Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Clara
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Clara

—Soy Noa Renom. Noa sin hache.

Desapareció la noche del viernes. Ha pasado mucho tiempo, demasiado. Nadie ha vuelto a verla tras el concierto en el que interpretó con destreza y en solitario una sinfonía de Mozart.

Mejor así, piensa.

—Sigue sin aparecer.

Albert Viñals, su esposo, la contempla durante un instante mientras se despereza.

—¿Adoptada o de restaurante? —pregunta en el tono que emplearía para interesarse por la procedencia de un filete.

—Adoptada —responde Clara, y nota que una profunda aversión le revuelve el estómago.

Albert la mira de nuevo, sonríe y acaba por restarle importancia al asunto.

—Seguro que aparece pronto. Yo no me preocuparía demasiado. Ya sabes que a esa edad… Qué te voy a explicar, tú eres la experta. —Y salda la conversación dando el primer sorbo a su café. Lo bebe siempre muy caliente. Abrasa. No soporta el café frío.

—No lo creo. Tú lo has dicho, yo soy la experta. —Clara no añade nada más. Hace tiempo que no dice lo que piensa y que se reprocha un silencio cobarde y compasivo a la vez.

Clara sabe que las amigas de Noa dedicarán el domingo por la tarde a colgar fotocopias con su fotografía en árboles, aparadores comerciales y postes.

Piden información a la ciudadanía y facilitan el teléfono de la policía y el de la familia de la desaparecida.

De buen grado se sumaría a ellas como han hecho ya algunos padres y no pocos profesores para empapelar la ciudad con su imagen.

Albert no lo comprendería, diría que no le pagan por regalar su tiempo.

Clara prefiere no discutir. Su marido no es una persona empática.

Albert, todavía en pijama, apura su café y prende ya el primer cigarrillo.

Entorna los ojos con la primera calada. Parece feliz.

Clara hace una mueca de rechazo, hace meses que detesta el olor del tabaco y que no soporta el aliento de su marido que huele a cenicero.

A veces, en los días malos, piensa en las cenizas de una urna mortuoria.

Como si fuera él, y no ella, el que muriera por dentro.

Clara, en albornoz, se seca el pelo con una toalla y lamenta en voz alta que no la hayan encontrado todavía. No puede evitarlo. Necesita hablar de Noa.

—Tranquila, aparecerá, ya lo verás —asegura su marido como si estuviera en posesión de información privilegiada.

Clara tuerce el gesto y calla. Le desagrada su tranquilidad a prueba de bombas.

No se molesta en rebatirle. No le habla de la malsana autoexigencia de Noa, ni de su exagerada disciplina ni de sus muchos miedos.

De todos sus miedos. No vale la pena. Tampoco del mal presentimiento del que no consigue librarse.

Finalizado el desayuno, Clara recupera la novela que arrastra desde hace semanas y en la que no logra centrar la atención.

La vista viaja de una línea a otra, resbala y hace filigranas sin que consiga retener lo que lee.

De vez en cuando pasa una página como si avanzara en la lectura.

Podría no hacerlo. Podría demorarse durante horas resiguiendo los mismos renglones, uniendo las mismas letras en palabras carentes de significado.

Aunque Albert no lo sabe, Clara Dalmau abandona el salón en el que deja discurrir las horas del domingo por la mañana y con la mente sobrevuela calles y azoteas hasta alcanzar un segundo piso que se abre a una plaza amable y concurrida.

Se evade. Piensa en los brazos que tanto echa en falta, anhela las dulces caricias adúlteras y el contacto de aquellos labios que tan bien encajan en los suyos.

También desea hablar de Noa con la seguridad de ser escuchada y comprendida.

Los encuentros son pocos, breves y siempre tienen lugar durante los días laborales. A Clara los fines de semana en compañía de Albert se le hacen eternos, inacabables, largos como día sin pan.

Abandona definitivamente la novela y se distrae siguiendo las noticias en el móvil, continúa esperando leer que han localizado a la alumna desaparecida y que se halla en su casa sana y a salvo.

Mientras tanto su marido, con la mirada en la pantalla del ordenador, sigue una serie de espías.

Todas sus series son de espías. Albert no se cansa de repetir que se equivocó de momento histórico, que debería haber vivido durante la Guerra Fría.

Clara no podría estar más de acuerdo. Ambos se equivocaron, él de generación, ella de pareja.

Piensa en ello a menudo. Resulta terriblemente irónico.

Y amargo, muy amargo. Albert no parece albergar ni la menor sospecha.

No desconfía de ella ni repara en sus mentiras, no reconoce las señales del desapego ni parece apreciar el menor distanciamiento.

Sigue asegurando a los cuatro vientos que tiene vocación de espía y es incapaz de reconocer un engaño cuando lo tiene delante, piensa Clara. Y al hacerlo experimenta una sensación emparentada con el remordimiento.