?
—Poca cosa —responde. Y calla.
A Tedesco, que no esperaba mucho más, Velázquez le resulta exasperante. Respira hondo, cierra los puños e insiste:
—Por poco que sea nos irá bien saberlo.
—La doctora le facilitará su identidad, tenía el DNI entre sus cosas.
Matilde Soria lee sus notas en voz alta.
—Se llama Pere Brufau Arbonés, tiene cuarenta y dos años de edad y según consta vive en la calle Arizala, 3, en el 3.º 1.ª. Vivía —añade.
Iván Cabrera toma nota en una libretita. Lo hace de vez en cuando para complacer a sus interlocutores a los que extrañaría que nadie lo hiciera. No es necesario, no olvidará el menor detalle. Lo sabe. Tedesco, también.
—¿Alguna cosa más? —insiste el inspector.
Lidia estornuda y se aparta de la mesa en la que el Pere descansa ya eternamente. Velázquez la mira como si pretendiera fulminarla.
—Joder, todos ustedes son iguales. ¿De dónde los sacan?
Lo quieren todo para ayer. Acaba de llegar.
Puedo decirle que era más bien feo, como es obvio, y que no estaba en forma —el forense examina su boca, retira los labios, observa los dientes manchados, las encías, el color de su lengua—.
Diría que no llevaba buena vida, pero eso también puede verlo cualquiera. ¿Le parece bien?
El inspector cuenta hasta diez y sigue preguntando:
—¿Y de Noa?
—A la chica la sedaron antes de practicar los cortes, como si su asesino fuera compasivo y no quisiera que sufriera. ¡Hay que joderse! Probablemente no se enteró de nada o de casi nada. Lo cual es un alivio de cara a la familia. Hemos encontrado propofol y lorazepam como para dormir a un buey.
Lidia cierra los ojos un instante, no puede evitar alegrarse por la adolescente asesinada. Tedesco piensa en la necesidad de comunicar el detalle a la familia.
—¿Propofol? Es lo que usan en algunas intervenciones quirúrgicas, si no me equivoco. Un anestésico.
La doctora asiente. Velázquez sigue observando el cuerpo y lo hace cada vez más de cerca, como si lo olfateara.
—Lo que es más extraño es que a la chica también le administraron una dosis elevada de raticida.
—¿Raticida? —preguntan Tedesco y Lidia al unísono.
—Eso creo haber dicho. Raticida, matarratas… ¿Qué es lo que no ha entendido? ¿O quizás prefiera el nombre científico? —señala Velázquez mientras analiza las piernas de Pere Brufau para verificar el livor mortis .
El policía hace cuanto puede por obviar la acritud con la que el forense se dirige a él. Insiste:
—¿Y por qué haría algo así?
—Ese es su problema. ¿No le parece?
El móvil de Lidia vibra unos segundos y emite algo parecido a un suspiro.
Ha recibido un mensaje. El forense arruga el ceño.
Hay expertos que trabajan con música, con sonido de agua que discurre río abajo, incluso con canto de pájaros.
Él prefiere el silencio total. Y si le dejan escoger: la soledad total.
Matilde Soria se acerca al policía y aclara:
—El raticida actúa sobre el tejido sanguíneo, es un diluyente de la sangre, en general los raticidas impiden la coagulación. Es decir, favorecen el sangrado y las hemorragias. Es lo que pasa con las ratas. Si quieres que alguien muera desangrado…
—Y al practicarle gran número de cortes la persona se desangra antes, muere antes —añade Tedesco.
La doctora Soria asiente.
Velázquez, rozando casi el cadáver de Brufau con la nariz, resopla.
—¿El propofol puede conseguirse fuera de un hospital? —pregunta el policía.
—Venga, hombre. No me venga con esas. En estos tiempos cualquier cosa se consigue fuera de un hospital. Armas, uranio enriquecido, polonio, un diamante de sangre, propofol… Parece mentira que pregunte algo así.
