Gladys
Tedesco desciende del coche policial en la esquina en la que convergen la calle Cadí y la calle Aneto en el Turó de la Peira, uno de los barrios de Nou Barris.
Hacía años que el policía no pisaba aquellas calles tristemente conocidas porque en ellas se destapó la aluminosis y lo hizo de la peor de las maneras, con resultado de muerte.
Un barrio de baby boomers que se ha transformado por entero, unas calles que parecen otras.
Han cambiado las gentes, las tiendas, los edificios que se concibieron todos iguales y que han dejado de serlo con el paso del tiempo y de las sucesivas y lentas rehabilitaciones.
Incluso la discreta y agreste colina cubierta de pinos y de zarzas a la que el barrio se encaramaba parece haber cambiado.
Observa que la han domesticado. Ahora la llaman parque y la han llenado de cercas, de bancos y de carteles.
Al inspector le sorprende que el bloque posea ascensor, ninguno de aquellos edificios de cuatro pisos más un ático construido en los años cincuenta lo tenía en su origen.
Alguien consideró que las familias humildes, en su mayoría inmigrantes, que se alojaron en ellos durante muchas décadas bien podían subir los cinco pisos cargando el cesto de la compra, el cochecito del niño o ayudando al abuelo escalón tras escalón.
—Por favor. —Señala las sillas junto a la mesa y les ofrece café o un refresco.
Hay recelo en la mirada de la mujer que permanece de pie mientras los policías se acomodan. Iván Cabrera y Lidia Sampedro se sitúan como casi siempre uno a cada lado del inspector en un comedor que es como un puño. Una mesa central, cuatro sillas y dos butacas pequeñas frente a un gran televisor.
Mauricio Tedesco rechaza el ofrecimiento con un gesto brusco que le obliga a llevarse un dedo a la nariz para retener las gafas.
—Gracias, solo será un momento —añade.
Lidia, que consume muchas tazas de café al día, no acepta por no contrariar a su superior.
—¿Quieren ver mis papeles? Todo está en regla. Los señores me contrataron hace años. Estoy aquí legal. Yo traje a mi hija por la reagrupación y todo fue como tenía que ser. Nosotras no…
—No se preocupe, Gladys. No lo dudo —la ataja el policía—. No estamos aquí por eso. Siéntese, por favor. No vamos a comprobar sus papeles, quédese tranquila. Estoy seguro de que todo está bien. Queremos hablar de Noa. Ya sabrá que ha desaparecido.
Gladys asiente. En su rostro la desconfianza deja paso a la compasión. Se sienta frente al policía y se santigua bajando la cabeza. Sabe que no todo el mundo comparte su fe, por eso sus movimientos son veloces, casi furtivos.
—Pobre criatura. No sabe cómo lo lamento. Espero que no le haya pasado nada malo —añade sentada en el filo de la silla y con las manos en el regazo. Los policías la incomodan. También a su hija que no se molesta en ocultar su aversión.
—¿Puede hablarnos de Noa? ¿Cree que tenía algún problema en casa o en el colegio?
—No lo creo, la verdad. Era una niña… —Gladys, azorada, se corrige de inmediato, baja la cabeza y se santigua de nuevo como para reparar el error y conjurar la posibilidad de que Noa haya perdido la vida.
El policía observa que una cruz dorada cuelga de su cuello entre los cordones blancos de su sudadera con capucha.
—Perdón. No sé por qué lo he dicho. No es que yo piense que Noa esté muerta. Guárdeme Dios de pensar que la niña…
—No importa —la interrumpe el policía—. No se preocupe. Siga, por favor.
A Tedesco el error en el uso del tiempo verbal no le pasa desapercibido.
Lo ha visto en otras ocasiones al interrogar a personas relacionadas directa o indirectamente con una desaparición.
En la mente una cosa parece acarrear la otra.
Aunque no puede obviar el detalle, sabe que el equívoco no siempre significa alguna forma de implicación.
Lidia toma nota del desliz. La hija de Gladys, Minerva, frunce los labios. Se diría que la irrita la torpeza de su madre. También ella se ha dado cuenta del empleo incorrecto del tiempo verbal. Apunta ya en su rostro la mirada precoz y severa de una preadolescente implacable.
Gladys cabecea unas cuantas veces antes de continuar.
Lo hace a menudo cuando reflexiona, es un hábito que adquirió en la escuela cuando el maestro, en su Lima natal, le insistía en que debían pensar bien antes de hablar.
Piensa mejor en movimiento. Lidia, impaciente por naturaleza, se remueve en la silla sin nada que anotar.
—Es una niña que nunca ha dado un disgusto.
Trae buenas notas, es muy educada, silenciosa, ordenada.
Es un tesoro. No grita ni se enfada ni cuando su hermano se pone insoportable.
Y si se enfada, se aguanta. Tiene la paciencia de una santa con él.
Y siempre parece estar de buen humor, siempre sonríe.
