Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Brufau
34%

Brufau

La consulta de Ricard Solé no está lejos de su domicilio.

Es su mejor amigo desde que Víctor puede recordar.

Ambos entraron juntos en los salesianos de Rocafort y se enfrentaron juntos al día a día en un centro escolar que solo aceptaba hombres.

Ninguno de ellos tuvo graves problemas, pero contar con el otro de manera incondicional supuso en todo momento un gran alivio.

Ricard sabe lo que pasó cuando ambos eran muy jóvenes, también cómo pasó y qué consecuencias tuvo.

No hay secretos entre ambos. Al menos es lo que Víctor quiere creer, que no los hay.

Confianza ciega. Lealtad. Es lo que siente y es lo que espera.

Por ello ha pensado utilizar uno de los despachos del consultorio del que su amigo es propietario.

Le ha bastado una llamada a su enfermera para obtener el permiso de Ricard y poder ocupar durante unos minutos una de las piezas vacías.

Conduce todavía el coche de Aitana. En caso de que la policía consiga seguirlo no cree que una aparente visita médica levante sospechas.

Siempre puede alegar que necesitaba algún fármaco para la ansiedad.

Solo sería mentir a medias. Por otra parte, cuenta con la complicidad de Ricard que al ser avisado de su llegada abandona unos instantes a la paciente que estaba a punto de auscultar y abraza a su amigo.

No hace preguntas. También él confía a ciegas en su mejor amigo. Si Víctor tuviera noticias sería uno de los primeros en saberlo.

—¿Cómo está Aitana?

—Igual. Destrozada.

—Ya sabes, lo que necesites. Si puedo hacer algo, solo tienes que decírmelo. —Y al hablar Ricard Solé sigue sujetando la mano de su amigo—. Y a ti no te vendría mal descansar unas horas.

Sin palabras Víctor agradece el gesto y el ofrecimiento.

Lo sabe, sabe que siempre puede contar con él.

En cualquier momento, en la peor circunstancia.

Se encoge de hombros y calla, hace días que apenas abre la boca, sabe que si lo hace no podrá evitar las lágrimas.

Por eso se limita a bajar la cabeza y a apartarse.

Una enfermera lo conduce al despacho sin pasar por la sala de espera.

Por su aspecto mejor que no la pise, piensa.

Mientras la sigue, las lágrimas retenidas le queman al filo de los párpados.

Segundos después, a solas en el despacho vacío, se apresura a retirarlas con el puño de la camisa.

La persona a la que espera no tardará en llegar y Víctor aguarda mientras observa la calle desde la ventana.

No tarda en ver cómo cruza la calle con las manos en los bolsillos y aprovechando la distancia entre dos coches.

No entiende de semáforos. Las normas no le conciernen.

Víctor se aparta de la ventana y se sienta en el lugar que ocuparía el facultativo.

Apenas pasan unos segundos antes de que la enfermera acompañe al recién llegado que toma asiento frente a él.

La mujer se retira tras comprobar que, efectivamente, una diminuta calavera plateada cuelga del lóbulo de su oreja izquierda.

—¡Joder! Hace un frío de cojones —murmura mientras patalea como para calentar la planta de los pies.

Instantes después, y sin dejar de mascullar imprecaciones, se desprende del anorak de camuflaje y tira del gorro negro que protege su calva con tanto brío que parece a punto de arrancarse la cabeza. Ambas prendas parecen recién acabadas de sacar de un contenedor y huelen igual.

Sin preámbulos innecesarios Víctor le habla de las personas a las que debe localizar.

En ellas recaen sus sospechas. Su visitante, atónito, saca un paquete de cigarrillos y se dispone a encender uno.

Tiene los incisivos amarillentos y tan separados que bien podría encajar el pitillo en el agujero abierto entre ambos.

También amarillean sus córneas y el bigote que apunta en el labio superior.

Víctor niega con un gesto:

—Aquí no se fuma.

Pere Brufau, otro de los alumnos con los que Ricard y él coincidieron en el centro religioso durante años, se revuelve en la silla antes de guardar el paquete en el bolsillo trasero del pantalón.

—¿Y puedo respirar? ¡Joder! ¿Qué más piensas prohibir? Hasta los huevos de tanto soplagaitas.

Víctor aparenta no haber oído nada. Observa que Brufau no se ha afeitado y, a juzgar por sus ojos legañosos, tampoco se ha lavado la cara.

A Víctor le sorprende su barba que nace ya casi completamente blanca, su piel salpicada de manchas que delatan las muchas horas pasadas a la intemperie y su nariz enrojecida en la que se distinguen los capilares azulados.

Comprueba que el tiempo ha pasado para todos, también para los que se mueven en los márgenes.

