Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Martin
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Martin

—¿Estáis seguras? Me cuesta creerlo.

Apoyado contra un muro, con los hombros caídos y un gesto de incredulidad en el rostro, intenta asimilar las palabras de unas compañeras de clase con las que apenas se relaciona.

Tiene el cabello largo y en desorden, los ojos verdes muy abiertos, el ceño fruncido y la corbata roja del uniforme torcida y floja, como siempre.

Una pelusa oscura salpicada de acné apunta en su labio superior.

Tiene ya dieciséis años, es algo mayor que el resto y el primer interesado en señalar la distancia que lo separa de los alumnos de su grupo.

Se interrumpe unos instantes. Trata de ser fiel a la verdad.

—O no podía. O no quería. Tenía siempre demasiado miedo. Noa nunca le hubiera llevado la contraria a un profe. Nunca. Ni a un profe ni a nadie. Creo que se hubiera desmayado si llegan a ponerle un parte —añade Chantal.

—¿Miedo? ¿Miedo, de qué? —inquiere Martin, exagerando el gesto de incomprensión al tiempo que se separa de la pared.

Es mucho más alto que sus interlocutoras y mucho más desgarbado.

—Sí, miedo. Era adoptada. Eso ya lo sabes.

Había visto documentales, había leído cosas.

Se le había metido en la cabeza que podían devolverla a China.

Tenía miedo de que dejaran de quererla, de que decidieran librarse de ella, la metieran en un avión y la enviaran allí.

A China. Se obsesionó con eso. Una neura, una… No sé. —Chantal no puede continuar.

Martin inclina la cabeza. Cree comprender. En su mente resuenan las palabras que acaba de escuchar «miedo de que dejaran de quererla».

Chantal no ha parado de llorar desde que ha entrado en el centro con el timbre de la primera hora.

Tiene la voz entrecortada y lo que es peor, mucho peor, la horrible sensación de ser en parte responsable de lo que le sucedió a Noa, responsable del horror.

La vio sola a la salida del concierto aquella noche y no preguntó, no se interesó, no quiso saber.

Se limitó a despedirse con un gesto. Era feliz, todos estaban allí, sus padres, sus hermanos, todos la felicitaban.

Iban a cenar juntos en su restaurante favorito.

No quería perder ni un instante. Solo ahora comprende que no preguntó porque no quiso saber.

—Nos prohibió que te dijéramos nada, Martin.

No quería que llegaras a saberlo. —Es Vivi Alarcón la que ahora le habla—.

Te juro que se moriría de vergüenza si se entera de que…

—También ella rompe a llorar súbitamente consciente de que Noa ya está muerta y de que nadie, nadie, nadie puede morir dos veces.

Martin no sabe qué hacer. Siente ganas de marcharse, desaparecer, sin embargo, sigue allí, esperando. Comprende que quieren explicarle algo más y no está seguro de querer oírlo.

—Ella era así. No quería llamar la atención. Ni la tuya ni la de nadie. Era una buena persona, mucho mejor que yo. Siempre me ayudaba en lo que podía, ¿sabes? Nunca decía que no y nunca me hacía sentir mal. Y siempre encontraba el momento. Mates, Historia… Me ayudaba en todo.

Chantal calla.

Martin, algo incómodo, se revuelve, cambia de posición y con un pie en la pared descarga de nuevo su peso en el muro.

Siempre adopta una postura indolente, como si cuanto le rodea le resultase indiferente.

No es así, lo intenta, pero no es así. Todo retumba en su interior y lo hace con violencia.

Nada pasa desapercibido, nada se desvanece.

Esa indiferencia, esa aparente distancia respecto al mundo y a sus pobladores, le confiere una pátina de seguridad que no posee.

Le proporciona el disfraz de alguien que no es él.

Que es impasible, que es mucho más fuerte. Poderoso.

—Era mejor que yo en todo, no solo en clase, también era mejor como amiga —añade instantes después entre lágrimas—. Mucho mejor. No me habría dejado sola como hice yo, estoy segura. Noa, no —susurra.