Y el policía admite que Velázquez tiene razón. Sabe que todo está a la venta, que todo tiene un precio.
Matilde Soria desafía a Velázquez que firmará la autopsia y añade:
—Estamos acabando de redactar el informe, pero creo que les interesará saber que la mataron horas después de su desaparición, probablemente el domingo por la tarde. No podemos concretar, pero entre las cuatro y las ocho de la tarde.
El forense cierra los ojos unos instantes. No puede soportar más intromisiones.
—Gracias, doctora. Es usted muy amable —se despide Tedesco. Por contraste con el intratable forense a Tedesco todo el mundo le parece encantador.
Iván guarda su libreta y se disponen a abandonar la sala.
No obtendrán más información de un experto áspero como el papel de lija.
La doctora se despide y al hacerlo se encoge de hombros, es su manera de disculparse por el agrio comportamiento de su colega.
Se parece tanto a la que fue su novia durante unos meses que el policía cree estar despidiéndose de ella por segunda vez.
Apenas acaban de traspasar el umbral cuando Lidia se adelanta y les cierra el paso. Iván la mira sorprendido. Su impulsiva compañera le desconcierta.
—El sargento acaba de enviarme las fotografías del escenario.
Y al hablar tiende el móvil al policía.
Imágenes en detalle del rostro, de las manos, del torso de Brufau que, completamente vestido y con el gorro puesto y la cabeza colgando hasta tocar su hombro derecho; parece dormir la borrachera.
Tiene la boca entreabierta y se observan sus dientes espaciados y amarillentos por el tabaco.
Una calavera plateada cuelga de una oreja y descansa sobre el hombro.
Se diría que llevaba varios días sin afeitarse y quizás también sin pasar por la ducha.
Aparenta algunos años más de los cuarenta y dos que constan en su documentación, piensa Tedesco.
Velázquez ha observado que el muerto no parecía llevar una buena vida. Y, aunque las apariencias a menudo engañan, también el policía subscribiría dicha afirmación a primera vista.
En una imagen algo más general aparece el cuerpo de Brufau sentado justo en mitad del banco.
Tiene la mano derecha adelantada sobre el muslo con la palma vacía encarando el cielo.
Como si esperara recibir alguna cosa o como si ofreciera algo a los paseantes.
Tedesco recuerda las manos de Noa dispuestas también sobre sus piernas y sujetando el aire entre los dedos.
Mientras que Brufau ocupa el centro del banco, Noa estaba sentada en su parte izquierda.
Resulta evidente que ninguna de las posturas es casual y que ambas requieren una interpretación que el policía todavía no puede dar.
—Dice Artigas que han encontrado en su poder unas cincuenta pastillas de diferentes drogas sintéticas, marihuana para tumbar a un elefante y varias dosis de cocaína. Además, de dos paquetes de Ducados y cuarenta euros en billetes. No llevaba móvil o bien su asesino se quedó con él. Eso es todo.
—Ya sabemos cómo se ganaba la vida.
Abandonan la Ciutat de la Justícia en silencio y más confusos todavía de lo que lo estaban a su llegada.
Lidia al volante no ha abierto la boca. Iván daría lo que no tiene por poder ver las imágenes que la agente guarda en su móvil y que ha olvidado mostrarle.
Por sus ojos ligeramente entornados el inspector comprende que algo le ronda la cabeza. No pregunta.
Lidia estornuda y no separa el pañuelo de su nariz mientras con una mano sujeta el volante. Siente el frío instalado en los huesos y la inconfundible sensación de fiebre, pero no piensa abandonar el caso. Tedesco juraría que tirita.
El inspector piensa en el ratón de hojalata al que le habían dado cuerda y que no tarda en morir y en su significado simbólico. Quizás el juguete no tenga nada que ver con el apelativo cariñoso que Víctor le dedicaba a su hija.
Mi ratita.
—Quiero saberlo todo de Pere Brufau.