Sobre todo, para los que se mueven en los márgenes.

—Ya no recordaba cómo sois los niños pijos —protesta el hijo de una de las familias que años atrás se contaba entre las más poderosas de la ciudad.

Una familia que matriculó en el centro religioso más cercano a su domicilio a todos sus vástagos varones.

Y eran cuatro. El padre, Emili Brufau, un empresario del textil venido a menos con el ímpetu imparable de la globalización, hace años que no dirige la palabra a su hijo menor, su oveja negra.

Todas las familias tienen una y en la mía nadie quería el papel, por eso me tocó a mí, aseguraba Pere Brufau a todo aquel que permanecía a su lado el tiempo suficiente para oírlo apostatar y renegar de Dios-Padre todopoderoso, su progenitor, Emili Brufau.

—No sé qué mierda os creéis porque tenéis dinero.

Esto es un asco, ¿sabes? Y tú un hipócrita.

Y tu amigo el médico, otro. ¿Por qué no voy a poder fumar?

Él bien que fuma y no le hace ascos a casi nada.

Yo puedo remover la mierda para ti, eso sí puedo hacerlo.

Porque eso es lo que quieres, por eso estoy aquí, para bajar al barro.

Pero no puedo quemar un piti. ¡Hay que joderse!

Su voz es mucho más áspera de lo que Víctor recuerda y emerge entre sus dientes casi a trompicones como por un desfiladero.

—Calla y escucha —ordena Víctor.

Pere obedece de mala gana y adelanta el culo en la silla mientras echa el cuerpo hacia atrás como si estuviera en su casa. Parece a punto de poner los pies sobre la mesa. Es su manera de demostrar rebeldía. No lo hace.

—¿Has leído las noticias? ¿Sabes algo de lo que nos ha pasado? —pregunta su interlocutor, ignorando su desdeñosa actitud.

Niega con un gesto. Aprieta el ceño y los labios, parece enfurruñado. Lo está.

—Paso de noticias.

Tamborilea con los dedos sobre el brazo de la silla.

Víctor resume lo ocurrido hasta el momento. No entra en detalles, pero le habla del juguete de cuerda en forma de rata que se ralentizó hasta morir a sus pies. Se detiene y suspira. Es un suspiro prolongado. Pere ha enderezado la postura y su mano derecha se detiene en el aire. Parece perplejo.

—Te dice algo, ¿verdad?

—No sé qué coño pinto yo en todo esto. Se han llevado a tu hija, lo siento, es una putada, desde luego. No te lo discutiré. Hay que ser muy cabrón, pero no he sido yo. No tengo nada que ver.

—Me lo debes. Quiero que los localices cuanto antes, mejor hoy que mañana. ¿Me oyes? Me lo debes. Una rata. ¿Me has oído? Una rata.

Pere asiente. Ha perdido facultades, pero no hasta el punto de olvidar lo sucedido.

—Pero… ¿Y yo cómo…?

—Sabes dónde vivían. Pregunta, investiga, ¡Muévete, joder!… Cúrratelo. Recuerda, estás en esto tanto como yo.

—Vamos, anda. No me jodas. Es tu hija, no la mía. Seguro que es una joya y guapa a rabiar, pero ni la conozco. Entiendo que estés encabronado, cualquiera en tu lugar… Lo juro. Lo entiendo. Pero yo no pienso…

—Calla. No tienes ni idea de lo que es estar en mi lugar. Y a mi hija ni la nombres.

—Venga, hombre. ¿Hace un peta? —Y Brufau se palpa el bolsillo trasero—. Te vendrá bien, te relajará. Un peta no es un pitillo. ¿Recuerdas? Tú nunca tenías un no. Ni tú ni tu colega.

Saca un canuto muy fino y se lo planta ante los ojos. Con los ojos en llamas Víctor se lo arranca de entre los dedos de un manotazo.

—Haz lo que tengas hacer, pero encuentra a la familia. ¿Me oyes? Y pronto.

—¿Y si no puedo? —pregunta el aludido mientras lo recoge del suelo como si se tratara de una joya heredada de sus ancestros y lo vuelve a guardar en el bolsillo interior del anorak.

—Encuéntralos —le interrumpe—. No quiero excusas.

No te conviene fallarme. Lo haría yo mismo, pero no puedo.

La policía controla mi teléfono, sigue mis movimientos…

Saben todo lo que hago. Llámame a este número cuando tengas alguna cosa Y espero que sea pronto.

Recuerda, estás en esto tanto como yo. Si lo miras bien, mucho más que yo.

Le tiende un papel con un número anotado y saca de su cartera uno de los dos móviles adquiridos horas antes.

