Víctor
Apenas saluda. Con la cabeza baja y la mirada esquiva atraviesa a buen paso la tercera planta del edificio de oficinas en la que se suceden las mesas de trabajo.
Alcanza la puerta que separa su despacho de los habitáculos que ocupan sus empleados en pocos segundos y busca a Ester con la mirada.
Intenta escapar a las muestras de compasión, a la inútil solidaridad que como un clamor se eleva por costumbre en la proximidad de la desgracia ajena.
No puede echarse a llorar ni derrumbarse o permitir que se le rompa la voz.
—Ester, ven a mi despacho en cinco minutos.
La joven secretaria, que apenas ha sabido qué decirle cuando ha pasado junto a ella, asiente.
Transcurridos unos minutos Ester se asoma al despacho y pide permiso para entrar.
Se siente obligada a pronunciar alguna palabra de consuelo y a punto está de rematar su saludo de buenos días acompañando a su jefe en el sentimiento.
Por suerte no llega a pronunciar las desafortunadas palabras que se agazapaban traicioneras a flor de labios.
—Ya puedes irte, Ester. Te llamaré si te necesito.
Permanece allí, con la cabeza entre las manos y el móvil sobre la mesa casi hasta el mediodía. No deja de dar vueltas a la posible relación entre el juguete de cuerda y lo ocurrido hace años, el día en que envejeció de repente.
Ni puede ni quiere regresar a casa.
Una rata podría significar muchas cosas y, desde luego, podría guardar relación con lo ocurrido en el pasado, con algo en lo que ha intentado no volver a pensar.
Su agujero negro, su lado oscuro, su pozo.
Trata de decidir si debe, o no, romper su silencio mientras ignora las llamadas de Aitana que son muchas.
Cerca ya del mediodía, y sin haber alcanzado ninguna conclusión, se pone en pie y abandona su mesa.
Con la mirada en la puerta de salida, atraviesa de nuevo la sala intentando eludir cualquier acercamiento.
Los gestos bienintencionados de los empleados de la empresa familiar que Víctor dirige desde hace años con notable éxito, quedan abortados en los rostros.
* * *
Al acercarse al edificio en el que vive comprueba que los periodistas siguen allí, que montan guardia con los micrófonos en ristre.
Uno de ellos no tarda en reconocer el coche y lo señala al tiempo que echa a correr en dirección a la rampa que conduce al aparcamiento.
Se sitúa delante del vehículo mientras se eleva la puerta metálica, quiere obligar a Víctor a detenerse.
Es muy joven, apenas un muchacho que acaba de obtener el título y necesita acumular méritos.
Lo hará si demuestra ser más osado que el resto, más audaz.
Calza deportivas rojas y viste un anorak azul como el fondo de una piscina sobre el que cuelga una identificación.
Arriesga, es temerario. Sabe que la empresa para la que trabaja espera que no tenga escrúpulos y que cualquier declaración de uno de los padres de Noa será considerada una exclusiva.
Diga lo que diga, aunque apenas hable o se limite a gritar de rabia o de desesperación. Todo vale.
Víctor sigue adelante, avanza, está a punto de atropellarlo.
El chico salta hacia un lado en el último momento, trastabilla y cae.
Por el espejo retrovisor comprueba que se levanta casi de inmediato.
Solo su dignidad ha quedado algo maltrecha.
Quizás incluso consiga hacer noticia del triste episodio, piensa.
Seguro que alguno de sus colegas tiene la grabación y no tardará en colgarla o en disfrazarla de exclusiva.
El padre iracundo, el padre desesperado de la adolescente desaparecida, está a punto de atropellar a un joven reportero que hacía su trabajo. No se equivoca.
Sí, puede servir, piensa el chico mientras se sacude los restos de tierra de los pantalones y comprueba si alguien sigue grabando. Una exclusiva compartida no es una exclusiva stricto sensu , pero repetida hasta la saciedad alcanza la categoría de noticia.
Todavía al volante, mientras se eleva ante el vehículo la puerta del aparcamiento, Víctor grita de pura ira por el mero desahogo de gritar.
Es tanto el miedo y tan poderosa la cólera que podría bajar del coche y emprender a golpes al primero que le saliera al paso.
El conserje, subido a una escalera, cambia uno de los fluorescentes del pasillo central.
Da un respingo, el grito le ha pillado concentrado en encajar el tubo en el soporte y se sujeta a la escalera como puede.
A punto ha estado de caer. El tubo fluorescente que acaba de sustituir y que descansaba en un peldaño se estampa contra el suelo.
Maldice a Víctor y a toda su estirpe. Recuerda demasiado tarde que una maldición parece haber caído ya sobre la familia.
Al llegar a casa encuentra a Aitana tumbada en la cama, enredada entre las sábanas, llorando todavía. Cierra la puerta de la habitación y la deja allí, a solas con la culpa.
No sabe qué decirle.
No puede hablarle de la joven del uróboro en el anular ensangrentado.
Raúl, sentado en un rincón de la cocina para no perder de vista a Gladys, mordisquea un dinosaurio de goma.
Está asustado y triste. Siempre muerde algún juguete cuando está nervioso o impaciente.
La psicopedagoga del Saint Michael asegura que se resiste a abandonar la fase oral y que se trata de un problema de inseguridad.
En su rostro de niño se aprecia el rastro de los mocos y el de las lágrimas.