No logra apartar de la mente la imagen de Noa cargando con el violín a la salida de su último concierto mientras sonríe y agita la mano en el aire en señal de despedida. Intuye que ya no lo conseguirá nunca, que la cara de su mejor amiga y en ella su media sonrisa tristona, la perseguirá siempre.

—¡Joder! No sé qué hacer, no tenía ni idea.

Decís que yo le gustaba, que ella estaba colgada de mí…

Pero yo no noté nada. Yo llegué aquí el curso pasado y la verdad es que solo hablamos un par de veces y porque nos pusieron en un mismo grupo para hacer alguna chorrada, un puto trabajo en equipo.

Nunca me dirigía la palabra. Ni yo a ella.

Y nunca tuve la sensación de que Noa sintiera nada por mí.

Si lo hubiera sabido… —añade sin la menor idea de lo que hubiera hecho de haberlo sabido.

—Se interrumpe unos instantes y añade—: Lo siento. Lo siento mucho.

Y al hablar baja la mirada y golpea con el pie el suelo de hormigón del patio de recreo.

—Me caía bien. Imaginaba que era adoptada, la había visto alguna vez con su hermano, era evidente, pero no sabía mucho más.

Solo que era muy lista y que le gustaba estudiar.

Y que no era una princesita como algunas de las que circulan por aquí y que esperan que se lo den todo hecho. Pero la verdad es que no la conocía.

Vivi sospecha que se halla entre las compañeras de clase que a Martin le disgustan, las princesitas, pero no dice nada. Quizás en otro momento.

—Pobre Noa. Que mierda de mundo. Espero que cojan pronto a ese cabrón, espero que la poli sirva para algo de una puta vez.

También yo la admiraba. Tenía la cabeza bien amueblada, mucho mejor que algunos profes.

Era mejor que yo en casi todo. ¡Qué gran putada!

—Y al hablar Martin estampa el puño contra el muro.

Descarga así una rabia íntima, infinita.

La misma que siente desde hace años y que poco o nada tiene que ver con el reciente asesinato de su compañera de clase.

Se traga el grito, pero no puede evitar un gesto de dolor.

Desde el centro del patio se alza la voz de una profesora que vigila el patio de recreo y le reprende por su gesto.

Martin baja el puño al tiempo que maldice en voz baja a la humanidad entera en general y a los profesores del Saint Michael’s School y a su régimen policial en particular.

—¡Mierda!

La voz del chico suena a insurrección, como casi siempre, y en su mirada se advierte una disconformidad mezclada con una indiscutible voluntad de marginalidad.

Justo cuando todos los adolescentes desean formar parte del grupo, ser miembros de una tribu, el extravagante Martin Evenson prefiere ir por libre.

Sin llegar a ser un inadaptado, Martin nunca se ha sentido a gusto en el Saint Michael. Demasiada hipocresía.

Su padre lo matriculó sin consulta previa casi dos años atrás cuando consiguió el traslado de Bristol a Barcelona.

Un cambio de destino que había solicitado meses atrás impelido por los delicados hechos en los que su hijo se vio involucrado.

Una huida en toda regla. Por mal que le fueran las cosas, y en aquel momento le iban muy mal, Martin nunca quiso abandonar Inglaterra. Nunca quiso huir.

Patrick Evenson no le preguntó. Martin era menor de edad y no necesitaba su consentimiento.

Simplemente le facilitó la dirección del centro y el grupo al que se incorporaría.

Añadió que era uno de los más caros y más prestigiosos de la ciudad en la creencia de que a mayor precio mayor disciplina y mayor garantía de excelencia y de buenos resultados.

Pertenece al tipo de gente convencida de que el éxito en la vida en una mercancía más, que todo se compra.

—Es una inversión y espero que lo entiendas.

El director te recibirá y te acompañará a clase.

Me lo han recomendado. Dicen que es uno de los mejores.

También espero que aproveches la oportunidad y dejes de meterte en líos.

No quiero pasar más vergüenza. Ya he tenido bastante.