—Olvida el tuyo. Utiliza este móvil para llamarme y siempre al número que acabo de darte. ¿Me oyes? A ningún otro.

—Pero… No es tan fácil. Yo nunca he hecho algo así. Yo solo… No sé si podré… No soy el que era. Yo…

—Tú siempre has sido un inútil. Un inútil y un cretino. Un gilipollas. Ahora y antes, siempre. Pero sabes buscarte la vida, por eso estás aquí.

Víctor se levanta, se acerca a él. Hincando el índice a la altura de su esternón, añade:

—No confío en ti. Hace años que apenas nos vemos y cuando esto acabe no volverás a saber de mí. Pero me consta que sabes moverte. Estoy convencido de que puedes hacerlo. Tienes mucho que perder. Y me lo debes.

Sus palabras suenan a amenaza. Y lo son. Es su manera de dar por acabada la conversación.

—¿Y no podrías adelantarme algo para gastos? —murmura Brufau que se pone en pie con un gruñido.

Antes de que pueda responder suena el móvil y Víctor Renom se apresura a atender la llamada que procede de la Comisaría de Les Corts. Hace días que vive pendiente del teléfono.

—Sí, soy yo.

Escucha la voz de una mujer que le pasa de inmediato con el inspector Mauricio Tedesco. A Víctor se le descompone el rostro y se ve obligado a apoyarse en la mesa de la consulta para no caer.

—¿Quiere decir que…?

Brufau no logra entender el final de la frase. Espera que su intervención no sea necesaria. Se equivoca.

Víctor respira con dificultad. No acierta a hablar, casi no puede sostener el móvil entre los dedos. Siente que le fallan las piernas y que puede desplomarse en cualquier momento. Se sienta de nuevo.

—No, no llamen a mi esposa. Yo lo haré. Estaré allí enseguida —promete con una voz apenas audible—. No, no necesito ningún coche. Sí, sí, lo haré.

Por el rostro desencajado del que fuera su amigo y porque este sigue sentado y con los ojos cerrados, temblando, Pere Brufau comprende que no es un buen momento para insistir en el pago de un adelanto.

Tocan a retirada.

Se encaja el gorro, recupera el anorak más apropiado para participar en una misión militar y guarda el teléfono móvil y el número que Víctor acaba de facilitarle. Sin dejar de renegar en voz baja palpa los bolsillos para comprobar que conserva el paquete de tabaco.

—¡Joder! ¡Serán hijos de puta! —murmura sin concretar mientras se dirige a la puerta.

A su juicio la humanidad entera, empezando por su familia más cercana, está integrada por una legión de cabrones hijos de puta que no tiene más propósito que amargarle la vida. Una conspiración universal para joderle vivo.

—Cuanto antes. ¿Me oyes? Cuanto antes. Haz lo que haga falta. Y si has de pagar por la información, llámame. Pagaré lo que sea —escucha a su espalda cuando está a punto de atravesar el umbral y desaparecer camino de la calle—. Lo que sea.

* * *

Víctor no aguarda para despedirse de Ricard, no soportaría la compasión en su mirada ni sus palabras de consuelo.

No hay consuelo. Apenas acierta a hacerle un gesto de despedida a la enfermera que le sale al paso y le abre la puerta que conduce al rellano y en él al ascensor.

No encuentra las palabras. Invierte todo su esfuerzo en reunir el valor para salir de allí.

Esperaba lo peor y lo peor acaba de atraparle y hundirle como la nave alcanzada por un torpedo en la línea de flotación.

Tedesco le ha pedido que identifique el cadáver.

Sospecha que el cuerpo hallado en el parque pertenece a Noa.

Así se lo ha dicho el policía a pesar de que no tiene al respecto la menor duda.

También le ha ofrecido enviarle un coche policial.

Se ha negado. Nada desea menos que la compañía.

Tampoco ha aceptado que avisen a su esposa.

Hace días que la rehúye, no soporta su proximidad. Prefiere hacerlo a solas.

Cuando pisa la calle comprueba que Pere ha desaparecido. El cielo es del mismo color que las aceras y caen ya las primeras gotas de lo que promete ser un aguacero.

Mientras espera que pase un taxi libre, advierte el olor que se eleva desde un parterre cercano, el olor de cuyo nombre le habló Noa pocos días antes de desaparecer. Un olor cuya denominación Víctor ignoraba. Noa acababa de aprenderlo: petricor.

Le gustaba la palabra, jugaba con ella, la repitió muchas veces: petricor, petricor, petricor. Recuerda haber sonreído al verla satisfecha.

El olor que levantan las primeras gotas al estrellarse contra la tierra.

El preferido de Noa.