Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
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Víctor

No hay nadie en las inmediaciones. Nadie pasea a su perro ni corre para mantenerse en forma.

Demasiado frío. Tampoco hay cafeterías ni comercios en muchos metros a la redonda.

Distingue la alta silueta del conserje que se aleja, se dirige a la pista de basket.

Es tan alto que todos sus pasos parecen zancadas.

La vía sinuosa que desciende en dirección a la ciudad está desierta, como lo estaría probablemente la noche anterior cuando Noa empezó a caminar.

Desierta y oscura como la boca de un lobo, piensa y se sobrecoge al imaginar a su hija emprendiendo la pendiente en dirección a la Diagonal mientras empieza a llover y se esfuman los asistentes al concierto.

Abandona el coche y se dispone a seguir los pasos de Noa.

La brisa húmeda y fría que proviene del mar es la misma que pudo sentir la noche anterior, la misma que acarició su miedo y que la acompañó cuando desapareció.

Piensa en ello mientras sube las solapas de su abrigo y guarda las llaves en el bolsillo.

Suspira y echa a andar con la mirada en los flancos de la carretera.

Conoce el trayecto. Sabe que en la montaña apenas hay tramos en línea recta y que la pendiente se acentúa conforme el paseante avanza.

Camina despacio mientras observa ambos lados de la estrecha carretera que muere en la Diagonal.

Teme hallar a Noa tirada en una cuneta como una flor pisoteada.

Intenta apartar el atroz pensamiento. No lo logra.

El miedo hace que le falte el aire y que se detenga unos instantes apoyando las palmas en las rodillas e intentando regular la respiración.

Temblando.

Apenas ha recorrido unos doscientos metros cuando al embocar una curva cerrada distingue dos vehículos de policía y varios agentes con chalecos reflectantes que, en la distancia, examinan los márgenes.

Llevan bastones en las manos para buscar entre los arbustos.

Por un momento piensa que pueden pinchar a Noa mientras remueven hierbas y ramas.

Ha visto la imagen muchas veces cuando en los noticiarios se ocupan de los sucesos más trágicos que raramente acaban bien.

A punto está de gritar que se detengan, que tengan cuidado, que pueden hacerle daño.

Aprieta el paso. Comprueba que dos de ellos, uno a cada lado de la carretera, tiran de la correa de un perro que husmea entre los matorrales.

El más alto sostiene una sudadera color rosa con una margarita blanca a la altura del esternón, la preferida de Noa.

La reconoce de inmediato. Es la misma que se llevó la policía porque todavía no había ido a parar a la lavadora y conservaba el olor de su hija.

El corazón le da un vuelco y siente ganas de vomitar. El instinto le exige que corra y le arranque al policía la sudadera de las manos.

Duda.

Se detiene unos instantes. Observa y es observado.

Quizás deba dejar la tarea en manos de la policía.

No lo hace. No puede. Es el padre de Noa, tiene el derecho y el deber de buscarla, la obligación de reparar el error de Aitana.

Un error de años, el que llevó a su hija a desconfiar de ellos y a esforzarse en todo, a intentar ser la mejor, la hija perfecta.

Sigue adelante con las manos en los bolsillos.

No se identifica al pasar junto a los agentes.

Una mujer muy joven y rápida de movimientos se dirige a él y le pide el DNI .

El cabello castaño atado en una cola danza frente a su nuca.

A su rostro asoma la determinación. De nada servirá llevarle la contraria comprende Víctor que le muestra su documentación e intenta explicar su presencia.

—Soy el padre de Noa Renom. Quiero…

—Por favor, déjenos esto a nosotros —le pide la agente que se identifica como Lidia Sampedro y adelanta una mano para impedirle el paso.

A pocos metros el mosso que sostiene la sudadera la oculta a su espalda. Se siente violento. A Víctor el movimiento no le pasa desapercibido.

—Pero puedo ayudar, soy su padre. Dos ojos más siempre serán…

La agente niega con un gesto.

