Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Tedesco
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Cuando la llamada ha llegado a comisaría y segundos después Lidia se ha materializado en la puerta del despacho con los ojos brillantes y la cara desencajada, el inspector pensaba en NOA.

No en la niña desaparecida, sino en la abreviatura que había leído semanas atrás en una novela y que hacía referencia a la «noche oscura del alma», NOA.

Sin hache. La acaba de recordar y no se la quita de la cabeza.

Habla de aquellos momentos en los que los creyentes se ven devorados por las dudas, sumidos en la confusión y extraordinariamente frágiles en sus convicciones.

También él, sin ser creyente, ha pasado una «noche oscura» y larga.

—Han encontrado un cadáver. En un parque. Podría ser ella.

No habían obtenido ningún nuevo indicio de la visita a la agencia de mensajería.

La joven que atendía el mostrador de entrada de paquetería aseguró que el envío lo había efectuado un taxista.

Al parecer una mujer joven se había acercado a la parada, llegaba tarde a una visita médica y había pagado al taxista por entregar el paquete en la agencia.

—No, no es necesario. Me lo pidió por favor una mujer que parecía muy apurada.

Tenía una visita médica por un asunto de gravedad y no tenía tiempo de venir hasta aquí.

No pregunté. No me dio su nombre. Imagino que alguien espera el paquete con urgencia —aseguró el taxista cuando la recepcionista le preguntó si quería hacer constar el remitente en el dorso—.

Y no me extraña, hace tres meses que espero una resonancia.

Cualquiera se la juega. Además, me ha pagado más de lo que le hubiera cobrado por la carrera.

El hombre ignoraba quien enviaba el paquete y no le importaba lo más mínimo.

Le explicó que, tal y como andaban las cosas, no había podido desdeñar un viaje.

Pagó el valor estimado de la carrera a tocateja.

Cobró bien y por adelantado tanto la carrera como el envío.

Entregó el paquete tal y como había prometido y regresó de vacío a la parada. Había cumplido.

La joven que registró la entrada del diminuto paquete no insistió.

No pudo facilitar a los agentes datos de interés que permitieran identificar al taxista, la descripción fue vaga y podía corresponder a la mitad de los taxistas en activo.

Tampoco pudo facilitarles las imágenes capturadas por la cámara a la entrada de la agencia puesto que llevaba semanas sin funcionar.

Un nuevo callejón sin salida y un único dato: la implicación de una mujer.

Era bien poco.

* * *

Apenas tardan unos minutos en llegar a Can Mercader, muy pocos kilómetros separan el parque del Área Metropolitana de la ciudad de Barcelona.

Por una vez el viejo policía no ha protestado cuando, en la Ronda de Dalt, Lidia ha conectado sirena y girofaro.

Detesta los espectáculos gratuitos de luz y sonido con los que demasiado a menudo la policía obsequia a los paseantes.

En esta ocasión también él siente prisa por comprobar si se trata de Noa Renom y desea con toda su alma, si es que posee algo parecido, que la muerta no sea ella.

Atraviesan sin detenerse el cerco de mirones varado en la entrada.

Para su disgusto del inspector distingue ya algún reportero.

Siguen la dirección que les indica uno de los agentes destinados a hacer de parapeto.

Desde lejos Tedesco advierte la presencia del forense y de la jueza que ha de ordenar el levantamiento del cadáver. Tuerce el gesto.

—¡Mierda! —susurra, y acompaña su reniego de un resoplido que eleva una nube de aliento en dirección a un cielo que se ha encapotado en pocos minutos, como si alguien hubiera encajado sobre las cabezas la tapa de un gran cubo de basura.

La lluvia, que parece inminente, es una complicación más. Un mal asunto.

El forense es un individuo intratable con el que el policía ha tenido algo más que unas palabras.

Se detestan. Ambos lo saben y hace tiempo que dejaron de disimular.

El policía tendrá que esperar unos días hasta que Dionisio Velázquez haya emitido el informe.

No habrá hipótesis previas ni tan siquiera algún comentario relevante.

A Velázquez la investigación le importa una mierda y así se lo ha hecho constar en más de una ocasión.

La jueza Rubio, por el contrario, es una mujer afable, dotada de sentido común y de los ojos oscuros más vivos que el policía recuerda haber visto nunca.

—Pueden llevárselo —ordena Eulalia Rubio mientras con una sonrisa saluda al policía y a los agentes que le acompañan. Y, casi en un susurro, añade—: He visto muchas cosas, pero nunca algo así. Tan salvaje. Es… es… Es una carnicería. Y juraría que es la chica que están buscando.

Y tirita de frío mientras se despide y se aleja a buen paso en dirección al coche que la devolverá a la Ciutat de la Justícia.

Tedesco apenas puede contemplar el cadáver unos segundos antes de que los sanitarios lo cubran y lo retiren.

Más allá de la sangre, a pesar de ella, ha podido advertir la mirada de Noa en dirección al cielo y su boca entreabierta.

El cadáver pasará unos días en el Institut de Medicina Legal y solo cuando haya sido entregado el informe de la autopsia la familia podrá proceder a despedirse como mejor considere.

