Claudia
Sofía reacciona como es habitual: a gritos.
—¡Joder, tía! ¿Por qué no te metes el codo en…
? —Se levanta entre aspavientos y con escándalo de silla arrastrada.
No acaba la frase. Sabe que la profesora de Matemáticas no se anda con contemplaciones y por menos de nada es capaz de hacer que le caiga un puro.
No necesita más problemas de los que ya tiene.
Y son unos cuantos. El agua ha mojado uno de sus botines y sacude el pie en el aire como si el agua pudiera perforar el cuero mientras resopla.
—Lo siento. No quería… —Tampoco ella acaba la frase.
Sofía Velarde es la alumna más estrafalaria del centro. Tras años de escolarización en el Saint Michael nadie le disputa la etiqueta. Ni tan siquiera Martin Evenson al que el alumnado considera un puto arrogante y el profesorado una verdadera molestia.
Sofía lleva años esperando a acabar la ESO para cursar Bachillerato y dejar de vestir el uniforme gris y rojo que le resulta mortalmente aburrido.
Está deseando tirar de fondo de armario.
Un fondo negro como boca de mina. Botas negras con plataforma, leggins negros salpicados de agujeros, negra la laca de uñas y la sombra de ojos, negra la ropa interior y las camisetas y negro el humor a diario.
La más estrafalaria y también la más agria y estridente.
Y, sin duda, la más desafiante. Si alguna cosa han comprobado los padres de Sofía, ambos gestores inmobiliarios, es que el dinero no compra la discreción.
Claudia es su contrapunto perfecto. Silenciosa, humilde, casi ingenua.
Se complementan bien. A Claudia le gusta escuchar, a Sofía disertar, discrepar, aullar, aleccionar.
A Claudia pasar siempre desapercibida, a su amiga ser el centro de atención.
A Sofía algunos la llaman la Castafiore.
Claudia lo sabe, pero no se lo dirá nunca.
La profesora se ha acercado hasta el pequeño charco que Sofía contempla con gesto de repugnancia, como si en lugar de algo de agua derramada se encontrara junto a una laguna fétida infestada de animales en descomposición.
Todas sus reacciones resultan desproporcionadas, siempre.
También lo serán sus gestos minutos después, cuando decida perdonar a Claudia por su torpeza con el más intenso de los abrazos.
La soberana compasiva perdonando la vida al mejor de sus vasallos.
Emociones fuertes, gestos excesivos. Puro postureo, afirman algunos de sus compañeros.
Muchos de ellos la evitan, otros la temen, la gran mayoría piensa de ella que es insoportable.
—Tendrás que recogerlo. —Y con una mirada Alicia Casas, la profesora veterana, le señala a Claudia la puerta.
No necesita más para ser obedecida de inmediato.
—Y tú, Sofía, por favor, siéntate y compórtate. Ya te hemos visto. Solo es agua, no ácido sulfúrico.
Sofía, conspiranoica por naturaleza, obedece sin dejar de mascullar maldiciones que abarcan la inmensidad del planeta. Como si ronroneara.
Claudia desearía reptar hasta alcanzar la salida o, mejor aún, teletransportarse hasta la conserjería. Dado que no está en su mano hacerlo atraviesa media clase intentando no tropezar ni parecer desmañada al caminar. Lo consigue.
Sale al pasillo vacío y en silencio. Suspira aliviada.
Desde que se extendió la noticia de la muerte de Noa el centro le parece mucho más silencioso, como sobrecogido por el horror.
Recuerda a Noa. La envidiaba. Era menuda y muy delgada, el cabello siempre liso, el rostro siempre sonriente.
En apariencia no tenía pechos. Sus formas eran perfectas y sus resultados escolares extraordinarios.
¿Quién no la envidiaría?
Le gustaría quedarse allí unos minutos, lejos de comentarios y de miradas que siempre le parecen despectivas.
Dicen de ella que tiene un problema de autoestima.
Según Claudia su problema no solo es de autoestima, también de sobrepeso.
Eso es lo que cree comprender cada vez que se mira al espejo.
De poco sirve que le aseguren que su peso es perfecto, ideal, y que lo hagan los mismos parientes y amigos de la familia que señalan que se parece extraordinariamente a la abuela materna a la que le sobraban unos treinta kilos.
Criada en una familia de mujeres esbeltas y elegantes y de hombres que rinden culto al cuerpo de su pareja, Claudia libra un duelo sin sangre con la maldita báscula, un duelo absurdo.
Comienza a menudo dietas milagro que abandona a la primera ocasión, emprende extenuantes sesiones de running, un ejercicio que detesta.
Carreras contra sí misma de las que regresa sintiéndose derrotada.
Usa sujetadores que le aprietan y le aplastan unos pechos que se le antojan demasiado grandes, como de vaca, y cada vez con más frecuencia se provoca el vómito para librarse de cuanto acaba de ingerir.
