Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Martin
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Martin

Lejos, muy lejos de la pista.

Uno de los último de los jugadores en salir de la ducha intenta consolarlo con una palmada en la espalda y unas palabras amables.

—Un mal día lo tiene todo el mundo. Yo chupo banquillo casi siempre. Ya lo sabes. Y no se acaba el mundo, te lo aseguro.

Resopla y hace una mueca de disgusto. No es la mejor manera de reaccionar, pero no conoce otra. Cada uno se defiende de la adversidad como puede.

Arnau se retira desairado. Murmura:

—Que te den.

Martin permanece en la banqueta a medio vestir con la toalla todavía en torno al cuello, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza baja y el cabello mojado ocultando parcialmente sus ojos.

Está enfadado consigo mismo y con todos y cada uno de sus congéneres.

Sin excepción. Espera a su entrenador con la mirada en sus deportivas y el gesto huraño del que no se desprende.

El vapor de las duchas simultáneas ha elevado la humedad y las paredes parecen rezumar agua tibia.

El vestuario entero huele a sudor y a ropa húmeda.

Óscar Leiva irrumpe en el vestuario. Parece enfadado y lo está.

Comprueba que no queda nadie en las duchas y utiliza la llave para asegurarse de que nadie entre.

Cierra la puerta a su espalda con la cólera en los puños y la decepción en la mirada.

Un observador sentiría miedo de él. Martin, no.

—¿Qué coño ha pasado hoy, Martin? ¿Me lo puedes explicar? ¿Qué coño te ha pasado? ¿En qué estabas pensando?

Óscar Leiva, antiguo alumno del Saint Michael’s School, es el entrenador de los equipos de baloncesto del centro.

Es algo más alto que Martin y mucho más fornido y viste siempre ropa deportiva.

No posee otra. Vive por y para el basket y, a punto de cumplir los treinta, juega en una liga menor.

Sus padres esperaban de su único hijo que se graduara como optometrista y se hiciera cargo de la franquicia familiar.

No lo hizo. Tampoco es lo suficientemente bueno como para fichar por uno de los grandes equipos ni tan malo como para abandonar.

Confía en los buenos resultados del equipo de los chicos para medrar como entrenador y pasar a categorías superiores.

Unas entradas a la altura de las sienes anuncian una calvicie progresiva y temprana y una nariz ligeramente quebrada a media altura el impacto fatal de un codazo recibido años atrás.

Martin, con la mirada en sus rodillas, calla.

—¿A qué estabas jugando? —le increpa.

—Lo siento. Lo siento mucho. No puedo concentrarme, no puedo… Ha pasado algo y no consigo…

—Explícate. O te explicas y me lo creo o te juro que no te saco a pista hasta la segunda ronda. Perderemos, pero vas a chupar más banquillo que todos los demás juntos. Tú dirás —le escupe mientras se planta en jarras delante de él.

Martin carraspea. Intenta encontrar la voz, una voz que no se rompa al empezar a hablar, que no flaquee, que no se derrita entre los labios. Lleva toda su vida intentando aparentar una fortaleza que no siente. No siempre resulta fácil.

—El policía ha hablado conmigo. Han venido a buscarme a clase y me han preguntado por Noa, por la chica que han asesinado.

—¿Qué tiene que ver esa chica contigo?

—Iba a mi clase. Creen que tenía algo con ella, que quizás éramos… Que quizás salíamos juntos a escondidas.

La risa de Óscar Leiva rebota en las paredes húmedas y crece. Suena descarnada y fría. Hiriente. Pura burla.

—¿Tú? ¿Con ella?

Martin se estremece. No responde.

Óscar corrige su actitud, no pretende hacerle daño. Rectifica la mueca de desdén y se acerca al chico. Baja la voz, casi susurra.

—No creo que debas preocuparte —añade el entrenador mientras se sienta a su lado y descansa una mano sobre la pierna todavía desnuda del chico.

Muy despacio, como si tuviera vida propia más allá de las penosas circunstancias, los dedos de Óscar se acercan a la ingle.

Martin se revuelve.

—Aunque no lo creas, yo le gustaba. No lo sabía, te lo juro, no podía ni imaginármelo, sus amigas me lo han dicho esta mañana y también se lo han dicho al policía. Por eso piensan que entre nosotros podía haber alguna cosa. Ya sé que es raro, pero Noa estaba colgada de mí. Eso es lo que dicen.

—Sí que lo creo, claro que lo creo. A esa edad todas se enamoran.

Todas. Una chica solitaria, con pocas amigas y, por lo que he oído, muy lista.

No sé por qué te extraña. Tú le gustabas.