También la asistenta parece haber llorado.
Gladys le habla dulcemente a Raúl, le promete que todo se arreglará mientras prepara una ensalada y enharina el pescado que servirá para comer. No se atreve a asegurarle que Noa regresará pronto a casa.
¿Quién querría pasar ni un minuto más en un piso en el que el dolor, suspendido en el aire como un gas letal, abrasa los pulmones? ¿Quién querría seguir en un hogar sobre el que ha caído una maldición como si se hubiera desplomado sobre el techo el contrapeso de una grúa?
Víctor estrecha a Raúl entre sus brazos para consolarlo, para consolarse. También él le miente con toda la convicción que puede reunir y le asegura que todo irá bien. Lo repite muchas veces. No consigue que el niño vuelva a sonreír.
Raúl no piensa comer y jura que no volverá a pisar el salón. No deja de pensar en el ratón de hojalata. Quizás no lo consiga nunca. Espera verlo aparecer en cualquier momento saliendo desde debajo del sofá o del aparador. No se ha librado del susto de verlo acercarse y chocar contra su pie.
—Ya me ocupo yo —le asegura Gladys.
Víctor, desarmado, abandona la cocina.
Raúl no opone la menor resistencia cuando minutos más tarde la abuela Lina aparece a su lado y le propone llevárselo a su casa.
Le promete que podrá jugar a la Play con Nil, el hijo de sus vecinos, que es un poco mayor y que traerá consigo la videoconsola cuando salga del colegio.
A Raúl se le alegra la cara. Lina le ayuda a ponerse el anorak y le asegura la capucha con un nudo bajo la barbilla.
—En la calle hace un frío que pela, hijo —le dice mientras deposita un beso sobre su frente.
Raúl no protesta. Cuando pasa ante el salón camino de la puerta no se atreve a mirar por si al ratón se le ocurre aparecer y perseguirle.
Víctor se despide de ellos. Lamenta dejar marchar a Raúl, pero sabe que es lo mejor que puede hacer, lo mejor para él.
De pie en el umbral, sacudiendo la mano mientras el niño desaparece en el ascensor, siente que las rodillas están a punto de fallarle.
Se apoya en el marco de la puerta y hace lo imposible por no echarse a llorar.
Toda su vida presente y futura ha saltado por los aires como si acabara de pisar una mina.
Respira despacio y muy profundamente mientras regresa al salón y se acomoda en la butaca.
Cierra los puños con tanta fuerza que los nudillos blanquean y las uñas se clavan ya en las palmas.
No puede evitar un gemido. Sigue sin saber qué hacer.
Demasiado dolor.
Piensa en Noa, en su ratita. Le duele su ausencia, le duele tanto que siente el vientre repleto de brasas y solloza mientras golpea con los puños el brazo de la butaca hasta sentir más dolor si cabe.
Aitana, que ha abandonado la habitación alertada por los golpes, no se atreve a acercarse a él. Descalza, con el cabello sobre los ojos y envuelta en raso, permanece inmóvil a pocos pasos. El espectro de una madre.
Víctor no puede verla, no quiere verla. No levanta la mirada, no habla. Sigue golpeando el brazo de la butaca mientras aprieta los dientes y respira muy deprisa.
Aitana, consumida por la culpa, se conforma con saber que está en casa y regresa a la habitación en busca de un ansiolítico.
Pocos minutos después Víctor Renom se levanta, se dirige a la cocina y le indica a Gladys que no se quedará a comer.
Coge las llaves del Golf de Aitana que llevan días sobre la bandeja de la entrada, abandona el piso familiar y se dirige al aparcamiento.
Los periodistas no conocen el color y el modelo del coche de su esposa, quizás pueda evitar que le sigan.
Tampoco la policía ha preguntado por un segundo vehículo.
Busca en la guantera y se encasqueta una gorra verde con un trébol recuerdo de un viaje a Irlanda, intenta dificultar así su identificación.
Sin encender todavía el motor busca una información en internet.
No tarda en encontrarla. Abandona el aparcamiento y conduce durante unos minutos hasta que estaciona en doble fila ante un locutorio y aguarda unos instantes.
Ningún vehículo se detiene en las proximidades.
No le han seguido.
Tira de la gorra para que la visera oculte su rostro por completo y empuja la puerta.
Nunca antes ha pisado un establecimiento así.
El joven paquistaní que lo regenta levanta la cabeza del libro y lo observa con extrañeza.
No responde al perfil de sus clientes habituales ni recuerda a los vecinos del barrio.
Víctor se siente obligado a excusarse:
—Me acaban de robar el móvil.
El muchacho, que apenas ha alcanzado la mayoría de edad, sonríe y le indica la cabina número 3 antes de reemprender la lectura.
No conoce mejor manera de que las horas pasen deprisa.
Víctor se dirige al garabateado cubículo, se sienta en un taburete tapizado de verde en el que el relleno asoma por todas partes y marca un número de teléfono.
No puede evitar un gesto de repugnancia.
Carraspea antes de hablar.
No quiere que las lágrimas empañen su voz.
—Necesito que vuelvas y localices a una persona. Es urgente.
Abona el precio de la llamada y compra dos teléfonos prepago y un paquete de chicles. Menta extrafuerte, el preferido de Noa.
Espera tener ocasión de dárselo.