Víctor
El inspector Tedesco ha tomado el primer café en compañía de Ignasi Romeu, su mejor amigo y un cínico de manual.
Un expolicía jubilado alto y siempre en los huesos que fue su instructor décadas atrás y cuyo nombre de pila no utiliza nunca.
Siempre ha sido Romeu. Acodados ambos en la barra de la cafetería París que frecuentan desde hace años, comparte con él hipótesis y elucubraciones.
Y, aunque no debería hablar con nadie de los casos en curso, Tedesco considera a Romeu un asesor, el mejor que pudiera desear, y hace de sus conversaciones la excepción que confirma la regla.
Por una vez la charla con Romeu, que no perdería por nada el único contacto que conserva con el que fue su oficio durante más de media vida, no ha servido para descubrir nuevos cabos de los que tirar.
—Espero que no sea demasiado tarde —susurra el expolicía cuando Tedesco abona el café y se dispone a marcharse.
* * *
Acaba de llegar a comisaría y todavía se desprende del abrigo cuando Lidia Sampedro asoma la cabeza por la puerta de su despacho.
La agente tiene buena cara, le brillan los ojos y los labios se curvan levemente en una sonrisa de buenos días.
El policía agradece a los dioses su presencia.
Un rostro bello y amable para compensar el lado oscuro del día a día.
—Está aquí Víctor Renom. Quiere hablar con usted. Y parece alterado.
La agente habla muy deprisa, como siempre.
Todo en ella es veloz, sus gestos, sus palabras, sus deducciones.
El policía ignora que Lidia se ha pasado la vida huyendo, escapando de un infierno familiar en el que las peleas eran continuas, también las agresiones.
Siempre vigilante, siempre preparada para reaccionar, para huir.
En un continuo estado de alerta. Lidia nunca habla de ello. Con nadie.
Tedesco no disimula su sorpresa. Asienta con el índice las gafas sobre el rompiente de su nariz, se sienta y ordena:
—Dile que pase. ¡Ah! Y quiero que hables en persona con la profesora de chino. Localízala ya y que te diga qué hacía el viernes por la noche. Y comprueba su coartada si es que la tiene. Llévate a Iván.
El padre de Noa ha envejecido varios lustros en unas horas.
En sus ojos, que parecen haberse hundido en el cráneo, no queda ni rastro de indignación, ni de enfado, solo se advierte un miedo atroz.
Inimaginable. El policía no puede evitar compadecer al hombre devastado que toma asiento al otro lado de su mesa.
—Usted dirá.
Pero no, Víctor Renom no dice nada, no abre la boca.
Se limita a depositar entre ambos una cajita de cartón.
Con un gesto invita al policía a que la abra.
Tedesco procede a sacar de su caja el ratón de hojalata con el lazo rojo prendido en la cola.
Agotada la cuerda, el juguete no rueda, queda inmóvil entre ambos.
El policía lo contempla como escrutaría un jeroglífico, un misterio por desentrañar.
Instantes después eleva la mirada y busca los ojos del padre de la desaparecida.
Víctor aparta la vista.
—Lo han traído esta mañana. Un repartidor. Ha caído al suelo. Le habían dado cuerda, Rodaba. Alguien le había dado cuerda y rodaba como si estuviera vivo —recuerda en un murmullo.
—¿Tiene algún significado para usted? —inquiere el policía sin perderlo de vista.
Tarda en responder. Las lágrimas acuden a sus ojos. Víctor las retira con la manga del abrigo que no se ha quitado.
Asiente.
Tedesco aguarda. La experiencia enseña tanto o más que la escuela de policía. El silencio se espesa entre ambos. Sabe que no debe presionarlo. Hablará cuando reúna las fuerzas necesarias, cuando el mutismo le resulte insoportable.
—Desde que era muy pequeña siempre he llamado a Noa mi ratita.
Ya sé que puede sonar raro, pero era una forma cariñosa, una forma de decirle que la quería, que era mi hija y que la quería.
Que la quería mucho. Noa siempre fue más pequeña que sus amigas y mucho más silenciosa.
Y rápida, muy rápida. Se plantaba a tu lado en un suspiro, a veces incluso te asustaba porque no la oías llegar. Por eso…
Tedesco cabecea.
—Entiendo.
No le suena extraño. Él mismo siempre llamaba bicho a su hija Marina.
A veces la llamaba mi gatita. Hace años que dejó de hacerlo.
Marina ha heredado de él los ojos azules que al policía tanto le recordaban a los de una gata arisca que merodeaba por la escalera en la que creció junto a su despechada madre y a su abuela no menos amargada.
De él y de su padre, Franco Tedesco, el soldado italiano al que no llegó a conocer y cuyo único legado fueron unos ojos azules que viraban a gris con el paso del tiempo y un apellido que evoca unas tierras germanas que el policía no tiene intención de pisar.
Fina se refería a ella muy a menudo como renacuajo.
El inspector sabe mejor que nadie que no había en aquellas palabras nada despectivo, nada humillante.