Eres guapo. Lo eres. Y lo sabes. También eres listo, tienes un buen coco —añade señalándole la frente—. Es casi lógico. ¿Y qué?

—¿La conocías?

—No, no había hablado con ella, pero sé quién era. La he visto alguna vez. No hay tantas chicas chinas.

Óscar no le recuerda que también entrena al equipo de chicas ni le habla de la conversación que escuchó durante un desplazamiento.

No le dice que pudo oír a Vivi y a Chantal hablar del extraño enamoramiento de Noa Renom ni que apenas tardó unos segundos en comprender que hablaban de Martin y de la preciosa y discreta chica china.

Tampoco le habla de los celos que, como un espasmo, le retorcieron el estómago hasta obligarlo a suspender el entrenamiento aquella tarde pretextando un malestar repentino.

Recuerda cada una de las palabras que las chicas pronunciaron y cómo a punto estuvo de vomitar en el pasillo del autocar.

Maldita cría. No le explica que desde aquel día seguía a Noa con la mirada y espiaba cada uno de sus gestos cuando se encontraba en el exterior.

Ni que el estómago le daba un vuelco y se le agarrotaban los dedos si la veía cerca de Martin.

Tampoco que alguna noche había soñado que el chico se aproximaba a ella y se dejaba besar.

Nada le dijo de que en cada ocasión se despertaba angustiado y con el corazón desbaratado.

—Creo que sospechan de mí.

Óscar calla. Se limita a intentar tranquilizar a su jugador.

—Solo tienes que admitir que eres gay y que nunca habrías salido con una chica. No es tan difícil.

—No puedo hacerlo, no después de lo que pasó en Bristol.

¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por qué crees que mi padre me sacó del instituto y pidió un traslado?

¿Si supieras lo que me dijo? No me mató por no ir a la cárcel, pero si hubiera podido…

No tienes ni idea de lo que mi padre es capaz de hacer ni de hasta qué punto se avergüenza de mí.

Creo que siente ganas de matarme cada vez que me ve.

Si pudiera… —Se interrumpe unos instantes y mira a los ojos a su entrenador antes de continuar—: No soy mayor de edad, no puedo hacerlo antes de que pueda irme de casa.

No puedo salir del armario todavía. Lo haré, pero todavía no puedo.

Mejor irme que hacer que me eche y quedarme en la calle. ¿No te parece?

La angustia del chico alcanza a su entrenador.

—¿Y si siguen preguntando? ¿Y si alguien ha visto alguna cosa?

¿Y si averiguan que tú y yo…? Alguien puede hacer algún comentario, alguien que se ha fijado en algún detalle, en alguna mirada.

alguien que… Eso es lo que me da miedo. Ya lo he vivido, Óscar.

Es terrible. No quiero volver a pasar por algo así. Te juro que es un infierno.

La mano del entrenador se ha detenido justo en la costura del slip. Alza la cabeza. Parece alarmado. Baja la voz y susurra, aunque nadie puede oírlos en el vestuario vacío.

—¿No se te ocurrirá hablar de nosotros? No puedes hacerme eso. Eso sí que no. No puedes. Lo perdería todo. No puedes…

El chico niega con la cabeza y lo hace con convicción. No tiene intención de hablar de Óscar, tampoco de su inclinación sexual. Está asustado y las lágrimas asoman a sus ojos. Espera un gesto de complicidad que no llega. Quizás solo unas palabras de consuelo.

Martin puede ver cómo el miedo paraliza a su entrenador, trepa hasta sus labios y se instala en sus ojos. No hay nada más intenso que el miedo.

—¿No pensarás decir nada para salvar tu culo? —eleva la voz—. Me juego el trabajo, Martin. No me fastidies. No podría volver a entrenar. Tú todavía eres menor, pero yo podría… Podría acabar en la cárcel y sabes mejor que yo cómo ha ido todo. Siempre ha sido consentido, siempre… No puedes…

El chico sigue negando con la mirada en sus rodillas y sin abrir la boca.

—Ya te he dicho que no, que no voy a hacerlo, pero y si siguen preguntando… Yo no diré nada, pero y si alguien…

—Martin no me jodas. Por favor, no me jodas.

Nadie ha visto nada. Nunca te he tratado diferente ni te he ahorrado una bronca.

A la vista está. Por eso estás aquí. Y todos lo saben.

Por favor, Martin. Si llega a saberse van a decir que abusaba de ti, que soy un…

—Se traga la palabra pederasta y retira la mano que acariciaba la pierna del chico—.

Por favor, no me mientes. Puedo perderlo todo.

