Aitana
Los trámites del reconocimiento lo han mantenido ocupado durante un rato. Tedesco intenta agilizarlos cuanto puede, aun así, Víctor Renom ha tardado casi una hora en quedar libre. El policía le ha ofrecido un coche policial, ignora que el padre de Noa no siente el menor deseo de llegar a casa.
Víctor ha aceptado con un gesto, está demasiado afectado como para pensar por sí mismo. Le ha pedido un tiempo a solas.
—Necesito tranquilizarme. No puedo…
—Desde luego. Le esperará en la entrada el tiempo que haga falta. No se preocupe. Yo regreso a comisaría.
Los periodistas siguen montando guardia cuando, superado el mediodía, un automóvil no logotipado acerca a Víctor hasta su casa.
Ha trascendido la noticia de la identificación y esperan poder capturar unas lágrimas, unas palabras clamando venganza, un gesto de dolor o un rostro desencajado.
Algo, cualquier cosa que llevar a media tarde a las pantallas de los televisores y que se repetirá sin escrúpulos durante horas.
Carnaza para ociosos. Pura carroña. Todos pretenden conseguir unos planos, cuanto más cercanos mejor, de la llegada a su domicilio del padre desolado de la chica asesinada.
Víctor baja la mirada, camina con la vista en el sendero entre parterres que acaba en el portal.
Intenta no escuchar el nombre de su hija en labios de los paparazzi.
No lo logra. Aprieta los puños, encaja las mandíbulas.
Está tan tenso que se siente capaz de cualquier cosa.
Consigue no responder con violencia a la chica que le sale al paso y le impide avanzar.
La empuja al pasar. Ni quiere ni puede evitarlo.
La joven protesta airada. Víctor gruñe algo incomprensible. Un par de teléfonos móviles captan la escena. Ya tienen lo que esperaban. Por lo que puede comprender los reporteros ya saben que el cadáver pertenece a Noa. No entiende cómo, pero lo saben.
César ha visto estacionar el vehículo de la policía y se apresura a abrirle la puerta de acceso al edificio para que escape al acoso cuanto antes.
Está tan harto de tener a la prensa justo del otro lado del ventanal que se le acelera el corazón si siguen allí al levantar la mirada del sudoku y le hierve la sangre cuando algún vecino abre la puerta y llega hasta su mesa el rumor de sus voces.
Si el cerco dura mucho acabará por enfermar.
Un daño colateral. No será el único. Cuenta los días que le faltan para jubilarse.
Conoce las horas que le quedan por pasar en la jaula de cristal y va descontando.
Víctor agradece el gesto y lo hace sin palabras y con los ojos colmados de lágrimas que intenta retener.
El veterano conserje no sabe qué decirle a un hombre que acaba de perder a su hija de una manera tan cruel.
También él ha leído ya la noticia en la publicación digital.
Noa, la chinita, era una de las chicas más educadas de todo el edificio.
Siempre tenía unas palabras de saludo, una sonrisa.
Nunca una mala cara o un hacer oídos sordos a una recomendación. Nunca una mirada de desdén. Nunca.
César calla.
El rostro lloroso de Gladys al abrirle la puerta responde a la pregunta que no llega a formular. La noticia ha llegado hasta su casa. Aitana también lo sabe. Experimenta cierto alivio. Prefiere no tener que pronunciar las palabras más terribles que puede imaginar.
—No sabe cuánto lo siento —susurra Gladys, que no se ha atrevido a marcharse y dejar sola a Aitana.
Minerva, en la cocina, se ha acercado a la puerta. Escucha, intenta oír la voz de Víctor. No se atreve a mirar. Le horroriza pensar en lo que acaba de leer en el móvil que su madre ha dejado junto al frutero.
Víctor cabecea en señal de asentimiento. No puede hablar sin derrumbarse por eso no despega los labios y, en silencio, abraza a Gladys. Ambos lo necesitan.
Cuando de separan, Gladys se anticipa a sus preguntas mientras retira las lágrimas.
Víctor no esconde su rostro arrasado.
—La señora lo sabe. Lo ha leído en el móvil. Volvía a llamar a los hospitales y entonces… No he podido… No… —La asistenta habla a ráfagas.
Víctor no llega a saber qué es lo que Gladys no ha podido hacer.