—No voy a molestar, lo prometo. Necesito hacer algo, necesito…

—Por favor —insiste un policía entrado en años que se aproxima cuando advierte que se trata del padre de Noa—. Soy el inspector Mauricio Tedesco, dirijo la investigación, me ocupo de la desaparición de su hija.

Es alto y corpulento. Camina ligeramente encorvado, como si intentara disimular una estatura excesiva, como si tratara de acortar distancias y aproximarse al resto de los mortales.

Unas gafas de montura dorada guardan el equilibrio en la punta de su nariz y dejan al descubierto unos ojos de un gris azulado que lo miran como si pudieran leer en sus meninges.

Viste un abrigo oscuro y se ha anudado una bufanda azul al cuello, un regalo reciente de su hija.

Afirma estar al mando al tiempo que le tiende la mano. Víctor adelanta la suya y la retira dolorida. Los dedos del inspector podrían triturar los de Víctor Renom.

—Solo díganme si tienen alguna pista, si han encontrado algo —suplica guardando el DNI .

—Nada por el momento, estamos peinando la carretera —responde el policía mientras remonta las gafas nariz arriba con el índice en un gesto que repite cientos de veces al día—.

No hemos encontrado testigos ni imágenes, pero seguimos buscando.

Ahora le pediría que… —Y señala con la mirada el camino de regreso al Saint Michael—.

Si hallamos alguna pista, por pequeña que sea, serán ustedes los primeros en saberlo. Se lo prometo.

—¿No han localizado ninguna imagen? Alguna de las torres puede tener cámaras que… —sugiere.

Antes de que acabe el policía niega con un gesto.

—No hay imágenes que nos puedan servir, solo las de las puertas del centro. La cámara recoge la entrada y el arranque de la carretera y no nos permiten deducir casi nada. Solo que estaba sola cuando empezó a caminar.

—¿Quizás un coche la atropelló mientras…?

Tedesco le interrumpe:

—Por favor. Déjenos hacer nuestro trabajo.

Hay autoridad en sus palabras y en sus gestos.

Víctor se retira a regañadientes y emprende el regreso a su coche.

Necesita confiar en la policía. No le queda otro remedio.

Vuelve sobre sus pasos mientras las gaviotas sobrevuelan la montaña entre graznidos.

Víctor se encoge involuntariamente como si las aves le amenazaran.

Detesta las gaviotas. Recuerda que su padre se refería a ellas como las ratas del cielo.

Desde la distancia saluda a Gabriel que repasa con una brocha uno de los postes que sostienen las cestas en la pista de basket.

El conserje levanta la cabeza a modo de reconocimiento.

Tiene los ojos llorosos por el frío y una bufanda roja en torno al cuello.

De la brocha se desprende una gota de pintura blanca que cae a sus pies. El conserje la retira con un trapo.

Víctor no entiende sus palabras, pero cree oírlo refunfuñar.

Recuerda que Noa explicó que su mujer había muerto meses atrás. Sentía pena por Gabriel que siempre andaba solo y triste.

Víctor Renom grita el nombre del conserje y con un gesto le pide que se acerque.

Gabriel Roberts deja la brocha en equilibrio sobre el bote de pintura y se aproxima resoplando y frotándose las manos. Tiene la piel muy clara y la nariz y las mejillas cuajadas de capilares azulados.

Le pregunta por Noa. Quiere saber si recuerda haberla visto la noche anterior, si estaba con alguien o si andaba sola.

El conserje, hombre de pocas palabras y menos gestos, responde que no al tiempo que niega con la cabeza.

—¿No recuerda nada? —insiste.

—No salí de casa. Lo siento. El concierto estaba fuera de mi horario. Cuando acaban tarde el director o los profesores se encargan de cerrar.

Víctor le da las gracias y se dispone a aproximarse a su coche.

—Espero que la encuentren pronto —susurra, y se encoge de hombros antes de alejarse de nuevo y recuperar la brocha que ha dejado un diminuto charco blanco sobre la pista.

—¡ Shit !