Solo afecto, tanto como pueda imaginarse.
—Creo que se refiere a Noa, que es un mensaje.
—Es posible. ¿Cómo lo interpreta usted?
—No lo sé. No sé qué pensar. Lo primero que me ha venido a la cabeza es que alguien me dice: tengo a tu ratita. Como si el mensaje fuera para mí —añade—. Lo que no en-tiendo es porque ese alguien no pide dinero, porque no da unas instrucciones. Puedo pagar y lo haré. Pagaré lo que me pidan.
Se interrumpe unos instantes como si cavilara.
—Ya le he dicho que no sé qué pensar, pero algo me dice que, sea lo que sea, va dirigido a mí. Aitana nunca la ha llamado así.
Cuando acaba de hablar y abandona las manos sobre la mesa Tedesco observa que tiemblan y que todo él está tan tenso que parece vibrar.
—Tranquilícese. Necesito que recuerde. ¿Sabe a qué compañía pertenecía el repartidor? Es un detalle importante. Quizás podamos localizar al remitente.
Niega con la cabeza, pero no tarda en añadir:
—No tengo ni idea, lo siento. Debería haber…
Pero no he pensado en… —añade golpeándose la frente con la palma de la mano como si hubiera cometido un grave error—.
Fue Gladys la que abrió la puerta y recogió el paquete.
Quizás lo recuerde. El portero llamó para preguntar si le permitía subir, César también puede recordarlo.
—Está bien. Enviaré a alguien inmediatamente a hablar con ellos. Quizás podamos seguir la pista al paquete.
Víctor se lleva la mano a los labios y respira profundamente.
El policía puede oír el aire al pasar entre los dedos.
Sabe que hay quien procede de manera parecida para controlar la ansiedad.
Él mismo ha indicado en ocasiones a la víctima o al testigo de una agresión que debe respirar entre los dedos, que comprobar cómo discurre el aire ayuda a recuperar la serenidad y con ella el ritmo de la respiración.
—¿No recuerda usted nada más? ¿Algo que tenga que ver con una rata o con un juguete de hojalata? Quizás algún episodio de su infancia. A veces no somos conscientes y hemos causado algún daño, algún agravio…
El padre de Noa baja la mirada y permanece en silencio unos instantes. Finalmente eleva la vista y niega sin palabras, con un gesto.
Miente.
El policía no puede saberlo.
Tedesco, que a falta de una cifra que sirva de rescate, interpreta lo sucedido más como un ajuste de cuentas que como un secuestro; se siente obligado a insistir:
—¿Tiene usted algún enemigo? ¿Alguien quizás al que haya perjudicado en el pasado? ¿Alguien que pueda sentirse resentido?
Renom niega de nuevo y al hacerlo fija la mirada en sus manos que ha entrelazado sobre la mesa para evitar que temblaran descontroladas. A Tedesco el detalle no le pasa desapercibido.
—Hable con su esposa. Quizás para ella todo esto tenga otro significado —añade el policía, señalando el ratoncito de cuerda con la mirada—. Nunca se sabe.
—Lo haré.
—Y si recuerda cualquier cosa, aunque le parezca una tontería o algo descabellado, por favor, llámeme en cualquier momento.
Víctor cabecea en señal de asentimiento. Se levanta y se apoya en el respaldo de la silla. El triunfador hombre de negocios es ahora un pobre hombre que suplica:
—Por favor, encuéntrela.
—Haré todo lo posible.
Víctor Renom abandona el despacho. Desde el corredor el policía observa al hombre que camina en dirección a la salida y que no mira ni a derecha ni a izquierda, como si estuviera completamente solo en el mundo.
No ha llegado a la puerta de comisaría cuando Tedesco habla ya con Lidia que acaba de aparcar el coche policial cerca del restaurante de la profesora de chino.
—En cuanto acabéis os vais zumbando a casa de los Renom.
Esta mañana ha llegado un paquete, una rata de cuerda, un juguete.
Quiero saber si recuerdan al repartidor, la compañía de mensajería, cualquier cosa.
Hemos de seguir la pista al envío. Ya os explicaré por qué. Hablad con Gladys y con el portero.
Víctor sale a la calle consciente de que no lo ha dicho todo.
Hay algo más, algo terrible. La relación con su pasado le ha venido a la cabeza mientras conducía camino de la comisaria.
Un episodio oscuro que durante años ha conseguido mantener a raya y que reaparece en su mente cuando baja la guardia.
De vez en cuando lo ocurrido le roba el sueño o se manifiesta en forma de pesadilla.
Un anillo, una mano ensangrentada… Fragmentos de un episodio pasado que Aitana solo conoce en parte. Y así debe ser.
A solas en el aparcamiento desierto en el que ha dejado el coche minutos antes apoya los brazos sobre el volante y esconde el rostro. Se derrumba, se abandona al dolor y llora sin reservas. Sus sollozos atraviesan la carrocería.