Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Álex
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Álex

El niño se niega a caminar, parece fascinado por la atrocidad.

Con el corazón encabritado y todo el miedo que cabe en un cuerpo Irene Alcalde coge a su hijo en brazos como si lo arrancara del suelo.

Necesita apartarlo de allí cuanto antes.

Tiene que sacarlo del parque como sea. Necesita alejarlo de tanto espanto, no ve otra salida.

Echa a correr. Es tan intenso el pavor que siente que se dirige a la salida cargando a su hijo que sigue gritando. Apenas consigue respirar mientras atraviesa un parque casi desierto. Nadie a la vista que pueda ayudarla.

El acceso más cercano es la salida que comunica el parque con Almeda, el barrio en el que vive la abuela Dolores que, tras darle el desayuno y prepararle un bocadillo, acercará el niño a la escuela.

También es el lugar por el que desaparecerán más rápido.

La intención de Irene no es otra que apartarlo de allí tan deprisa como le sea posible.

Alertados por los gritos del niño un par de hombres que con las primeras luces cruzan el parque de Can Mercader camino del trabajo, apresura el paso y se aproxima al banco de madera cercano al estanque de aguas todavía oscuras.

Uno de ellos recoge la mochila del niño que ha visto caer.

No se explica porque la madre del crío no se ha molestado en hacerlo.

Cuando levanta la vista se lleva la mano a la boca para retener un grito mientras su acompañante se apresura a darle la espalda al banco.

Ambos corren sin mediar palabra hasta alcanzar la calle para alejarse del espanto.

Siguen los pasos de Irene y de su hijo. El más joven saca el móvil del bolsillo del plumón y llama a emergencias mientras su compañero, que se ha inclinado hasta apoyar las manos en sus rodillas como si se dispusiera a vomitar, retiene todavía la mochila escolar que cuelga de su brazo.

—Por favor, que venga alguien. Parque de Can Mercader, en Cornellà. Es una chica. Está muerta —consigue pronunciar con la voz entrecortada y la mano temblorosa sujetando el móvil contra su boca.

A pocos metros, Irene Alcalde ha cruzado ya la carretera e intenta tranquilizar a su hijo mientras se apresura en dirección a uno de los bloques del barrio.

Nota el cuerpo tenso de Álex entre sus brazos y sus lágrimas tibias que empapan ya el arranque de su cuello.

El niño ha dejado de gritar y gime con la cara escondida en el hombro de su madre que lo besa sin dejar de caminar.

—Todo está bien, Álex, todo bien. Tranquilo, ya llegamos —susurra.

En uno de los muchos bancos del parque una brisa helada acaricia el cadáver desnudo de una adolescente delgada y no muy alta cuya cabeza, con la boca y los ojos entreabiertos, pende hacia atrás, en el vacío.

El cuello, rendido, quizás roto, es incapaz de sostenerla.

El cabello, negro como ala de cuervo y lacio, se balancea en el aire.

Tiene las manos sobre los muslos que alguien ha distanciado.

La postura resultaría casi obscena si no fuera pavorosa.

El cuerpo, cubierto de sangre desde el rostro hasta los pies, parece esperar que alguien se compadezca de él y lo cubra.

El peor fotograma imaginable de una película de terror, una visión espantosa que Álex no olvidará mientras viva. Tampoco su madre ni ninguno de los dos hombres que se acercaron al banco encarado al sol minutos antes de que la policía acordonara el lugar.

Irene aporrea el timbre de la portería mientras masculla maldiciones que el niño no puede oír. Se le antoja una eternidad el tiempo que la abuela Dolores tarda en abrir.

—¡Joder!

No le queda resuello y está tan asustada que apenas consigue arrancar las palabras para tranquilizar a su hijo y solo acierta a acariciarlo y a retirar las lágrimas de sus ojos arrasados.

—Todo bien, cariño, todo bien.

Por fin el zumbido del portero automático libera la puerta. Irene abre de un empujón. Necesita sentirse a salvo y se asegura de que quede cerrada a sus espaldas. No acierta a hablar cuando, instantes después, Dolores, su madre, intenta conocer lo ocurrido.

¿Cómo explicar lo inexplicable?

Los dos hombres que, como cada mañana cruzaban el parque con las manos en los bolsillos y una bufanda bien ceñida en torno al cuello, aguardan la llegada de la policía y de una ambulancia en la entrada principal del parque.

El aliento en forma de pequeñas nubes se eleva desde sus bocas.

No han recuperado el ritmo de la respiración ni el color en el rostro.