Tampoco él ha visto jamás algo parecido.

No le cabe la menor duda de que el cuerpo completamente ensangrentado que introducen ya en una bolsa negra en la que cabrían varios cuerpos como el suyo, es el de Noa Renom.

La estatura, la complexión, el cabello, la edad aproximada, el origen asiático… Todo encaja.

El inspector maldice interiormente al cabrón que ha hecho algo así.

Ha podido distinguir cortes como grandes ojales en sus brazos, en sus pechos, en su rostro.

Decenas de cortes por los que se ha escapado la vida y todos ellos en la parte superior de su cuerpo.

Observa que la sangre ha recorrido los brazos hasta alcanzar las manos y desde su tórax ha llegado hasta su vientre y ha alcanzado las piernas que su asesino ha separado como si el cadáver se dispusiera a recibir a un amante.

Le llama la atención que los dedos estén cerrados formando un círculo sobre sus muslos, como si sostuvieran alguna cosa.

También le sorprende que el cadáver esté sentado en el extremo izquierdo del banco y no en el centro del mismo.

Nada parece haber sido dejado al azar por el ser abyecto, por el criminal que ha asesinado a Noa.

Solo puede ver el cuerpo unos segundos antes de que desaparezca en la ambulancia, necesitará estudiar las fotografías. Se le revuelve el estómago de pensar en ellas, en las imágenes que revelarán en detalle la disposición y el estado del cuerpo.

Maldice y da la espalda a la camilla en la que se aleja ya la chica muerta. Sobre las lamas del banco queda parte de su silueta recortada en sangre.

Tedesco echa una ojeada a los alrededores.

Son tantas las pisadas que de bien poco servirá analizarlas.

Advierte la presencia de múltiples roderas en las proximidades, un verdadero berenjenal.

Sabe que pueden pertenecer a cochecitos de niño, a sillas de ruedas o a las carretillas de los jardineros que trabajan en el parque.

Incluso a los carros de la compra de las mujeres que cruzan el parque camino del popular mercado de Sant Ildefons.

El cuerpo de Noa es liviano, probablemente habrá bastado con la fuerza de unos brazos, pero no puede descartar algún medio de transporte.

También es posible que puedan encontrar alguna pista en las posibles imágenes, aunque duda que las cámaras cubran todos los accesos posibles a un parque de grandes dimensiones, con diversas entradas y circundado en su mayor parte por un muro bajo que no supone ningún obstáculo.

No se hace ilusiones. De haberlas, las imágenes no siempre sirven de gran cosa.

Basta con que el delincuente tome precauciones.

Una visera, unas gafas de sol, una bufanda en torno a la boca, una peluca…

Siente tanta rabia que si tuviera delante al responsable del asesinato podría acabar con él con sus propias manos.

Iván ha registrado la escena sin pestañear, como si la escaneara. Imperturbable, como la esfinge a la que tanto recuerda. Ni un gesto, ni la más leve mueca. Como si el dolor no le alcanzara, como si fuera inmune.

Lidia, algo más alejada, entorna los ojos para apartar el horror y lanza un par de patadas que levantan la tierra de uno de los senderos.

Velázquez, el forense que cierra su maleta para retirarse, la mira como si acabara de cometer un pecado mortal.

La agente lo conoce. No se disculpa, se encuentra más allá del perímetro del escenario. Que le den, piensa.

Un retén de policía custodiará el banco y sus alrededores hasta que la científica acabe de fotografiar y de recoger muestras. Mientras tanto, un puñado de mossos d’esquadra impedirán el acceso al parque que continuará clausurado hasta nueva orden.

Tedesco se despide de los agentes que seguirán en el parque.

Tuerce el gesto al ver cómo, desde casi un centenar de metros de distancia, un par de reporteros que han saltado el cercado intentan obtener alguna fotografía del banco maldito.

Si no se jugara el empleo él mismo los sacaría de allí a patadas.

Sin necesidad de recibir la orden de su superior Lidia ha echado a correr para alejarlos del banco.

Tedesco comprende por qué la prefiere en su equipo.

Por sus reflejos, por su extraordinaria capacidad para reaccionar de inmediato, por su coraje y porque con ella apenas hacen falta palabras.

Un gesto, una mirada, un movimiento leve…

Tampoco ignora que escoge a Iván por que posee una deslumbrante capacidad de análisis inversamente proporcional a sus habilidades sociales.

Las primeras gotas que impactan ya sobre caminos y parterres consiguen desalentar a los curiosos que inician la retirada. De nuevo en el vehículo policial Lidia se aferra al volante como si pudiera arrancarlo. Resopla y deja escapar la rabia.

Iván susurra:

—No la han matado en el parque.

Tedesco asiente. La falta de sangre más allá del banco es la prueba evidente de que trasladaron el cadáver hasta el banco, de que probablemente lo envolvieron para no dejar rastro y de que utilizaron algún tipo de vehículo. Una silla de ruedas, una carretilla…

—Esos dedos…

Iván Cabrera entorna los ojos. También él parece darle vueltas al significado de los dedos de Noa encerrando un círculo de aire.