Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
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Víctor

La noche del domingo Aitana ingiere un somnífero.

Necesita dormir. Tiene los nervios destrozados, todo la altera: el sonido del teléfono, las preguntas formuladas por la policía que considera insidiosas y malintencionadas, la continua presencia de los periodistas en la calle y sobre todo las conversaciones telefónicas con Raúl que ya no tiene fiebre y quiere regresar a casa…

No tiene la menor intención.

* * *

Minutos después, a solas en el lavabo, apenas reconoce en el espejo al hombre de las enormes bolsas bajo los ojos, la tez macilenta y el cabello sucio y desgreñado cuya apariencia es la de una cama sin hacer.

El mismo hombre asustado al que le tiembla la mano al acercar la taza a los labios y está a punto de perder el mundo de vista.

Quizás Ricard tenga razón al fin y al cabo. De poco podrá servirle a Noa un padre desquiciado y muerto de cansancio.

Aitana no se ha levantado todavía cuando César, el portero, sobre el que recae la ingrata responsabilidad de ahuyentar a los periodistas, llama para avisar de que acaba de llegar un repartidor que trae un paquete para la familia.

Víctor no recuerda si espera algún envío, de ser así ha dejado de interesarle.

Quizás sea cosa de Aitana que no encuentra el momento ni el valor para abandonar las sábanas ni para enfrentar la mirada de su esposo.

Nunca había imaginado que la culpabilidad se pareciera tanto a la muerte en vida.

Gladys atiende la llamada del conserje y, obedeciendo las instrucciones de Víctor, se dirige a la puerta. Raúl la sigue a todas partes. A diferencia de su padre al que apenas reconoce, la asistenta no parece otra.

El joven repartidor luce unas patillas que llegan hasta su mandíbula y el tatuaje de una luna en cuarto creciente en el arranque del anular.

Trae consigo el frío y el olor a marihuana.

Gladys lo reconoce de inmediato, en las calles de su barrio es un aroma habitual.

Frunce el ceño, acepta el paquete diminuto dirigido a Víctor Renom y se dispone a firmar la entrega.

Raúl admira las negras patillas en forma de boca de hacha y la llamativa gorra roja del repartidor con el logo de la empresa de mensajería.

Se le antoja un ser de otro planeta y abre unos ojos como platos antes de preguntar:

—No eres un maldito periodista, ¿verdad?

El chico del tatuaje lunar y aspecto de cuatrero niega con una gran sonrisa.

—No. Qué va. Qué más quisiera. Solo soy un repartidor. Traigo una cosa para tus papás.

Raúl observa que su nariz recuerda la aleta de los tiburones en los cuentos y advierte que su extremo se aplana cuando el chico sonríe.

No consigue desprender la mirada de su rostro.

Sigue fascinado por su aspecto cuando la asistenta cierra la puerta y le tiende un paquete poco más grande que una tarjeta de visita.

—Toma, llévaselo a papá. Pero lleva cuidado, que no se caiga.

Nada en el sobre blanco cerrado cuidadosamente con papel adhesivo y sin remitente indica el carácter de su contenido.

El niño lo sujeta y lo agita en el aire.

No suena. Le interesa. Por el peso no puede imaginar de qué se trata.

Raúl piensa en algún nuevo juguete, pero es poco probable.

Papá no recibe juguetes. Nunca. En su defecto imagina un objeto curioso, algo que le permita distraer el tedio y quebrar el silencio de un piso en el que Gladys anda casi de puntillas para no molestar a la señora.

Aunque se muere de ganas, sabe que no debe abrirlo.

Se acerca y le entrega el paquete a su padre.

Víctor acaba de recordar que le ha prometido al policía que le comunicará la llegada de cualquier carta, mensaje o llamada que pueda recibir vinculada con la desaparición de Noa.

Tedesco no ha mencionado los paquetes y tampoco tiene forma de saber si el contenido guarda o no relación con la ausencia de su hija.

Raúl aguarda expectante mientras su padre retira un fragmento de papel adhesivo, rasga el sobre sin miramientos y extrae una cajita de cartón de las que pueden comprarse en cualquier bazar.

Tira de la tapa para levantarla. Al destaparla su contenido, encajado en el pequeño receptáculo, cae al suelo, ronronea y se desplaza como si se tratara de un ser vivo.

Víctor deja escapar un grito ahogado, levanta un pie y se tambalea.

Raúl también. El objeto diminuto e inofensivo se mueve, es un ratón de hojalata.

Un juguete infantil de los que funcionan a cuerda que rueda ahora por el salón y choca contra uno de los pies del niño que se aparta de un salto y se tapa las orejas como si el rumor del mecanismo de cuerda fuera un clamor.

Salta y no deja de chillar.

Gladys observa la escena desde la distancia. Se ha llevado una mano a la boca para atrapar un grito. Se acerca al niño y lo sujeta por los antebrazos mientras susurra:

—Tranquilo, Raúl. Tranquilo, mi niño. No pasa nada. Solo es un juguete, no te hará daño. Solo es…

Víctor advierte que el ratón tiene un lacito rojo enganchado a la cola que se mueve trazando círculos en el aire.

Es una rata. Una rata de cuerda.

El juguete pierde velocidad hasta llegar a detenerse como si agonizara. Muere junto al sofá mientras Víctor lo contempla paralizado y Raúl deja de saltar. El niño no consigue arrancar la vista del juguete de lata.

Una ratita.

Gladys intenta apartar al niño, tira de él mientras le susurra que no pasa nada, que solo es un juguete, una broma, que no debe preocuparse por nada.

Raúl no se mueve, parece clavado en el sitio.

Cuando la asistenta se agacha y lo abraza el niño esconde el rostro en su escote y calla.

Está muy asustado. Sin dejar de repetir que no pasa nada Gladys trata de arrastrarlo hasta la cocina. El niño cede y consiente.

Aitana ha saltado de la cama. Inmovilizada por el horror se detiene en el umbral del salón. Le vienen a la mente las palabras de Víctor mil veces repetidas:

Mi ratita.

También ella cree comprender y se lleva la mano libre a los labios mientras, arrimada a la pared, se deja resbalar hasta quedar sentada en el suelo abrazada a sus rodillas y con los ojos desorbitados.

Víctor, con el corazón acelerado y la respiración mal acompasada, camina hacia atrás, se aparta, se sienta y se aferra a los brazos de la butaca como si alcanzara una madriguera.

No consigue moverse. No se movería aunque se abriera el suelo y engullera la butaca en la que se ha dejado caer.

Es tanto el horror que experimenta que todas sus vísceras parecen a punto de licuarse en su interior.

Una ratita de cuerda acaba de detenerse, de morir, en su salón.

Gladys en la cocina promete a Raúl que le hará los buñuelos que tanto le gustan.

—Podrías ayudarme.

El niño sigue sollozando cuando cierra la puerta, lo sienta en un taburete alto junto al fregadero, le besa la coronilla y lo mece mientras le abraza y repite.

—No pasa nada, mi niño. Todo está bien. Solo es un juguete. Todo está bien, corazón.

Es lo que haría por su propia hija, por Minerva, mentir, apartarla del horror.