Tedesco
Apenas se cruza con nadie en las aceras oscuras en las que las luces anaranjadas, instaladas recientemente, todo lo confunden. El policía las detesta porque juraría que favorecen la multiplicación de las sombras. De hecho, todo se le antojan sombras.
Recuerda la charla mantenida con Clara Dalmau mientras se aproxima a una casa a la que no tiene prisa por llegar.
Intenta imaginar la vida de Noa. Sus miedos, que eran muchos y poderosos, quizás disparatados, y su titánico esfuerzo por estar siempre entre los primeros.
Hiciese lo que hiciese, fuera cual fuera la prueba a la que la vida la sometiera, siempre procuraba estar entre los mejores.
Deporte, música, calificaciones escolares, obediencia…
Era independiente, autónoma, muy, muy ambiciosa.
Ambicionaba conservar el afecto, la seguridad, la confianza.
La mejor de las hijas que unos padres puedan desear.
La hija perfecta. En opinión de todos así era Noa.
Una adolescente atemorizada que experimentaba la obligación de satisfacer todas y cada una de las expectativas de sus padres.
—Nunca permite que la ayuden, nunca necesita ningún tipo de ayuda.
Y si la necesita, no la pide. Sabe que ha tenido la fortuna de ir a parar a una familia en la que no le faltará de nada.
Por eso no me extraña que intentara bajar sola hasta la Diagonal.
A su manera sabe que la quieren, desde luego, pero también sabe que no hay nada eterno, que las cosas se acaban, también el cariño y el bienestar.
Por eso siente tanto miedo y hace lo posible por no contrariarlos —ha recordado Clara en la intimidad de su despacho—.
Para no perder la seguridad de la que disfruta, como si el afecto que sus padres sienten por ella pudiera disiparse a la menor contrariedad.
Sin descanso, sin bajar la guardia.
El inspector rememora mientras camina las notas que tomó durante la charla con la orientadora para comprender mejor a Noa y a su familia cercana.
Los Renom Nasarre iniciaron los trámites de adopción cuando la niña estaba a punto de cumplir dos años.
El policía no ignora que la edad de una criatura abandonada en un orfanato en una región remota de la China rural no siempre se conoce con exactitud.
Consiguieron el permiso para viajar a China y traerla consigo cuando había cumplido los tres.
Se adaptó muy bien, aprendió muy pronto a hacerse entender y en unas semanas la niña de los ojos rasgados y la piel de cera era feliz con sus nuevos padres.
—Su madre, Aitana, asegura que no la oyeron llorar nunca —señala Clara—. Parece increíble, pero jura que es así. No lloraba.
No había referido Noa a su orientadora sus primeros recuerdos en su nueva casa, la única que había conocido, solo que era feliz, muy feliz, y que las cosas cambiaron al cabo de un tiempo, cuando «milagrosamente» Aitana quedó embarazada.
A Noa le faltaban unos días para cumplir los cinco cuando llegó Raúl.
La niña no había sabido decir en qué cambiaron sus padres.
Quizás se tratara solo de una imaginación.
Clara Dalmau se inclina por pensar en un miedo latente que se despierta, que eclosiona cuando la atención de los padres que Noa disfrutaba en solitario, es compartida con el hermano recién llegado que además es hijo biológico de la pareja.
No era la primera vez que Tedesco oía hablar de parejas que conseguían tener un hijo poco después de haber adoptado una criatura en un lugar lejano.
Al parecer, era algo relativamente habitual.
Y no es que la pareja la relegara ni que dejaran de quererla, había asegurado Clara Dalmau. Ni mucho menos. Parecía segura de ello.
—Noa advirtió que Aitana se volcaba en el bebé recién llegado, que le dedicaba una atención que hasta entonces había sido solo suya.
También Víctor le dedicaba caricias y sonrisas.
Noa se resentía sobre todo de la distancia que, de pronto, la separaba de su madre cuando Raúl estaba presente.
Piense que es un crío movido, algo díscolo, un niño que requiere una vigilancia continua. Años después fue etiquetado como TDH.
Casi sin darse cuenta la niña importada empezó a sentir miedo a perderlo todo, una especie de temor larvado que se apoderó de todos sus movimientos, de toda su vida.
Veinticuatro horas siete días a la semana.
Empezó a desconfiar y a considerar seriamente la idea de que la pareja a la que adoraba tomara la decisión de devolverla al orfanato en el que había pasado sus primeros años.
Y, aunque no conservaba recuerdos del lugar, Noa tenía muy claro que no quería volver allí, a la remota China en la que las niñas recién nacidas eran abandonadas por sus padres.
La fotografía en la que una mano anónima la ayudaba a caminar era para ella la peor de las amenazas, una pesadilla.
La mano pertenecía en sus sueños a una mujer monstruosa y cruel que tiraba de ella hasta hacerla caer.
La ropa que la cubría en la imagen, apenas unos harapos sucios, aparecía a menudo en sus peores sueños.
Era ropa que la asfixiaba y que le impedía correr, huir.
Por eso, para impedir el aterrador viaje de regreso, debía esforzarse por cumplir todas y cada una de las expectativas que Víctor y Aitana habían depositado en ella.
