Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Clara
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Clara

No puede evitar una mueca de disgusto. Ni que el Guinardó fuera Nueva Orleans, piensa mientras cuelga su abrigo junto al de su marido.

No tiene ganas de conversar ni de preparar la cena. Por no tener no tiene ganas de pasar la noche con él. Preferiría mil veces dejar correr el tiempo a solas con el pensamiento muy lejos, en un piso en la otra punta de la ciudad y entre sábanas ajenas.

—¿Un vaso de vino? ¿Picamos algo? —propone Albert.

Acepta el vino con una sonrisa. Le vendrá bien. También comer alguna cosa. Apenas ha desayunado y se ha saltado la comida. Albert no entendería que se negara.

Mientras él regresa a la cocina, Clara se deja caer sobre la cama y se descalza con un suspiro en la habitación que comparten.

A través de la puerta entreabierta del lavabo advierte en el espejo que hay tristeza y fatiga en sus rasgos y que su piel parece la de una mujer mayor.

Ensaya una sonrisa y el espejo le devuelve una mueca patética.

Si se dejara llevar por el deseo se ocultaría en el lecho de inmediato, se escondería y no volvería a salir a la superficie hasta el día siguiente.

Regresa al salón. Albert acerca su copa para brindar.

Clara adelanta la suya. Durante unos minutos llegan a ser incluso cómplices.

Ríen. Él le habla de su trabajo, de la auxiliar incompetente que ignora que lo es y con la que brega a diario y de su superior en la inmobiliaria, un gestor que parece habitar en otro mundo.

Uno muy muy lejano en el que los millones de euros flotan en el espacio frente a las narices y basta con alargar la mano.

—Es un puto marciano. Un inútil con una fortuna detrás. Pero inútil como la copa de un pino. Te lo aseguro. Cambia de opinión como de corbata. Como diría mi madre que era una mujer sabia: dos neuronas más y es un melón.

Clara ríe. Le resulta fácil. Es una de las facetas que, junto a su propensión al optimismo a toda costa, más le gustaron de Albert, que la hacía reír.

Tal y cómo podía prever poco después Albert acerca su sillón al extremo del sofá en el que Clara se ha derrumbado.

Aproxima su mano y acaricia la de su esposa.

Clara tuerce el gesto y hace el esfuerzo de no retirarla.

Le deja hacer durante unos instantes, justo hasta que Albert se sienta junto a ella y sus dedos se adentran en su escote y rozan la suave ondulación de sus pechos.

Clara se revuelve, se aparta unos centímetros. Se lo pide, se lo exige un cuerpo refractario. Toda su piel rechaza el contacto. La mano de su marido se detiene sin llegar a rendirse.

—He tenido un mal día, Albert. No estoy de humor. De verdad. No voy a poder. La chica sigue sin aparecer y no dejo de pensar. Hablé con ella el viernes, unas horas antes.

Suspira. No necesita simular el pesar.

—Hemos tenido una reunión, ha asistido la policía.

Querían información, creo que andan perdidos, que no tienen ninguna pista.

Ha sido… Ha sido terrible. El inspector que lleva el caso ha querido hablar conmigo.

Le he explicado todo lo que Noa me había contado.

Quizás no debía hacerlo, las charlas son privadas, pero…

¿Cómo podía negarme? —Y las palabras, a modo de excusa, emergen a borbotones—.

Ha desaparecido, quizás haya muerto —añade como si Albert ignorara la terrible circunstancia.

Se interrumpe unos instantes y mira a su esposo de refilón.

Albert, decepcionado, calla. No pregunta. Su mano sigue allí, a medio camino entre su clavícula y sus pechos, un poco en tierra de nadie. No sabe qué debe hacer con ella. De repente la mano estorba, como un miembro de más, como una prótesis mal encajada justo al final de su brazo.

—No me la quito de la cabeza. ¿Sabes? ¡Pobre Noa! Si alguien no se merece el menor daño, esa es Noa Renom.

No necesita esforzarse para que una lágrima tiemble en su párpado inferior.

—Entiendo. —Y al hablar Albert recoge su mano, apaga su rostro expectante y busca el mando del televisor.

