Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Aitana
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Aitana

No encontró rastro alguno de Noa en los hospitales de la ciudad y apenas ha conseguido dormir alguna hora cerca ya del alba. No quedan teléfonos a los que seguir llamando.

Al atravesar el salón para atender el timbre del portal, advierte que Víctor ya no ocupa la butaca junto al ventanal en la que ha pasado la noche.

—Soy Mauricio Tedesco, inspector de los Mossos d’Esquadra.

—No. Pero necesitamos hacerles unas preguntas.

Aprieta el pulsador y busca una bata mientras espera la llegada del policía.

Recibe a un hombre de edad avanzada con una bufanda azul al cuello que parece cargar el peso del mundo sobre su espalda. Unas gafas doradas están a punto de desprenderse de una nariz en pendiente extrema. Le acompañan dos agentes.

—Mauricio Tedesco —se presenta, y le tiende la mano para estrechar la suya.

A Aitana se le descompone el rostro y le tiemblan las piernas. Se acerca a la pared en busca de apoyo.

El policía adelanta las manos hasta sus antebrazos para tranquilizarla y sujetarla si es preciso.

—No tenemos noticias. Todavía no. No se asuste. Solo queremos hacerle unas preguntas. Estos son los agentes Lidia Sampedro e Iván Cabrera.

Aitana asiente y olvida los nombres de inmediato, como si acabara de pasar un paño sobre una pizarra.

No intenta retenerlos. ¿De qué serviría?

Reconoce al agente impasible de la mirada intimidante que permanece completamente inmóvil frente a ella.

Es el mismo que anotó sus respuestas cuando una pareja de Mossos d’Esquadra se personó para tramitar la denuncia por la desaparición.

Invita a pasar a los policías y les indica que pueden sentarse.

Tedesco desestima butacas y sofás y, sin cumplidos, se dirige a la mesa y retira una de las sillas.

Sabe que sus lumbares se resentirán cuando intente ponerse en pie desde las profundidades de un sofá.

El dolor le acompaña a todas partes desde hace años.

Ha aprendido a convivir con él y minimiza en lo posible los gestos que puedan avivarlo.

Los agentes imitan su gesto y se sientan uno a cada lado de su superior.

Aitana se sitúa frente a ellos al otro lado de la gran mesa del salón.

El lugar que ocupa, como si estuviera a punto de ser sometida a un interrogatorio, hace que se sienta todavía más culpable.

—También quisiéramos hablar con su esposo —señala el policía, que de un vistazo ha podido apreciar las dimensiones casi irreales del salón, la belleza de la alfombra que le duele pisar y la calidad de la madera sobre la que apoya los antebrazos.

—Ha salido —responde Aitana, que ignora que Víctor ha vuelto de nuevo al camino que Noa recorrió la noche de autos en su intento de regresar a casa.

No sabe cuándo se marchó ni adónde se dirigía. Hace horas que no le dirige la palabra y que apenas la mira. Dos espectros en un piso que, en ausencia de Noa y de Raúl, se ha convertido en un páramo.

—¿Sabe si tardará en volver?

Se encoge de hombros y niega con un gesto. De hecho, no sabe ni si regresará a casa, pero no piensa reconocerlo.

—¿Tienen ustedes asistenta?

—Sí, Gladys.

—Nos gustaría hablar con ella.

—Es domingo, no está aquí.

—Pero podrá darnos su dirección o su teléfono —observa Tedesco, que repara en la blancura de los dientes de la mujer.

Recuerda las palabras de la abuela Jacinta, una mujer que solo había conocido la estrechez y los apuros económicos derivados primero de la guerra y más tarde de la viudedad temprana, una anciana precoz que aseguraba que la miseria se advierte en los dientes.

El inspector no puede evitar pensar que la riqueza también se aprecia en una dentadura espléndida.

—Desde luego.

La conversación que mantienen a continuación no dista mucho de la que sostuvo con los agentes que cursaron la denuncia.

Tedesco le informa de que no han encontrado en el portátil de Noa nada que permita seguir algún rastro.

No parecía mantener contacto con desconocidos ni conservaba en su ordenador nada que hiciera sospechar que pensaba acudir a una cita al salir del concierto. Aitana asiente, no esperaba otra cosa.

El inspector procede a indagar en las razones que impulsaron una adopción que implica un largo y difícil proceso.

Lo hace con toda la delicadeza que consigue reunir.

Aitana responde sin titubear. Nada que esconder.

Esquiva la mirada de Cabrera y se refugia en la de Tedesco que le resulta firme, pero amable.

Por último, el policía pregunta por el carácter de las relaciones de Noa con cada uno de los componentes de la familia.

Algunas de las preguntas del policía sorprenden a Aitana, parecen indicar que sospecha de ellos, de sus padres.

Se indigna. Tedesco se disculpa y trata de hacerle entender que su deber como responsable del caso es contemplar todas las posibilidades por disparatadas que puedan parecer.

La madre de Noa intenta responder sin acritud.

No siempre lo consigue. Insiste en que su hija no tuvo nunca problemas ni con ella, ni con Víctor ni con Raúl.

Reitera que adoraba a su hermano y que era una adolescente feliz.

—Nunca tuvo problemas ni en casa ni en la escuela —afirma, y parece convencida.

Tedesco la contempla por encima de sus lentes como si pudiera leer en su bóveda craneal.

Aitana cree advertir el escepticismo en su mirada y baja la vista.

Junto a él Iván Cabrera la observa. Es tanta la inmovilidad del agente que se diría que ni pestañea, también su mirada parece perforarla.

En esta ocasión es Lidia Sampedro la que anota sus respuestas.

Su letra es redondeada y menuda y la rapidez con la que escribe resulta sorprendente, como si fijara todas y cada una de las palabras pronunciadas.

Aitana se siente incómoda y se revuelve en la silla. Espera que las preguntas acaben pronto. Quiere llamar a Víctor, oír su voz, averiguar dónde está y qué es lo que hace.

El inspector carraspea antes de abordar la próxima pregunta, una de las más difíciles. Lidia se yergue en la silla. Iván, completamente inmóvil, afila la mirada. Ambos conocen su forma de proceder.

—Necesitaremos comprobar dónde se encontraba su marido la noche del viernes.

—¿Qué quiere decir? —Aitana Nasarre se tensa como si estuviera a punto de romperse—. No estará pensando que…

—No pienso nada. No sospecho nada, pero es mi obligación, nuestra obligación. Debemos comprobar todos los movimientos, también los de su esposo.

—Es un disparate, es… Víctor la adora. Es… es…

—Por favor. ¿Nos puede indicar el hotel en el que se alojaba? Solo necesitamos eso. —Tras unos segundos de silencio, añade—: También puedo dejar aquí a uno de mis agentes y esperar a que su marido regrese.

Sabe que la mujer aterrorizada y exhausta que acaba de cerrar los ojos como si necesitara un respiro, rechazará la posibilidad de tener a un policía rondando por la casa quizás durante horas. A sus casi sesenta años Tedesco es gato viejo.

—Mi marido siempre va al mismo hotel, viaja mucho a Perpignan. Siempre se aloja en La Fauceille —responde a contrapelo.

Tedesco se pone en pie segundos después y al hacerlo cree poder oír chirriar sus lumbares. Lidia e Iván le imitan de inmediato.

—Les mantendré informados —promete.

Mientras salen a la calle, Lidia contacta ya con una gendarmería en Perpignan.

El inspector no se ha equivocado con ella.

Gato viejo.