—Su amigo, el señor Ricard, el médico, ¿sabe?
Víctor asiente.
—Acaba de irse. Ha venido en cuanto… Le ha dado un calmante. O un sedante. No sé… Acaba de irse. Me ha dicho que si necesitan cualquier cosa… —Mientras habla, Gladys se frota las manos, no sabe estar quieta.
—¿Lo ha llamado mi mujer? —pregunta sorprendido por la rapidez con la que vuelan las malas noticias.
—No lo sé, creo que no. Creo que ha venido en cuanto ha sabido que…
—Ya.
No quiere oírlo, no puede oírlo. La muerte de Noa será mucho más real si sale de labios ajenos.
Se acerca a la habitación, abre la puerta. Aitana está tendida en la cama, arropada. El cabello le cubre el rostro. Víctor diría que duerme. No piensa averiguarlo. No se tumbará junto a ella, ni la abrazará. No sabría qué decirle.
Sabe que debería aliviar su culpa, sería justo hablar con ella, intentar tranquilizarla, explicar lo que ocurrió algunos años antes de conocerla. Hablarle del origen remoto del mal, del peor de sus recuerdos, de su episodio más oscuro.
Debería sincerarse y explicarle el porqué de la rata de cuerda, de los cortes por los que escapó la sangre de Noa, de sus dedos sujetando el aire. Pero ¿cómo explicarle que la muerte de Noa está relacionada con su pasado?
No puede. No se atreve. Sería como asumir una culpa que no podrá soportar.
Se siente miserable y cobarde. También él es una rata, una rata de alcantarilla de las que repugnan porque pasan la vida chapoteando en el lodo.
Cierra de nuevo la puerta de la habitación que comparten y lo hace muy despacio.
Se dirige al despacho y se deja caer en un sillón.
Cierra los ojos y abandona los brazos. Intenta relajarse.
Imposible. Con los ojos cerrados sigue viendo el cadáver de Noa.
Puede distinguir cada uno de los cortes, sus ojos entreabiertos, como si quisiera seguir viendo, mirando, viviendo.
Recuerda el flequillo que se abre y cuelga a ambos lados de su cabeza dejando la pálida frente al descubierto, sus dedos…
Imagina el resto de su vida marcado por el persistente recuerdo de Noa tendida en una camilla.
Muerta.
Una vida que no quiere vivir.
Aitana no duerme. Ha oído a Víctor hablar con Gladys.
Ha podido distinguir sus sollozos junto a la puerta de la habitación y a través de un resquicio entre sus párpados ha visto la silueta de su marido en el umbral.
Ha reconocido la devastación en su rostro, incluso ha creído ver que sus manos temblaban, que todo él temblaba.
Quizás de ira. O de odio. Imagina que la aborrece, que la detesta, que la responsabiliza de la muerte de Noa.
Se pregunta cómo volverá a mirar a Víctor a los ojos, cómo le explicará a Raúl que Noa no regresará, como encarará los comentarios y las manifestaciones de pésame.
¿Cómo afrontará la pérdida de su hija?
¿Cómo sobrevivirá a tanto dolor?
Tampoco ella quiere que Víctor se acerque.
No puede enfrentar la mirada de su marido, como se defenderá de sus reproches.
No puede asumir en solitario tanta culpa como carga sobre los hombros desde la noche en la que Noa desapareció.
Tampoco le quedan lágrimas. Solo dolor y culpa.
Una demoledora sensación de culpa. Por eso permanece muy quieta mientras él la contempla desde el umbral. Por eso no se mueve y aparenta dormir.
Conserva entre los dedos el blíster con los calmantes que le ha proporcionado Ricard. ¡Bendito sea! Siempre cerca, muy cerca. Demasiado cerca, quizás. No siempre es oportuno, Ricard, el rostro amable, el que siempre sabe perdonar, el que encuentra tiempo para todo, el que consuela.
Saca una pastilla, después otra, las necesita para dejar pasar las horas, para que no le pesen como una losa sobre las costillas. Recuerda que en la mesita de noche Gladys ha dejado un vaso de agua.
Una más.
Las ingiere y cierra los ojos.
Dormir debe de parecerse a la muerte, piensa.
Prefiere pensar que Noa duerme.