Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Gabriel
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Gabriel

Una ristra de alumnos, pocos, regresan a sus casas para volver dos horas más tarde. Algunos automóviles de gama alta esperan para recogerlos con los empleados de la familia al volante. El resto come en el centro y no lo abandonará hasta el atardecer.

No están las cosas para bajar la guardia, nos jugamos el futuro , le ha repetido el director en varias ocasiones como si del conserje dependiera la viabilidad del centro. Es lo que intenta hacer: no bajar la guardia.

—Estás muy raro tú. ¿Se te ha comido la lengua el gato? ¿Te ha pasado alguna cosa? —insiste Olga Lambíez, plantándose frente a él e intentando que el hombre la mire.

Apenas le llega al hombro y se alza de puntillas sobre sus deportivas para que no la ignore.

—¿Si no me lo dices a mí a quién se lo vas a contar? ¿Al jefe? —pregunta aludiendo al director que ambos consideran un hombre excesivamente pomposo y algo ridículo en su solemnidad.

El conserje relaja su actitud y deja caer los brazos a lo largo del cuerpo. Se rinde. Sabe que Olga no se dará fácilmente por vencida, también sabe que quizás nadie más se interesará por su estado de ánimo. Era la mejor amiga de su mujer. No tiene secretos para Olga.

Carraspea antes de hablar. Lleva muchos minutos en silencio y necesita hallar el tono y las palabras adecuadas.

—Es por ese policía. Me ha hecho llamar y me ha preguntado si recordaba a la chica. Le he dicho que sí.

Gabriel Roberts, nacido en Liverpool más de cincuenta años atrás, no ha conseguido desprenderse del acento británico que todavía hace sonreír a Olga.

Un conserje nativo y con acento añade al centro un plus de autenticidad.

Eso es lo que parece pensar el director que tolera que sea poco sociable y prefiere ignorar su propensión a disolver las penas en whisky barato.

Gabriel habla en voz tan baja que la mujer se ha aproximado a él hasta casi rozarle.

—Claro, y yo. Y todos. Le han preguntado a todo el mundo. Es su trabajo —responde Olga con despreocupación—. Todos conocíamos a Noa. Lo raro hubiera sido que le dijeras que no la conocías. No hay tantas chicas chinas por aquí. ¿Quién iba a creerte? ¿Y por qué coño ibas a mentir?

—Llevo viéndola desde que entró. Desde el primer día. ¡Cómo no la voy a conocer!

—Pues claro.

—Y aquí tampoco hay tantas alumnas como ella —añade Gabriel a modo de justificación innecesaria y con un gesto de rabia creciente—. No soy imbécil. ¿Cómo no voy a recordarla?

—No sé si te entiendo. ¿Y eso es lo que te preocupa? —pregunta la mujer mientras cruza sus brazos sobre el pecho y esconde sus manos heladas en los sobacos para calentarlas.

—Me ha preguntado si hablaba con ella y le he dicho que a veces sí.

Y es la verdad. ¿Qué iba a decirle? Esa chica siempre cargaba con el violín.

Y es mi instrumento favorito. Un día se lo dije.

Si lo llego a saber… Me gusta el violín y me hubiera gustado saber tocarlo.

De eso hablaba con Noa. Del violín y de las piezas que tocaba.

El jueves, mientras esperaba que la vinieran a buscar, hasta tocó para mí en la consejería, solo fueron unos acordes, el principio de la sonata de Mozart, la que iba a tocar en el concierto.

Pero eso no se lo he dicho —añade con gesto de disgusto.

—Debes de estar hecho polvo. Hace años que no te oía hablar tanto —comenta sorprendida—.

Tú le has dicho que sí y es lo que tenías que hacer.

Hablabas con ella de música. ¿Qué hay de malo?

Yo le hablaba de su hermano que es un nervio.

Un, un… Ya lo conoces. ¿Y qué? No veo por qué te preocupa.

Es lo lógico. El policía habla con todo el mundo, Gabriel, es su trabajo.

Cobra por preguntar, igual que yo cobro por barrer y tú por estar aquí como un espantapájaros. Es su trabajo.

Gabriel Roberts baja la voz y acerca el rostro al de la mujer. Tiene los ojos cavernosos por la falta de sueño y en el aliento el rastro del alcohol ingerido para aplacar la ansiedad.

Olga arruga la nariz.

—Quería saber si me caía bien. Quería saber si era simpática, si se paraba a hablar conmigo, si la encontraba guapa…

Sus preguntas sonaban… No sé ni lo que insinuaba.

Yo qué sé. Me he puesto nervioso. ¿Cómo iba a decirle que no?

