Iván
Les invita a sentarse en una de las mesas cercanas a la entrada y contesta sus preguntas sin reticencias.
Acompaña sus respuestas con una sonrisa que no se descuelga de su boca.
Lamenta la desaparición de Noa, era sin la menor duda su mejor alumna.
Y tiene seis, todas ellas niñas adoptadas cuando eran muy pequeñas por familias con dinero.
Criaturas que no recuerdan la lengua de la lejana tierra en la que vieron la luz.
Nunca llegaron a hablarla. Todas asisten a sus clases por deseo de sus padres.
Algunas lo hacen forzadas, no sienten la menor necesidad de aprender la lengua de un país al que no desean regresar.
Se refiere a Noa con cariño y les asegura que es una chica muy, muy lista.
—Noa nunca haría una tontería. Nunca. Ella no es así. No se escaparía de casa. Quiere a su familia y ellos la quieren a ella. No se ha marchado, estoy segura de que se la han llevado y, a pesar de que sus palabras supuran pesar, la muchacha sigue sonriendo.
—Toda nuestra familia trabaja en el restaurante.
O en la sala o en la cocina. La noche de los viernes es la mejor.
La del viernes y la del sábado. Mi hermana no puede faltar.
Ni ella ni ninguno de nosotros. Mi madre no lo permitiría.
Todos estamos aquí los viernes. Ahora por fin las cosas van bien —añade en velada alusión a la pandemia—.
Algunas noches esto se llena y necesitamos muchas manos.
Al despedirse Lidia recuerda la observación de Gladys: los chinos siempre sonríen .
Cuestión de cortesía, piensa la agente mientras conduce en dirección al domicilio de los Renom Nasarre para intentar seguir el rastro del paquete enviado a media mañana.
Siempre es ella la que se sienta al volante.
Necesita mantenerse ocupada en todo momento, en comisaría es cosa sabida que no puede estar quieta.
Solo se siente bien mientras conduce, teclea o participa en alguna misión.
Se hizo policía porque necesitaba acción.
Demasiada adrenalina, decía de ella un novio que la joven no tardó en relegar al olvido.
Nunca le explicó, ni a él ni a nadie, que en su casa la tensión era continua y que a diario los golpes se escapaban de los puños de un padre alcoholizado y de un par de hermanos que no conocían más disciplina que la impuesta por la fuerza.
Mientras tanto, Tedesco informa a su superior, el comisario Valero, del curso de la investigación y de las escasas vías abiertas. Un mal trago dado que el caso no parece avanzar en ningún sentido.
—Quiero que me mantenga informado en todo momento. Imagino que comprende que nos jugamos mucho —añade humillando la mirada.
Y, aunque al inspector le gustaría apostillar que siempre se juegan mucho, se limita a asentir. La ventaja de no estar en su lugar es que las presiones de todo tipo recaen siempre sobre Francesc Valero, el responsable de la comisaría.
Iván no conversa durante el trayecto, no abre la boca en ningún momento, tampoco aparta la mirada del asfalto.
No está en su naturaleza hablar por hablar.
No sabe conversar. Mantiene la cabeza alta, la vista al frente y el pensamiento en el caso en el que trabajan.
No por nada en comisaría le llaman «la esfinge».
Algunos, a los que sorprende su silencio pertinaz y una concentración a prueba de bombas, se refieren a él como a «la momia». Tampoco le gusta conducir.
Lidia, que conoce el pie que calza, mantiene la vista en la circulación y la mente en la falta de pistas. No intenta sostener una conversación. Tampoco ella siente ganas de hablar.
César Bermúdez levanta la cabeza del sudoku cuando advierte el revuelo entre los periodistas que llevan horas acechando el portal con el propósito de obtener una exclusiva.
Lidia Sampedro no puede evitar sonreír al observar a una chica que le acerca el micrófono a Iván mientras le dirige la mejor de sus sonrisas y le pregunta si tienen ya alguna pista.
Iván Cabrera la mira con curiosidad, incluso con interés, como un entomólogo contemplaría una abeja exótica ensartada por un alfiler.
No contesta. No existe la menor posibilidad de que el cauteloso agente filtre alguna información.
El conserje les franquea la puerta visiblemente contrariado.
La desaparición de «la chinita», como acostumbra a referirse a Noa, le ha complicado la vida.
Lidia juraría que gruñe a modo de saludo.
No le gustan los policías. Ni los periodistas.
Pero lo que menos le gusta es perder el tiempo, desandar lo andado, pensar lo ya pensado.
A César le faltan unos meses para jubilarse y solo piensa en abandonar el acristalado vestíbulo forrado de mármol en el que cabría su piso entero y en hacerlo de una vez por todas.
Siempre se ha sentido en él como un mono en una jaula.
Responde con una negativa a las preguntas de la agente Sampedro. No recuerda a qué compañía de mensajería pertenecía el repartidor.
—Ni la más remota idea —asegura.
Se aproxima el mediodía y ha recibido ya a siete mensajeros y a dos repartidores de supermercado además del cartero y de un par de visitas particulares.
En el edificio de seis plantas y cuatro pisos por rellano vive gente de envidiable poder adquisitivo que tira de tarjeta y de compra online .
No son de los que tiran de un carrito o cargan con un cesto.
—Aquí nadie se priva de nada. Y con todo este lío… ¿Se lo imaginan? Esto es un no parar —añade malhumorado—. ¿Cómo quieren que me acuerde de la empresa a la que pertenecía el mensajero?
Lidia asiente por cortesía, como la sonrisa de la chica de origen chino con la que acaban de hablar.