La mirada recelosa de Minerva no se ha suavizado tras el encendido halago que su madre hace de Noa.
Gladys hace una pausa, como si reflexionara.
—No sé, creo que pasa con los niños chinos, siempre sonríen ¿sabe?
Y quizás luego la procesión va por dentro, pero una no puede saber si…
Mi hija tiene una amiga, Wen Wen, que me recuerda a Noa.
En su casa las han pasado putas, con perdón —se disculpa—.
Con lo de la pandemia sus padres han estado a punto de cerrar el bar y volverse a China.
A punto, a punto. Yo lo sé por su hermana mayor, pero Wen Wen es un encanto, siempre sonríe como si no pasara nada, como si todo fuera bien.
Minerva frunce los labios y entorna los ojos. Tedesco cree oír un leve resoplido procedente de la butaca en la que la niña simula trabajar con su ordenador. Un aparato que había pertenecido a Noa y que había sido substituido por uno mejor en su último cumpleaños.
—¿Diría usted que puede estar disgustada con sus padres? ¿Que quizás haya huido para alejarse de la familia?
—Yo diría que no. Tiene todo lo que necesita y mucho más. El padre la adora, eso lo he visto yo y lo ve todo el mundo. La quiere tanto o más que si fuera su hija… Si hasta quiso que estudiara chino. No sé, yo diría que la quiere como si fuera su padre…
El silencio se adueña del pequeño comedor mientras Gladys cabecea buscando la palabra adecuada.
—Biológico. —Lidia Sampedro, incapaz de soportar sus silencios, acaba la frase en voz baja—. Su padre biológico.
—Eso, como si fuera su padre biológico.
—¿Noa estudia chino?
Gladys asiente.
—¿En una academia? —pregunta el policía, que ignoraba que asistiera a clases.
—No, que va. Viene una profesora a casa un día a la semana. Los miércoles por la tarde. Una chica joven que se ha criado aquí. Jyanging. Yo no sé pronunciarlo, pero es algo así. Otra que siempre sonríe. Pase lo que pase.
Tedesco toma nota mental y retoma el interrogatorio donde lo dejó.
—¿Diría que Víctor Renom la quiere más que su madre? —inquiere el policía, aprovechando el sesgo apuntado por la asistenta.
Gladys titubea y se muerde los labios antes de responder.
—No, no es eso. Ella la quiere, claro que la quiere, y mucho, pero…
No sé, está muy pendiente de su hijo, se desvive por él.
Raúl tiene toda su atención. Siempre, haga lo que haga.
Y no es que sea mal crío, pero no se está quieto en ningún momento.
En la escuela tiene algún problema porque no para quieto.
Yo creo que está algo consentido, pero yo no soy nadie para…
Minerva pone los ojos en blanco y el gesto no pasa inadvertido al policía. Parece pensar que el crío es insoportable, un incordio. Probablemente ha oído a Gladys quejarse en muchas ocasiones de la conducta de Raúl.
—Además, creo que tiene una enfermedad, una cosa que llaman TD… Es lo que he oído decir. Toma unas gotas, pero no sé decir…
—TDH —la ayuda Lidia de nuevo.
Tedesco también reconoce en las palabras de la asistenta el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad.
—¿Sabe si le gusta algún chico? Está en la edad de enamorarse de algún compañero.
La hija de Gladys levanta la mirada del teclado súbitamente interesada en el rumbo de la conversación.
—No lo sé. Noa no me tiene tanta confianza.
Yo diría que no. —Niega con la cabeza para subrayar sus palabras—.
Por la casa nunca ha aparecido ningún chico y piense que yo paso allí muchas horas.
Solo trae amigas. He visto a una que se llama Vivi y a Chantal que es la que más viene.
Ninguna más. —Se encoge de hombros y prosigue—: No sé.
Ya le digo que creo que no. Nunca la he visto distraída, nunca desatiende el trabajo de la escuela ni la he oído hablar por el móvil en el plan en el que hablan las chicas cuando… Ya sabe.
Tedesco sabe.
—Entiendo. ¿Tiene alguna idea de por qué ha desaparecido?
Niega con un gesto resuelto. Sin fisuras.
—Creo que eso es todo. Si recuerda algo, llámeme, por favor. A cualquier hora. No importa.
Gladys asiente y les acompaña a la puerta.
Minerva baja la mirada hasta el teclado y regresa a la rutina de los deberes escolares. Parece aliviada al perderlos de vista. Está en su bagaje genético desconfiar de la policía, igual que los están sus labios oscuros o sus ojos como el alquitrán.
—¡Ojalá la encuentren pronto!
Mientras se acomoda en el asiento trasero del vehículo policial, Tedesco llama a Víctor Renom. Necesita hablar con él cuanto antes.
El padre de Noa conduce de regreso a casa tras haber recorrido en ambos sentidos el camino seguido por la adolescente la noche en que desapareció. Reconoce el número del policía y atiende la llamada utilizando el manos libres.
—¿Alguna novedad? —inquiere casi a gritos.