Siguen aterrados y ambos sienten las piernas como de mantequilla.

No han vuelto a acercarse al banco en el que un cuerpo joven y sin vida parece aguardar la caricia del sol de invierno.

Un sol poco compasivo que tarda en llegar.

Entre balbuceos el más joven le ha hablado del macabro hallazgo a la agente con la que ha conseguido hablar y espera la llegada de los policías con la mirada fija en un cielo cada vez más azul.

No le cabe la menor duda de que la chica bañada en sangre está muerta.

Nadie puede vivir en ese estado. A su lado su compañero se santigua repetidamente como si realizara un conjuro y masculla una oración aprendida décadas atrás y que creía haber olvidado, una oración en la que suplica a la divinidad que les libre del mal. Amén.

Frente a ellos las farolas se apagan ya y la circulación es cada vez más densa.

A ambos lados de la calle los peatones son cada vez más numerosos.

Todos ellos caminan deprisa urgidos por el frío.

Una mochila escolar con una figura amarilla aguarda a los pies del hombre que con dedos temblorosos enciende el primer cigarrillo.

Ambos viven en Sant Ildefons, en el mismo bloque.

Son vecinos. Cada mañana atraviesan juntos el parque de Can Mercader hasta alcanzar el polígono industrial que ocupa parte de Almeda.

Se dirigen al trabajo en una de las naves situadas en Cornellà de Llobregat, cerca ya de la linde con L’Hospitalet.

A menudo caminan tras la mujer y su hijo.

También ella vive en Sant Ildefons, en uno de los bloques verdes.

Saben que es enfermera. Muchas veces la han visto dejar atrás la portería junto al bar de tapas siempre de la mano del niño.

Ninguno de ellos ha tenido antes un mal encuentro.

A veces coinciden con algún corredor que madruga para dar vueltas al parque, con alguna joven que pasea a su perro antes de iniciar la jornada laboral o con un jubilado insomne que deambula mientras sobre las copas de los árboles la luz derrota a las sombras.

También han encontrado a menudo los restos de un botellón celebrado la noche anterior o a algún borracho tambaleante que ha pasado la noche amodorrado en uno de los bancos del parque.

Nunca algo así.

Sienten un gran alivio cuando el primer vehículo policial se detiene frente a ellos.

Tras pisar la colilla del cigarrillo que ha dejado a medio fumar el más joven acompaña a los primeros agentes hasta el banco en mitad del parque.

No se acerca. No mira. No puede. Se mantiene alejado y con la vista baja mientras señala el lugar en el que la adolescente muerta parece seguir mirando al cielo, como si de él pudiera llegar algún tipo de ayuda, como si ignorase que nadie puede ya ayudarla.

Necesita olvidar lo que acaba de ver y con el índice apunta al banco desde la distancia. Ni quiere ni puede mirar.

Su compañero, un hombre enjuto de ojos muy juntos y bigote a la rusa, un soldador con la piel renegrida y muchas décadas de oficio, se frota las manos mientras inspira lenta y profundamente y expira muy despacio.

Sabe lo que debe hacer cuando la ansiedad se le asienta como una piedra sobre el pecho.

Son años de práctica desde que siendo adolescente pensó que se moría tras romper con una novia.

Sin moverse de la entrada, señala a los sanitarios que acaban de llegar el lugar en el que se encuentra el cadáver.

No les dice que no es necesario que se apresuren, que es demasiado tarde.

Ya lo comprobarán, piensa y cierra los ojos unos instantes.

Daría lo que no tiene por un carajillo bien cargado.

Obedeciendo órdenes uno de los agentes uniformados permanece en la puerta de entrada y prohíbe el paso a una mujer que es arrastrada por su perro en dirección al parque.

La mujer discute y el animal husmea y sigue tirando de la cuerda que se tensa hasta recordar el alambre de una funambulista.

El viejo soldador, que se encuentra muy cerca, piensa que el perro ha identificado el olor de la sangre y no se resigna.

En el tercero primera de uno de los bloques cercanos Irene acepta la taza de café recién hecho que le tiende Dolores.

—Pareces una muerta, hija.

Difícilmente podría haber encontrado un comentario más desafortunado, piensa Irene que todavía tiene el susto en el cuerpo mientras se acerca la taza a los labios.

—Creo que la niña debe de tener mucho frío —susurra Álex todavía entre sollozos mientras su abuela le prepara un vaso de leche con chocolate y su madre hace lo que puede por serenarse—. Podemos dejarle mi anorak. Ya me lo devolverá.