Brufau
Ha esperado a normalizar la respiración y ha ensayado la que considera su mejor sonrisa antes de pulsar el timbre. No se ha quitado el gorro a pesar de que le hace parecer un atracador de bancos.
El chico que abre lo hace con un gesto de desconfianza.
Advierte los dientes manchados de nicotina y las encías en franca retirada, la nariz enrojecida por el frío y el alcohol y la mirada turbia.
Nada de cuánto puede ver resulta tranquilizador.
Tampoco la calavera plateada que bailotea sobre el cuello de su anorak.
—Creo que tú eres Xavier Arenas ¿Me equivoco? —aventura recordando el nombre en la placa del buzón.
Demasiado tarde.
Brufau pregunta por la familia que vivía en el piso.
Xavier se limita a decir:
—Ya no viven aquí.
Inmediatamente después intenta cerrar la puerta, pero el hombre de la calavera interpone el pie y adelanta la mano hasta situarla sobre la del chico.
Este reconoce el olor del vino peleón en su aliento y en el dorso de su mano derecha el tatuaje de una hoja de marihuana.
Brufau intenta tranquilizarlo. No tiene nada contra él.
—Solo es una pregunta, pardillo. Tranquilízate. Haz el favor. No te voy a rajar ni a morderte el cuello. Podría, pero no lo haré —añade para intimidarlo.
El joven, hijo de la pareja que es la actual propietaria del piso, está a punto de saltar hacia atrás y de pedir ayuda. Por prudencia consigue controlar el impulso. Demasiado miedo para llevarle la contraria a alguien que viste un anorak de camuflaje.
—Te lo repito. Necesito encontrar a la gente que vivía antes aquí. A una mujer que debe de andar por los sesenta, a su marido o a su hija. O a un primo, a un cuñado. A cualquiera. Es importante. No voy a pincharte ni a meterte un tiro. ¿Me oyes?
El joven, rígido como una vela, asiente.
—Tú dirás, chaval.
—Ya le he dicho que no viven aquí. Mis padres compraron este piso hace unos meses —balbucea mientras sigue sujetando la puerta como si el extraño visitante pudiera arrancarla de cuajo.
—¿No tendrás su dirección? Es un asunto grave, ¿sabes? Vida o muerte. Necesito hablar con la persona que os vendió el piso. Un amigo común la está palmando. Tengo que avisarles —improvisa.
El joven niega con un gesto. Tiene un hoyuelo en la barbilla, y un lunar sobre el labio superior que le da a su rostro cierta asimetría. A sus ojos muy negros asoma el miedo. Es un chaval guapo, y lo es de una forma extraña, casi insólita. Sigue estando asustado. Muy, muy asustado.
—¿Y un teléfono?
—Yo, no. Quizás mis padres, pero yo no…
Se aferra a la puerta como si estuviera a punto de desplomarse. Todavía faltan unas horas para que su padre, el primero en llegar, regrese a casa.
—No voy a moverme de aquí hasta que no me ayudes. Piensa. Necesito una dirección, un teléfono…
—Ni idea, pero pruebe en el bar de abajo —sugiere—. Si llega alguna carta siempre la dejamos en el bar. Imagino que alguien vuelve al barrio de vez en cuando y las recoge. —Acaba de recordar que su madre le entrega la correspondencia al camarero del Topkapi.
—Gracias. ¿Ves como no era tan difícil? Podría haberte currado, pero no lo he hecho. Podría haberte roto esa jeta de niñato que gastas. Y no lo he hecho. No te he tocado un pelo. En el fondo no soy mala gente.
Y retira el pie, se aparta de la puerta y, con una sonrisa que al chico le hiela la sangre, se ajusta el gorro como un gánster corregiría la orientación de su sombrero.
El chico susurra gracias y cierra con un portazo. Tardará muchos meses en volver a abrir la puerta a un desconocido y muchos más en olvidar el episodio.
* * *
En el bar, el camarero del Topkapi se muestra reticente.
Aparenta ignorar por quién pregunta Brufau que ha improvisado una explicación que no se ajusta a su aspecto y que el camarero considera poco creíble.
Asegura Brufau que desea saldar una deuda antigua.
El dinero abre muchas puertas, lo sabe mejor que nadie.
Deja caer que ha reunido la cantidad que debía y que pretende devolverla a quien se lo prestó.
Por eso necesita una dirección, un número de móvil…
—No creo que les moleste que les devuelva mil quinientos pavos —aventura—. En el fondo te lo agradecerán. Fijo. Igual hasta te sueltan algún billete por el favor.
—¿Mil quinientos euros? —pregunta el camarero, que juraría que, por su aspecto, el individuo que aguarda al otro lado de la barra no ha visto ese dinero junto en toda su vida.
—Sí. Eso es. Mil quinientos contantes y sonantes. Me ha costado lo mío, pero lo prometido es deuda y soy una persona de palabra. Los tengo y quiero devolverlos antes de que me los cruja mi vieja. No es ningún crimen.
—Sé a quién buscas, dejaron el piso hace años. Estuvo alquilado durante un tiempo hasta que lo vendieron, pero como comprenderás yo no te conozco de nada. Es la primera vez que te veo por aquí. Y no puedo…
—¡Hay que joderse! Serás capullo. Solo quiero devolverles la pasta, no voy a arrancarles la cabeza.
Ha elevado la voz y ha resucitado el gesto airado e intimidante que utiliza cuando se tuerce alguno de sus trapicheos. Un segundo camarero algo más joven y más corpulento se aproxima por si su compañero necesita ayuda.
—Ya veo. Vais de legales. Ok. Ok. Entiendo. Os hacéis los santos. Jugaremos a ese juego —añade levantando las manos como si un sheriff le apuntara con una pistola—. No quiero líos. Ya sé lo que vamos a hacer.
Saca del bolsillo el móvil que Víctor le ha facilitado, comprueba el número y lo anota en una servilleta de papel.
—Por favor, hazles llegar esta nota. Me llamarán, estoy seguro.
El camarero la acepta y la guarda en uno de los cajoncitos de la caja registradora.
—Y gracias por nada, colegas —grita desde la puerta antes de calzarse el gorro de nuevo y desaparecer.