¿Me oyes? No consentiré más… —No acabó la frase, no encontró la palabra oportuna—.

Espero que te comportes como se espera de ti.

Martin, eternamente enfrentado con su padre, apenas tiene amigos en el Saint Michael’s School y entre los profesores se ha labrado fama de contestatario.

Ha hecho cuanto ha podido porque así sea.

No ceja en el empeño. No tiene la menor idea de lo que persigue.

Como tantos chicos de su edad sus metas nunca van más allá del corto plazo.

El profesor de Historia le llama Lenin Evenson y parece convencido de que, tras la enésima repetición en la sala de profesores, el chiste sigue teniendo gracia.

Rowan Thomas, el de la asignatura de Inglés, se refiere a él en las juntas de evaluación como Martin Ever.

Ever, ever, ever repite cuando tiene ocasión.

El que siempre alza la voz, el que siempre protesta, el que siempre disiente.

El verso suelto.

La nota discordante.

Siempre, siempre, siempre.

—No sé, la verdad es que no sé qué decir. Es injusto y siento rabia. Y lamento mucho no haberla conocido mejor.

—No tienes que decir nada. Chantal y yo hemos pensado que ahora podías saberlo. Ya no importa. No puede enfadarse con nosotras ni sentir que la hemos traicionado. La han matado, Martin. Y es tan espantoso… Noa nunca le hizo mal a nadie, puedes estar seguro.

—No se enfadaba ni con sus padres, ¿sabes? No me digas que no es raro. Yo me cabreo día sí y día también.

Martin asiente. Vive en el enfrentamiento continuo.

—Nunca llegaba tarde a casa, ni protestaba ni se peleaba con su hermano que es un incordio, un verdadero plasta. Yo envidiaba sus notas desde que entramos aquí. Todo se le daba bien. También envidiaba que no engordaba nunca.

—En casa no tenía ni una bronca —añade Vivi, que, extraordinariamente consentida, protagoniza a diario agrias reyertas con su madre y sus hermanos por la menor nimiedad—.

Era casi extraño. Irreal. Como de otra dimensión.

No se enfadaba nunca. Creía que no se lo podía permitir y callaba, siempre callaba. Y…

El timbre que marca el final del patio interrumpe las palabras de Viviana Alarcón y levanta un rumor de pasos. Chantal retira las lágrimas con el canto de la mano y sacude la cabeza para alejar el dolor.

Nadie pregunta.

Caminan en dirección a las aulas.

—¿Sabes? Cumplía los quince a final de año. Era la más pequeña de la clase y la más lista —añade Vivi, girándose hacia el chico.

Martin Evenson, que las sigue a cierta distancia, se afloja la corbata un poco más para acentuar su incomodidad.

Acostumbra a ser el último en llegar a clase.

Observa a las tres personas que acaban de entrar en el centro y a Gabriel, el conserje, que ha salido a abrir la puerta exterior y que les sigue ahora a pocos pasos.

El mayor es alto y corpulento, la brisa le revuelve el cabello entrecano y mientras se acerca al edificio principal se peina con los dedos abiertos a modo de rastrillo.

Viste un abrigo oscuro con las solapas levantadas.

Apenas puede verle el rostro, solo distingue unas gafas doradas y una nariz prominente.

Le acompañan dos jóvenes, una mujer que parece sentir mucho frío y un hombre que parece no sentir nada.

El director también ha salido a recibirles.

Se acerca con un trote afectado y algo ridículo a juicio de Martin y estrecha la mano del hombre de más edad a pocos metros del umbral.

Se inclina ligeramente, oficia el recibimiento como si se tratara del mayordomo mayor saludando al propietario del castillo.

Muy Downtown Abbey, piensa Martin y tuerce el gesto con desagrado.

No es la primera vez que los recién llegados pisan el centro. Si no recuerda mal, el lunes se los cruzó en algún pasillo.

Martin sabe que son policías y que investigan el asesinato de Noa. Su relación, breve pero intensa, con la policía británica explica que prefiera desaparecer cuanto antes en el edificio escolar.