Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Tedesco
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La Dirección del Saint Michael’s School ha decidido que solo los grupos del segundo ciclo de ESO intervengan en el acto en memoria de Noa Renom.

Por una parte, intentan mantener a los alumnos menores tan alejados como sea posible de la tragedia en la que se ha visto implicado el centro y de la que hablan en todas partes y a todas horas.

Por otra logran así impedir que asista Raúl, el hermano de la adolescente asesinada y alumno de primaria que acaba de regresar a clase.

Ese ha sido el deseo manifestado por su padre.

Víctor Renom quiere que su hijo recupere la normalidad cuanto antes, y la normalidad es asistir a clase.

A continuación, es Margarita Costa, la que se acerca al micro y traza un emotivo perfil de la alumna.

Tiene un papel en la mano, lo coloca sobre el atril, pero apenas lo mira.

No lo necesita. La conocía bien. Habla del interés de Noa, de sus ganas de aprender, de su buen carácter, incluso de su ambición.

También de sus silencios y de su timidez.

Dibuja, en pocas y sinceras palabras, el perfil de la excelente alumna a la que ha conocido y apreciado y asegura que, por muchos años que pasen, no la olvidará nunca.

No habla de las muchas preocupaciones de Noa ni de su desmedido empeño por complacer a sus padres, piensa el policía. No se refiere a sus miedos ni a sus inseguridades. Lo comprende. No es el momento ni el lugar.

A la profesora se le quiebra la voz y algunas lágrimas se desprenden de sus ojos enrojecidos. Las retira como puede mientras trata de seguir hablando. Apenas se entienden sus últimas frases. No importa. Alumnos y profesores aplauden con los ojos brillantes por el llanto cuando abandona la tarima.

Es la profesora de música la que sucede a la tutora.

Amelia Recoder, a la que le faltan unos meses para jubilarse, acarrea un sobrepeso evidente que dificulta sus movimientos.

Camina muy despacio y supera los pocos escalones que la separan del suelo con cierta dificultad, como si no confiara en la solidez de sus piernas.

También ella tiene problemas para dirigirse a los asistentes.

Su voz es áspera y salpicada de silencios y apenas logra superar la barrera de los labios.

La megafonía no consigue que sus palabras susurradas resulten comprensibles.

Tiene el rostro ajado y profundas y oscuras ojeras.

Viste de un morado algo estridente y parece no haberse peinado en muchas semanas.

Retira varias veces el cabello encanecido que oculta unos ojos arrasados, tose e intenta controlar sus manos temblorosas. Procede siempre muy despacio.

Por indicación de un profesor que permanece de pie en un extremo de la tarima, la profesora se acerca más al micrófono. Apenas consigue hablar, pero si algo queda muy claro es que apreciaba mucho a Noa y que lamenta profundamente su muerte.

Tedesco recuerda que la profesora de música despidió a Noa aquella noche en la puerta de esa misma sala tras haberla felicitado por su ejecución durante el concierto.

Sabe que Amelia Recoder, que ha dedicado su vida a enseñar música, pronto abandonará las clases para siempre.

Tampoco ignora que se reprochará mientras viva haberla dejado sola a la entrada del edificio.

El profesor que vela por el curso del acto, un joven con perilla, se ha situado al pie de la tarima.

Es el primero en acercarse y tenderle una mano para ayudarla a bajar.

El director, que ocupa un asiento en la primera fila junto a la tutora de Noa, se levanta para que pueda sentarse cuanto antes.

Está tan afectada que ninguno de los dos confía en que pueda alcanzar por sí misma su asiento en las filas posteriores.

Chantal y Viviana son las encargadas de hablar en nombre del alumnado. Lo hacen con un emocionado recuerdo de Noa que han escrito entre ambas y que Chantal es la encargada de leer. Un aplauso espontáneo remata sus palabras.

Ahora es Viviana la que se acerca al atril para leer el poema que han escogido para cerrar el acto. Es un soneto que los alumnos han estudiado en clase y que Vivi pronuncia con un acento admirable. Al menos así se lo parece a Tedesco que nunca pasó de los conocimientos más elementales.

Do not stand at my grave and weep

I am not there; I do not sleep

I am a thousand winds that blow,

I am the diamond glints on snow,

I am the sun on ripened grain,

I am the gentle autumn rain.

Las voces de los compañeros de Noa que ocupan las primeras filas y recuerdan el soneto se unen a la de Vivi.

When you awaken in the morning’s hush

I am the swift uplifting rush

Of quiet birds in circled flight

I am the soft stars that shine at night.

Do not stand at my grave and cry,

I am not there; I did not die.

La sonata número 21 de Mozart, la misma pieza tocada por Noa que ha servido para abrir el acto, acompaña a profesores y alumnos mientras regresan a clase.

Un coro de sollozos enturbia una ejecución perfecta.

Óscar Leiva, de pie junto a la salida, abre las puertas de la sala para que los asistentes puedan abandonarla. La luz de la mañana invade las últimas filas. El entrenador viste un anorak rojo sobre la ropa deportiva y se encaja una gorra del mismo color. Desaparece de inmediato camino del pabellón.

A Iván Cabrera no se le escapa el menor detalle. Los archiva en la carpeta mental titulada: Noa Renom. Se detiene en mitad del pasillo y consulta el móvil que acaba de vibrar. No manifiesta sorpresa. Es el último en abandonar la sala.

Martin Evenson no ha perdido de vista a los policías. Siente miedo. También él es uno de los últimos en salir. Recela del agente y de su superior, espera que ambos se olviden de él cuanto antes. Daría algo por saber qué es lo que Iván lee en la pantalla de su móvil.

El mosso d’esquadra acaba de recibir un mensaje de Lidia.

Han encontrado un nuevo cadáver que podría estar relacionado con la muerte de Noa.

No hay conmoción en su rostro, ni tan siquiera asombro, sus emociones, como sus habilidades sociales, pecan de falta de intensidad.

Alcanza al inspector a la salida de la sala y le muestra las palabras de la agente.

Tedesco acaba de ponerse el abrigo y le ordena a Gabriel que les abra la puerta exterior. El conserje se apresura a obedecer. Nunca antes una orden le ha sonado tan bien.

Abandonan el centro a buen paso sin despedirse de nadie.

El conserje les observa alejarse con un suspiro de alivio.