Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Bel
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—Solo tengo unos minutos, he de estar dentro de un cuarto de hora en el Palau Robert, inauguran una exposición y asisten las autoridades.

No sé ni de qué va, ya me enteraré —se disculpa mientras deja sobre una silla el estuche con la cámara que lleva a todas partes y se sienta frente a Clara de espaldas al gran ventanal.

Lo hace con un suspiro que no es de pesar, a Clara le parece casi de alivio.

Con ella se instala en la mesa el ojo del huracán, el espacio de absoluta calma rodeado de la peor de las vorágines.

—Tengo un día de locos… —añade, y se frota las manos al hablar para que entren en calor.

—Es Noa. Te lo dije. Tuve un presentimiento. Supe que había muerto. Es su cadáver el que han encontrado en un parque. ¿No lo has leído?

Clara le tiende el móvil y a la joven fotógrafa se le ensombrece el rostro.

Conoce el parque. Ha estado en varias ocasiones fotografiando la casa señorial, el Palau de Can Mercader, propiedad de unos condes que vieron cómo se volatilizaba su fortuna en pocos años.

También ha fotografiado los trenes en miniatura que durante las mañanas de los días festivos recorren el parque arrastrando a familias enteras sobre los vagones y un mercado de frutas, verduras y hortalizas que se instala en la entrada todos los domingos.

Un intento de estimular el consumo de proximidad.

—Lo he recibido justo antes de comer y no puedo dejar de pensar en la pobre criatura —asegura Clara con la voz temblorosa—. Era una criatura, Bel, una criatura. Y hablé con ella el viernes, el día que desapareció.

Bel resigue con la mirada la pieza de Sara Bascones que sigue en pantalla. Cabecea al leer como hacen algunos niños. No puede evitarlo. Mientras tanto, Clara repasa sus labios en arco de cupido y se demora en el leve repunte de su nariz.

—¿La conocías bien? —pregunta al levantar la vista.

Clara Dalmau asiente.

—Creo que sí y no dejo de pensar en ella. Estuvimos hablando más de media hora. No dejo de darle vueltas a nuestra conversación. Todo me pareció normal. Sabía cómo era, la conocía…

Clara se interrumpe y mira la calle a través del ventanal.

—No dejo de pensar que quizás dijo alguna cosa y no… Quizás hubo algún detalle que se me escapó, alguna pista de lo que podía pasar, algo que yo debería haber detectado. Para eso me pagan, ¿sabes? Para ver lo que los demás no ven.

—No sabes cuánto lo siento —comenta Bel mientras retira de su cuello la bufanda negra de la que no se desprende en todo el invierno.

Clara sabe que el negro favorece a su piel muy blanca y que contrasta bien con sus labios siempre pintados de rojo.

Un rojo muy oscuro que a Clara le recuerda los pétalos de algunas rosas, de las más bellas.

Tampoco ignora que es una mujer que resultaría atractiva sin necesidad de invertir en ello el menor esfuerzo.

No hay mejor tratamiento de belleza que una gran sonrisa, había leído una vez.

Bel no necesita ni sonreír.

—Me la envió su tutora. Estaba preocupada por ella.

Tenía pocos amigos y se entristecía si sus resultados no eran los que esperaba.

Era una chica especial, era… No sé cómo decirlo.

Era un encanto. En todos los sentidos. Muy menuda, una adolescente china de apariencia delicada y lista y rápida como un rayo.

Lo pasaba mal, era adoptada, tenía miedos, infundados, pero miedos que la hacían sufrir.

La trajeron aquí con tres años. Creo que te hablé de ella en algún momento.

Bel se encoge de hombros y frunce los labios en un mohín que a Clara le parece adorable.

—Quizás sí. No lo recuerdo. En todo caso no sabes cómo lo lamento. Nadie merece morir así, y menos una criatura.

—Sentía miedo de defraudar a sus padres, no quería contrariarlos ni causarles el menor disgusto.

Tenía la sensación de que el cariño que sentían por ella podía esfumarse en cualquier momento, por eso no podía decepcionarlos.

Intentaba ser la mejor en todo. Vivir con la familia que la había adoptado era para ella como un regalo que te pueden arrebatar si dejas de merecerlo.