Hay verdadero pavor en sus palabras y en sus gestos.

—No he dicho nada, pero el policía no ha dejado de preguntar.

Como si no me creyera. Por eso no me lo puedo quitar de la cabeza.

Quería saber si Noa y yo nos veíamos. Dije que no.

Entonces me preguntó por lo que hice el viernes por la noche.

Le dije la verdad, los viernes no entrenamos, le dije que estuve dando vueltas por ahí.

Solo. Siempre ando solo, ya lo sabes, prefiero andar solo.

Pero estoy seguro de que no me creyó. Andar solo no es una buena coartada.

Mi padre tenía una cena. Casi nunca aparece los viernes para cenar, siempre tiene una cena, una reunión…

Una amiga… Volví a casa hacia las diez y no había nadie.

Piensa que a ella la vieron por última vez a la salida del concierto, a eso de las ocho.

—No creo que tengas que preocuparte —afirma Óscar, intentando serenarse—.

Hablarán con sus amigas, las conozco, ellas lo saben, te lo han dicho.

Ellas les dirán que no salíais juntos, que no tenías ni idea de lo que Noa sentía por ti.

Solo tienes que insistir en que hablen con ellas.

Pero sobre todo espero que no se te ocurra hablar de nosotros.

Si lo haces lo negaré todo. Todo. Será tu palabra contra la mía. ¿Me oyes?

—Antes de irse ha dicho que volverá a hablar conmigo muy pronto, que quiere hacerme más preguntas. Por eso no puedo concentrarme. Por eso lo he hecho todo mal —añade Martin con la voz quebrada.

No queda nada de la indiferencia con la que se disfraza a diario. Nada de la aparente superioridad moral con la que se viste para acudir a clase y sentarse entre sus compañeros. No es más que un chico asustado. Muy asustado.

Óscar Leiva se pone en pie.

Martin atrapa los dedos del entrenador antes de que se aleje. Tira de ellos. Lo retiene.

—No diré nada. Te lo juro. Nada. No lo haré. No hablaré. No has abusado de mí. Los dos lo sabemos. No quiero hacerte daño.

—¿Cómo puedo estar seguro? Tengo mucho que perder, Martin. Mucho más que tú. No puedes imaginarte cuánto. No quiero que pronuncies mi nombre. ¿Me oyes?

Martin asiente.

—Acabas de cumplir los dieciséis. Eres menor, eres…

—No diré nada. Solo que estuve paseando, dando vueltas por ahí, diré que no recuerdo… No te preocupes, por favor. Confía en mí —suplica—. Confía en mí —repite con un hilo de voz—. Por favor.

Martin se ha puesto en pie y se ha acercado a su entrenador sin dejar de retener su mano.

La expresión áspera y desafiante que mantiene en todo momento y a cualquier precio se ha desprendido de su rostro y ha aflorado la del adolescente solitario que acumula miedos, obsesiones y una soledad cada vez más dolorosa.

—Por favor, Óscar. Créeme —repite. Y se aproxima tanto a él que roza con los labios la barbilla del adulto mientras su nariz juguetea y se hace un sitio en su boca.

—Confía en mí —susurra mientras se aparta el cabello húmedo de los ojos y enfrenta la mirada de su entrenador—. No diré nada. Te lo juro. No quiero perderte y no quiero que te hagan daño. Te quiero. Lo sabes.

Tiene unos ojos bellísimos del mismo color que el agua de los estanques.

Solo Óscar puede verlos así. Quizás también Noa.

—No podemos seguir, Martin, por lo menos durante un tiempo.

Hasta que esto amaine. Si la policía averigua que nos vemos, si llegan a saber que tú y yo…

—Y en su voz y en sus ojos, el temor a que el firmamento caiga sobre sus cabezas—.

Con la de alumnos que hay por aquí… Y va y esa chica se fija en ti.

Martin levanta la mirada, se yergue y busca los labios de Óscar Leiva. El entrenador no se aleja. No se mueve. Acaba de activarse cada centímetro de su piel, todo su cuerpo se convierte en una gran zona erógena cuando siente los dedos del chico explorando su torso, descendiendo hacia su abdomen.

No puede evitarlo.

Tiembla. Anticipa el placer. Se desboca el deseo.

Es incapaz de rechazar la boca del chico de los ojos verdes y la mirada intensa. Tampoco aparta la mano que acaricia ya su vientre y se acerca a su miembro que cobra vida.

Suspira. Comprueba que las llaves de la puerta siguen en el bolsillo de sus pantalones del chándal y se abandona.

No ha conocido nunca a nadie como Martin Evenson.

Su mejor jugador, el más hábil.