Un gesto cortés, una muestra de civilización.
En su caso una mueca impostada. Iván, no.
No regala sus sonrisas. Mantiene un control absoluto sobre todas sus palabras y sobre cada uno de sus gestos.
Ningún ademán innecesario, ninguna mueca sobrera.
Se diría que ni parpadea. Quizás Iván Cabrera, que carece de conversación, también carezca de empatía, piensa la agente que siente el impulso de disculparle.
Lidia no puede evitar sentirse intimidada por un vestíbulo de proporciones magníficas al que la discreta luz de invierno llega a través de tres de sus paredes acristaladas desde el suelo hasta el techo.
También a ella se le antoja una jaula. De lujo, pero jaula al fin y al cabo.
Por no hablar de las lámparas de pie, de las delicadas litografías en tonos sepia que decoran las paredes, de los enormes sofás color crema donde esperar cómodamente a que bajen los inquilinos, de la ausencia de buzones a la vista y de un ascensor más grande que su habitación.
—¿Recuerda cómo iba vestido? ¿Algún detalle? —inquiere Lidia antes de alejarse y darse por vencida.
El conserje resopla y niega de nuevo con un gesto y ganas evidentes de perderlos de vista definitivamente.
La joven del micrófono que pocos minutos antes ha intentado arrancarle a Iván unas palabras, observa la escena desde el otro lado del ventanal que separa el zaguán de la calle.
Ha apoyado la nariz y la frente sobre el cristal helado.
De algo tiene que servirle tener un hermano sordo.
Entorna los ojos para enfocar mejor. Intenta leer los labios.
Demasiada distancia. No lo consigue. De pura rabia golpea el cristal con la punta de su bota.
César Bermúdez la mira como si pretendiera fulminarla.
—¡Hay que joderse! —susurra.
—¿Ningún detalle? ¿Nada? —insiste Lidia.
—No. Nada. Ya les he dicho que no —responde huraño—. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
El portero, que solo piensa en regresar a sus cábalas, baja la mirada y la hunde en el sudoku. Iván se dirige ya al ascensor cuando Lidia se despide.
—Gracias por nada —pronuncia malhumorada.
A la mierda la cortesía.
Gladys, seguida de cerca por Raúl que no se ha separado de ella desde que la rata de hojalata chocó con su pie, abre la puerta y les invita a pasar.
Su sonrisa se estampa contra el rostro impasible de Iván y contra su mirada invasora.
Ha reconocido a los dos jóvenes agentes que acompañaban al policía con el que conversó el día anterior.
Lidia formula las mismas preguntas que le ha hecho al conserje.
Gladys frunce el ceño, intenta recordar. Solo consigue evocar las patillas del mensajero y el olor a porro de buena mañana. Insinúa que vestía alguna pieza roja, quizás un chaleco o una parka, pero no puede asegurarlo.
Raúl sigue arrimado a sus piernas intentando comprender lo que dicen los mayores.
No sabe lo que es un porro y le extraña que Gladys no hable del tatuaje en forma de luna ni de la gorra de color rojo con las letras azules sobre la visera.
Le han repetido mil veces que no debe interrumpir.
Nunca ha hecho el menor caso, nunca, pero sigue impresionado por lo sucedido durante las últimas horas.
El niño interpreta el dolor y la tensión como alguna extraña forma de castigo. Ha decidido obedecer.
Calla.
—¿Conserva el papel en el que estaba envuelto? —insiste Lidia, que ve cómo se esfuma la posibilidad de obtener alguna información—. Quizás tenga algún sello o el logo de la empresa.
—Puedo buscarlo. El señor lo dejó sobre la mesa y yo lo retiré cuando se marchó, pero creo que era un sobre blanco.
—Por favor.
Gladys se dirige a la cocina seguida del niño cuando la voz de Iván, que le ha dedicado toda su atención y no ha perdido a la criatura de vista en ningún momento, sobresalta a su compañera.
—¿Y tú, Raúl? Tú también estabas, ¿verdad?
Raúl agarra la mano de Gladys y se gira.
La asistenta se detiene.
El niño responde afirmativamente con un gesto.
—¿Recuerdas al mensajero? Seguro que te fijaste. ¿Cómo iba vestido?
Raúl eleva la vista. Gladys le revuelve el pelo y le anima a hablar:
—Contesta, Raúl.
Recuerda a la perfección sus fascinantes patillas, el color rojo de su gorra, las iniciales de la empresa una por una, el discreto tatuaje en su mano e incluso que el extremo de su nariz se aplastaba al sonreír.
Parece feliz de poder ayudar a los policías.
Quizás si les ayuda dejen de pasar cosas malas.
Aitana irrumpe en el salón mientras los mossos felicitan al niño por su excelente memoria.
—¿Han encontrado a Noa?
—No. Todavía no.
—¿Tienen alguna pista? ¿Saben algo? —insiste con la voz quebrada y las manos unidas a la altura del esternón, como si suplicara.
Cuando la mirada de Iván se cruza con la suya Aitana la esquiva. Demasiada intensidad.
—Por favor… —Despeinada y descalza, implora un avance en la investigación, cualquier avance.
Se ha ceñido a la cintura una bata de raso color melocotón que, a Lidia, que nunca ha tenido ni deseado algo parecido, se le antoja digna de una princesa de cuento.
Raúl se encoge, sigue junto a Gladys. No ha soltado su mano en ningún momento. Nunca antes ha visto llorar a su madre así ni ha reconocido la desesperación en su voz rota. También él siente ganas de llorar.
Lidia niega con un gesto.