Lo he visto otras veces, pero lo de Noa era…

—Pobre. Y pobres padres —susurra la fotógrafa—. Espero que cojan pronto al malnacido que ha hecho algo así. Morir tan joven y de esa manera.

Y hay un rastro de rabia en sus palabras y en sus gestos. Dolor y rabia es lo que suscita siempre la muerte temprana. También Clara los experimenta. Asiente.

Un camarero muy joven deposita taza y tetera sobre la mesa y, con las manos a la espalda, como si se encontrara en un desfile militar, pregunta:

—¿Alguna cosa más?

Bel niega con esa sonrisa fácil capaz de hacer que se desvanezca cualquier penalidad. Una sonrisa que Clara le envidia desde que la conoció y que atribuye a su buen temperamento y a un encanto natural que considera irresistible.

—Era muy tímida y tenía una piel perfecta, como de muñeca. Te habría gustado —prosigue Clara—. Te hubiera gustado retratarla.

—Seguro que sí.

Clara se inclina sobre la mesa para acercarse a su amiga y baja la voz.

—No conozco todos los detalles, no han trascendido todavía y espero que no lleguen a hacerse públicos.

Creo que estaba completamente desnuda y cubierta de sangre sentada en un banco en mitad del parque con las piernas separadas.

Es atroz. Horrible. ¿Quién puede hacerle algo así a una criatura de catorce años? ¿Cómo se puede estar tan loco?

Bel cierra los ojos y frunce los labios en una mueca de duelo antes de añadir en un susurro:

—Un cabrón, Clara, un resentido, un pervertido. Un malnacido. No tiene otra explicación. No hay perdón para algo así.

La fotógrafa se lleva la taza de té a los labios con un gesto delicado.

Clara adora cada movimiento, cada ademán. Le satisface saber que, a su manera, Bel comparte su duelo. El té está caliente. Reconforta. Bel suspira, cierra los ojos y sonríe.

—Sí, tú lo has dicho, un loco. Un cabrón, un…

¿Un resentido? ¿Un resentido con la vida?

—Clara analiza la posibilidad—. Imposible.

No puede haber alguien resentido con Noa hasta ese punto.

Imposible. Desde luego, alguien que no tiene perdón.

No puede haber perdón para algo así. —A Clara se le acaban las palabras y se interrumpe unos instantes antes de proseguir en voz baja—: Pasado mañana organizaremos un acto en recuerdo de Noa, será algo no muy largo, íntimo.

Acabo de saberlo, el director nos ha enviado un mensaje.

Está que trina. Algo así, a la salida del centro y justo al acabar una actividad…

No es bueno para nadie, pero para un centro privado es fatal.

Además, está el miedo. El miedo es difícil de gestionar —añade, y al acabar de hablar advierte que detesta la palabra «gestionar».

Últimamente solo se habla de gestión, gestión del aula, de la salud, del tráfico, de las relaciones personales…

Bel escucha y asiente, se apodera de la taza y esta vez apura su contenido. Permanecen en silencio unos instantes.

—Tengo que irme —se disculpa. Y une las palmas de las manos como si implorara—. Lo siento mucho. Me esperan.

—No te preocupes. Solo necesitaba hablar contigo un momento. Albert no entiende que le vueltas a la cabeza. No comprende que me preocupa haber pasado algo por alto.

Bel Ibáñez recupera abrigo y bufanda y antes de ponerse en pie acaricia la mano que descansa sobre la mesa. Es una forma de consuelo, pero es algo más. Mucho más. Clara se estremece.

—Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?

Clara Dalmau asiente.

Acto seguido la joven fotógrafa atraviesa la concurrida cafetería y sale a la calle.

A través de la cristalera Clara contempla cómo su joven amante se enrosca la bufanda al cuello.

Bel parece intuir que la está mirando. Se gira y la saluda frunciendo los labios a modo de beso a distancia.

Adelanta una mano para explicarle que ha comenzado a llover y simula que tirita. Le encanta hacer gestos, sobreactuar.

Clara ríe mientras Bel desaparece de su vista al doblar una esquina. Le sorprende comprobar que la noche se ha derramado ya sobre la ciudad. El tiempo se escapa como arena entre los dedos cuando están juntas.

Sigue sentada durante un buen rato.

Apura los minutos antes de regresar a casa.