La boca agria, la garganta áspera y en el estómago una sensación desagradable. Ni lleno ni vacío. Alterado.
Arrastra en todo momento una culpabilidad de la que no consigue desprenderse.
Incluso la muerte prematura de su madre por un cáncer diagnosticado demasiado tarde la siente en parte culpa suya.
La asidua compañía de Sofía, alta, muy delgada, aparentemente segura de sí misma y llamativa a su manera, no es de gran ayuda.
Sin embargo, no tiene otras amigas. Quizás sí que se trate de la puta autoestima, piensa mientras avanza amedrentada pasillo adelante hasta alcanzar las escaleras.
Desciende una planta y llega al vestíbulo principal sin cruzarse con nadie.
Mejor así, piensa y siente alivio. Comprueba en el gran reloj de la entrada que apenas han pasado unos treinta minutos desde que acabó el descanso y regresaron a las aulas.
Le ha parecido una eternidad. Espera poder retirar el agua y devolver el cubo y el mocho antes de que suene el timbre del cambio de clase.
No quiere que el centro entero la vea cargando con la fregona.
Se resentiría para siempre la maldita autoestima.
Gabriel no está en la conserjería. El espacio acristalado en el que pasa las horas controlando entradas y salidas y atendiendo al teléfono está vacío. Ninguna nota en la mampara indica que espera volver pronto.
Claudia se queda allí, frente al cristal.
Aguarda al hombre de gran estatura y pocas palabras que conoce a la perfección cada rincón del Saint Michael’s School.
Espera que no tarde en regresar. Cuenta los minutos hasta que advierte la presencia de Gabriel en el extremo del pasillo en el que se encuentran los despachos del equipo directivo.
El conserje avanza en dirección al vestíbulo y a su garita, la conserjería.
Trae el ceño fruncido, los puños apretados a la altura de los muslos y la boca entreabierta como si la nariz no le bastara para tomar aire.
Parece enfadado cuando llega a su altura. No la saluda.
Gabriel Roberts abre la puerta y entra en su diminuto reino de cristal.
No hace el menor gesto, tampoco pregunta.
Parece no haberla visto. Resopla al sentarse como lo haría un gran animal encolerizado, exhala rabia.
Se inclina hacia adelante con un gesto brusco.
A pesar de que los separa un cristal Claudia está a punto de retroceder un paso.
Gabriel todavía no ha mirado a la alumna que solo espera conseguir un cubo y un mocho.
—¿Y a ti qué te pasa? —pregunta elevando la voz y con una acritud impropia del hombre con el que Claudia ha tratado en muchas ocasiones.
El conserje, aunque generalmente sombrío, siempre le devuelve el saludo cuando se cruzan en un corredor y más de una vez, en un día de lluvia, le ha prestado un paraguas de los muchos que quedan olvidados por todas partes. Es amable a su manera.
Claudia le explica lo que ha ocurrido y Gabriel, sin moverse de su silla, le indica con un gesto que entre y coja lo que necesite.
—Tú misma. Y lo quiero de vuelta enseguida —añade con voz agria.
Claudia asiente. No abre la boca. El conserje airado le recuerda al ogro de los cuentos infantiles. Grande, violento y con unas manos grandes como sartenes. Un personaje monstruoso, desmesurado en todo y capaz de las mayores crueldades.
Cuando Claudia obedece intentando no incomodar todavía más al conserje un hombre joven, al que no ha visto antes en el centro, se aproxima al vestíbulo.
Avanza por el pasillo por el que segundos antes ha visto llegar a Gabriel.
También él procede de uno de los despachos del equipo directivo o de la secretaría del Saint Michael’s School. Desde su silla Gabriel no puede verlo.
Claudia Pisón alcanza ya las escaleras cuando el conserje, con el gesto algo más relajado, llama su atención golpeando el cristal y asomando la cabeza por la puerta de la conserjería. Tiene una nariz imponente y los ojos de un azul desvaído.
—Disculpa, Claudia. No quería… Solo es un mal día.
Sonríe levemente para hacerse perdonar. Carece de práctica y el resultado es una mueca extraña y algo grotesca. La adolescente le devuelve la sonrisa, agradece el gesto. Su autoestima, también.
—El mío tampoco es muy bueno.
Iván Cabrera se detiene en el umbral del vestíbulo.
Observa. Le sorprende que el conserje conozca a la alumna por su nombre.
En el instituto público al que asistió pocos años atrás los conserjes solo conocían los nombres de los alumnos que eran expulsados de clase reiteradamente.
Aquellos que carecían de un futuro académico y que pasaban las horas sentados en los bancos de la entrada esperando la llegada de unos padres iracundos.
Quizás es así como funcionan los centros privados, piensa Iván. Buenas maneras y atención individualizada. Eso se paga. Seguro.