Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
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Víctor

No recuerda nada del trayecto de regreso a casa.

Como si un agujero se hubiera abierto en su memoria y por él hubieran desaparecido los últimos minutos como lo haría el agua de la lluvia por una alcantarilla.

Es el efecto del miedo. No es la primera vez que le sucede algo parecido.

El miedo acentúa algunos recuerdos mientras otros se desvanecen por completo fulminados por el pánico.

Pasados unos minutos la voz de su esposa al teléfono deja de ser su voz para ser solo un rumor, un sonido lejano del que ya no espera nada. Sus palabras intuidas pierden sentido y cada minuto que pasa le recuerdan más a una salmodia. Algo le dice que no dará con Noa en la cama de un hospital.

Nota la fatiga en los párpados mientras en el estómago se le acumulan los peores presagios.

No puede dejar de pensar en los perros olisqueando la ropa de su hija y persiguiendo su rastro entre las matas mientras sus patas socavan la tierra todavía húmeda ni en los bastones separando las ramas para despejar el terreno.

Quizás los policías que escudriñaban entre los arbustos, que se alejaban de la carretera y se perdían entre la vegetación, se hayan retirado ya con la caída de la noche.

No se hace ilusiones, sabe que buscaban a ras de tierra el cuerpo magullado o muerto de Noa.

La flor pisoteada en la cuneta. La margarita que ya no es blanca sino del color del barro.

Cierra los ojos como si al hacerlo pudiera borrar la imagen de los coches policiales estacionados a un lado y otro del camino, como si perros, bastones y agentes de policía pudieran dejar de existir, como si en la lejanía las grúas ya no arañaran el cielo y la brisa se hubiera detenido sobre las cabezas.

Como si pudiera ver a Noa contemplando extasiada las ristras de luces encendidas.

No lo logra, sigue recordando la escena, el doloroso y aterrador rastreo.

Solo una lámpara de pie ilumina el salón y se encuentra justo en el extremo más alejado de la butaca que ocupa.

La oscuridad se cierne en torno al hombre desolado, como si lo abrazara.

Es tanto el cansancio y son tan largas las horas de la espera que el sueño acaba por vencer toda resistencia.

Los párpados siguen pesando y de repente la cabeza se inclina involuntariamente hacia el hombro, se balancea.

Corrige la posición y se endereza muy despacio hasta que, vencida, oscila de nuevo como si titubeara y vuelve a caer hasta casi rozar la clavícula.

Segundos más tarde se alza con un movimiento brusco, con un sobresalto. Con una mueca de dolor.

Víctor Renom abre los ojos y recuerda. Solloza. Acumula muchas horas sin dormir, pero se resiste a dejarse vencer por la fatiga y la falta de sueño.

Finalmente, cercana ya la hora de la cena que no ingerirá, su cabeza cuelga hacia adelante y la barbilla roza su esternón.

Víctor dormita mientras Aitana sigue al teléfono repitiendo una y otra vez las mismas palabras con creciente desaliento.

No es el suyo un sueño profundo sino una extraña duermevela plagada de perros, de arbustos, de bastones, de chalecos fluorescentes y de margaritas.

Un dormir sin dormir salpicado de imágenes inquietantes.

Revive a Gabriel Roberts con su bufanda de lana roja y la brocha en la mano, el conserje dibuja gran margarita blanca sobre el hormigón.

Víctor recupera, desde el abismo del sueño, la imagen de la ciudad casi desierta y ya salpicada de luces al atravesarla al volante de regreso a casa con el atardecer.

El cuentakilómetros supera la velocidad permitida mientras las gaviotas vuelan tan bajo que parecen a punto de estrellarse contra el parabrisas.

Pisa el freno. No es la primera vez que en su mente las imágenes se encadenan en un delirio pavoroso.

Una arrastra a la siguiente que resulta siempre más espantosa que la anterior en una especie de carrusel endiablado.

Una gaviota picotea el cristal durante un semáforo. El ruido es espantoso.

Víctor se agita en la butaca, intenta apartar la cabeza. Tiene los ojos cerrados y la respiración acelerada. Justo antes de despertarse con el corazón enloquecido advierte una mano junto al cambio de marchas.

Una mano de mujer con un anillo plateado.

Un uróboro.

Un círculo endiablado.

El perpetuo retorno.

La eternidad.

Una mano ensangrentada que siempre encuentra un lugar en sus pesadillas. Siempre.

Grita y se sujeta a la butaca como si, a bordo de un avión atravesase un tramo de turbulencias, como si viajase todavía en el vehículo que conducía años atrás y que está a punto de separarse del suelo y acabar estrellándose contra un árbol.

El móvil, que descansaba sobre el brazo de la butaca, cae al suelo. Acaba de abrir los ojos y a su cara aflora el espanto.

Aitana aparece en el umbral del salón con una pregunta en el rostro devastado.

—No ha sido nada. Me he dormido.

—Pero…

—Solo ha sido una pesadilla. No te preocupes.