Era guapa, claro que era guapa. Y simpática, y educada y…

Y me caía bien, claro que me caía bien. ¿Qué le iba a decir? Pero… No sé, creo que piensa que…

—Sigo sin ver qué es lo que te preocupa.

—Olga calza deportivas de suelas muy gruesas para trabajar y, aun así, el frío las traspasa.

Tiene las plantas de los pies heladas y casi no siente las pantorrillas.

De nada sirven los calentadores que conserva desde que en su juventud practicaba aerobic.

Salta sin desplazarse del sitio para calentarlos.

Salta, habla y daría lo que no tiene por prender un cigarrillo—.

Vamos, que no te entiendo. Y no es por ese acento tuyo.

Que también. Es que te juro que no veo el problema.

—Ya. Es que eso no es lo peor, Olga. Es que me ha preguntado dónde estaba el viernes sobre las ocho de la noche, la hora a la que la vieron por última vez.

—¿Quieres decir que sospecha de ti? —pregunta Olga Lambíez, abriendo mucho los ojos como si al hacerlo pudiera escuchar mejor la respuesta del hombretón de manos enormes y nariz en descarada pendiente con el que lleva trabajando a diario desde hace más de diez años. Ha dejado de saltar.

—Eso parece. Le he dicho que estaba en casa.

Le he explicado que cuando las actividades son fuera de mi horario es alguien de dirección o algún profesor, o los mismos entrenadores los que cierran o abren el centro.

Siempre ha sido así. No me pagan horas extras.

Quería saber si podía demostrarlo —se interrumpe.

Parece asustado.

—Y no puedo.

Olga oprime con una mano el antebrazo de Gabriel a modo de consuelo. Tira de él para apartarlo de la entrada. Calla. No porque crea que Gabriel ha podido hacerle daño a Noa, sino porque no sabe qué decir.

—¿Cómo voy a demostrarlo si vivo solo? ¿Cómo? ¿Y por qué tendría que hacerlo? Es mi vida, ¿no?

—No quiere decir nada, Gabriel. Estoy segura de que su deber es preguntarlo. No creo que sospeche de ti.

El conserje sacude la cabeza. Asiente.

—Yo era el único que quedaba por aquí. Se acabó el concierto y todo el mundo se largó. Yo pude salir de casa. Si no hace frío a veces lo hago. Muchas noches me siento en un banco y fumó. O pienso, o…

El rumor de los alumnos que se dirigen al comedor al que se accede desde el exterior llena el silencio entre ambos.

De un vistazo Gabriel comprueba que no queda nadie por salir.

A lo lejos advierte que el director accede al edificio principal y que algunos profesores se dirigen a la salida lateral —la de los empleados del centro—, abren con su propia llave y salen a comer.

Óscar Leiva, el entrenador del equipo de basket, se dirige al pabellón. Parece no tener frío.

—¿Hiciste alguna llamada? ¿Hablaste con alguien?

Niega.

—Nunca hablo con nadie. Y menos por la noche. ¿Con quién voy a hablar?

—Puedes hablar conmigo —sugiere Olga, y le guiña un ojo con picardía—. También podrías llamar a tu hermano, o a tu cuñada, la hermana de Gloria, o a… —No se le ocurre nadie más—. Es que tú eres como una piedra pómez.

Gabriel Roberts frunce el ceño. No sabe qué es lo que quiere decir.

—Nada, no te preocupes, yo me entiendo.

—Ha dicho que volverá por aquí. Que quizás necesite saber más cosas. ¿Cómo no voy a estar acojonado?

Visiblemente angustiado e irascible saca del bolsillo de su abrigo un enorme manojo de llaves, se aleja unos metros de la mujer y cierra el portón metálico del patio. Ningún alumno más saldrá a comer.

Camina muy despacio, como si calzara plomo.

Olga observa sus movimientos, advierte que el conserje parece haber envejecido en pocos días.

No sabe qué decirle. Tampoco sabe qué pensar.

No es un hombre fácil. De hecho, apenas sabe nada de él.

Solo que no tiene amigos, que bebe más de la cuenta y que son conocidos sus arrebatos de mal humor.

En silencio ambos se adentran de nuevo en el edificio caldeado que alberga las aulas. Gabriel camina cabizbajo y con los puños cerrados. Necesita un trago y lo necesita cuanto antes. Si no se equivoca queda un culo en la botella que esconde detrás de la fotocopiadora.

Olga libera sus manos y las sacude en el aire para reactivar la circulación antes de recuperar la mopa y despedirse con un:

—Anima esa cara, Gaby. No será nada, ya lo verás.

Gabriel Roberts gruñe.

Olga se aleja con una sonrisa. Piensa que los jabalís que campan a placer por Collserola deben de bramar exactamente igual que el huraño conserje.