¿Entender? Qué más quisiera Clara. Tampoco ella lo entiende.

No hay reproches, pero sí una profunda decepción en sus gestos y un tono levemente amargo en su voz.

Clara cree advertir algo de escepticismo, como si su marido adivinara la verdadera razón de su rechazo.

Aunque quizás solo sean imaginaciones suyas.

Albert es algo ingenuo. Un espía aficionado y extraordinariamente cándido.

Pocos minutos después Clara, afligida y terriblemente cansada, asegura que no tiene apetito y se pierde en la habitación.

Le tranquiliza saber que Albert tardará en seguirla.

Siempre se acuesta tarde, muy tarde. Le bastan unas horas de sueño para sentirse bien al día siguiente.

Asegura, y de alguna manera está en lo cierto, que recarga baterías muy rápido.

A través de las rendijas de la persiana llega algo de luz de una farola cercana. A Clara le gusta esa media luz, esa penumbra compasiva, la prefiere mil veces a la oscuridad total. No abre la novela que abandonó la noche anterior. De nada serviría intentarlo. No conseguiría concentrarse.

Se tiende en la cama y busca el tibio acomodo de la almohada.

Necesita sentirse viva, contraponer a la tragedia el vigor de la sangre en movimiento, de la sangre que abrasa, que no se resigna.

Quiere alejarse del triste simulacro de vida en pareja en el que lleva meses atrapada, de los días mortecinos, del estar, pero no ser.

Sabe cómo hacerlo. Basta con recordar. Apenas tarda unos minutos en dejar a Noa muy atrás y viajar en su memoria hasta al lecho en el que, enmarañada entre las sábanas en un piso extraño, cada semana consuma el adulterio.

Se acelera su respiración, se encabrita el corazón y reaparece lentamente el ansia que tan bien conoce y a la que llaman deseo.

Un deseo que no se desvanece nunca, que perdura muy adentro, como un rescoldo.

Para avivarlo, como haría con el fuego, Clara solo necesita un soplo.

Basta el recuerdo de unas caricias que no conocen el pudor ni las reservas, del aliento tibio en la mejilla y de los labios siempre húmedos, siempre atrevidos, insolentes.

En el silencio de la habitación a la que la música de la jazz band llega como en sordina Clara frunce los labios y besa el vacío mientras acaricia sus pechos muy despacio como lo harían las manos que tanto anhela.

Se detiene en torno a los pezones sin rozarlos.

Recuerda cómo lo harían sus dedos, en qué orden, con qué intensidad.

Se estremece al revivir su respiración en el arranque de su cuello y su lengua en audaz descenso hacia su vientre.

El ansia. Son ahora sus propios dedos los que resiguen la senda que desata el placer, los que indagan, los que hurgan y presionan.

Revive, con el rostro aplastado contra la almohada para ahogar los gemidos, cada instante compartido en el lecho ajeno.

Su cuerpo, explorado sin trabas, abandonado a las caricias autoinfligidas, se tensa hasta agarrotarse mientras el calor devora ya sus ingles y siente como si estuvieran a punto de fundirse sus entrañas.

No quedan rincones por alcanzar ni fragmentos de piel por descubrir.

Su cuerpo entero, a merced de unas manos que son las suyas, pero son otras, se escapa, deja de pertenecerle.

Un delicado solo de trompeta procedente del salón acompaña ese placer solitario al que Clara se entrega en ausencia de su amante. El Guinardó hermanado con Nueva Orleans, piensa con evidente cinismo. Y sonríe cerrando los ojos. Experimenta a solas el abandono total, el éxtasis. «La petite mort.»

La vida.

Instantes antes de dormirse su mente regresa a Noa.

La imagina asustada, atada, amordazada, incluso muerta.

Quizás nunca llegue a experimentar el placer que acaba de recorrer su cuerpo entero como un bendito calambre, piensa.

La recuerda como si la tuviera delante, rememora sus palabras, su actitud ante la vida.

Sus miedos y la impresión que le causaron.

Nunca se había enfrentado a alguien así.

—¿Y si pasó algo por alto? ¿Y si la chica pedía ayuda?