No podía defraudarlos. Ese era el motivo por el que en su vida no cabían los momentos de relajación.
La primera en todo.
Siempre.
—Para Noa el miedo a ser devuelta al orfanato era un miedo lógico, aunque pueda parecer absurdo, por eso era tan difícil de rebatir.
Se negaba a hablar de ello con sus padres por si la idea todavía no se les había pasado por la cabeza.
No quería despertar al monstruo dormido, aunque el monstruo solo existiera en su mente.
Al parecer la chica vivía con un miedo que no la abandonaba, el miedo a perder a sus padres, a sus amigas, sus cosas, a abandonar el colegio en el que todo le resultaba fácil. No, el terror a perderlo todo.
—Por suerte, Noa tiene grandes facultades, puede ser muy buena en todo lo que se proponga —había añadido la orientadora—.
Estaba dotada para la música, el atletismo, la física, la literatura, la ciencia…
Raramente tengo ocasión de ver alumnos así —había señalado Clara Dalmau, que ha asegurado no haber nada alarmante detectado el día en que la vio por última vez ni en las palabras ni en el comportamiento de Noa.
Mientras se aproxima a su casa, Tedesco no puede evitar compadecer a la chica sometida por un temor irracional a una presión excesiva que bien podía arruinarle la vida.
Piensa en ella cuando una racha de viento agita las hojas en los árboles y le arranca un escalofrío.
Necesita algo caliente, en su defecto, algo abrasivo.
Entra en el bar de los Hermanos Rojo. Sabe que es el único local en el que el televisor enmudece con la caída de la tarde por voluntad expresa de su propietario que a esas horas jura tener la cabeza como un bombo.
Y es verdad. De los dos hermanos que habían inaugurado el bar dos décadas atrás, solo queda uno, Ramón.
Luís, el hermano menor, murió de un infarto en el lavabo del local mientras intentaba recuperarse a solas de lo que interpretó como un malestar pasajero.
Ramón Rojo es un hombre arisco que lleva mucho tiempo anhelando dejar atrás la barra y dedicar su tiempo a leer novelas históricas.
Monjes guerreros, tremebundas conspiraciones por el poder, oscuros misterios ancestrales, tramas imposibles…
Cualquier tiempo pasado, cualquier lugar se le antojan escenarios mucho mejores que el modesto bar que regenta.
Por fortuna de la diminuta cocina en la que se preparan suculentas tapas y memorables bocadillos, se encarga Flora, su mujer, que tiene buena mano y mejor carácter.
Mientras devora una ración de tortilla del grosor de su brazo y la acompaña de un rioja tirando a peleón, el policía sigue recordando.
Por indicación de la tutora de Noa durante el curso anterior Clara la había escuchado y había intentado aconsejarla en varias ocasiones, pero no había logrado que abandonara la desmesurada autoexigencia con la que afrontaba su día a día desde que ponía el pie en el suelo hasta que caía rendida por sueño y el esfuerzo.
En palabras de la orientadora el hecho de que la noche del viernes Aitana descuidara a su hija por velar por su hijo enfermo, sustentaba la idea de Noa que se sentía más querida por Víctor que por Aitana.
Y, aunque la información es valiosa y le permite conocer mejor a la desaparecida, no propicia el menor avance ni facilita el poder abandonar el callejón sin salida en el que se encuentra la investigación.
Con el café el inspector intenta encarar el caso desde otra perspectiva. Quizás la rata de cuerda no guarde relación con el apelativo cariñoso que Víctor utiliza para referirse a su hija. Quizás la referencia sea otra, pero no consigue imaginar cuál.
Ha ordenado registrar todas las llamadas recibidas y efectuadas por los padres, tanto las correspondientes al teléfono fijo como las de sus móviles.
Ninguna de ellas parece poder proporcionar ninguna pista.
No ha habido conversaciones ni mensajes pidiendo un rescate.
Víctor y Aitana han hablado con familiares, amigos o empleados.
Nada destacable. Tampoco han hallado nada en sus correos electrónicos y no han encontrado el menor indicio en las muchas conversaciones mantenidas con las personas que tratan habitualmente a la familia. Nada.
Iván ha comprobado que ninguna cantidad significativa ha sido retirada de ninguna de las cuentas bancarias.
No hay rescate. Para su desesperación no han podido obtener ninguna información relevante de indagar en el pasado de la pareja.
Se encuentran varados en un callejón ciego, una vía sin salida.
Concentrados en un caso en el que no han alcanzado el menor avance, una investigación capaz de desquiciar a Tedesco, el impostor.
Cada vez más a menudo y con mayor intensidad el policía aborrece un oficio que le obliga a bregar a diario con el dolor en estado puro.
Un oficio que le apasionaba y que con el discurrir del tiempo y del horror ha llegado a pesarle como si acarreara a sus encorvadas espaldas una piedra sillar.
Sin dejar de darle vueltas a cuanto ha conseguido saber, el policía abona la cuenta y sale del bar. Ramón Rojo lo despide con un fugaz movimiento de cabeza.