Aitana
Ya no puede más.
Siguiendo las instrucciones de la policía solo responde si el número es desconocido.
Quizás se trate de un secuestrador que pide un rescate, por eso no pierde vista la pantalla.
Espera de todo corazón que así sea, que puedan pagar por la vida de su hija.
No importa la cantidad. Todo cuanto tienen sería poco para recuperar a Noa.
Para distraer el miedo hace un listado con los teléfonos de los principales hospitales de la ciudad.
Aunque la policía se lo ha desaconsejado, piensa llamar a todos, uno por uno, e insistir hasta que la atiendan.
Le tiembla la mano mientras anota los números del Hospital Clínico, del Hospital de Bellvitge, de Sant Pau y de La Vall d’Hebron. Los primeros que le vienen a la cabeza.
Utiliza el teléfono inalámbrico mientras mantiene el móvil sobre la mesa, a pocos centímetros de su mano.
Tarda una eternidad en conseguir saber que no ha ingresado ninguna chica de las características de su hija y sin identificar.
Ruega, suplica y llama varias veces a todos los teléfonos que comunican con las diferentes secciones de cada hospital (dirección, administración, urgencias…) Tampoco ha muerto ninguna adolescente que responda al perfil de Noa.
El móvil suena un par de veces. No atiende la primera llamada que procede del teléfono de Sylvie Bertrand, la madre de Chantal.
Nada desea menos que hablar con la afectada Sylvie a la que imagina subida a una bicicleta estática en el gimnasio en el que pasa las mañanas enteras maquillada como para un desfile.
Deja un mensaje que no piensa escuchar. La segunda llamada es de un número que no le resulta familiar.
Interrumpe la conversación que mantiene con las urgencias del Hospital de Sant Pau, el último del primer listado.
—Soy Mauricio Tedesco, inspector de los Mossos d’Esquadra y quería explicarles cómo avanza la investigación. Si no me equivoco este es el móvil desde el que usted llamó a comisaria.
De la conversación que mantiene con el policía Aitana deduce que no tienen pistas sobre el paradero de su hija.
Ninguna. Tedesco, que dice hallarse en el lugar aproximado en el que Noa pudo desaparecer, le asegura que hacen cuanto pueden y le facilita su número para que puedan contactar directamente con él.
También le notifica que probablemente visite el domicilio familiar durante las próximas horas para intentar hallar algún indicio que permita avanzar en la investigación.
A pesar de que la falta de noticias sea una mala noticia la voz serena del policía resulta tranquilizadora.
—Gracias —susurra Aitana Nasarre incapaz de seguir hablando.
Cuando minutos después consigue sobreponerse y rescatar un hilo de voz de un mar de lágrimas intenta recordar otros centros hospitalarios de la ciudad y procede de la misma forma (Sagrado Corazón, El Pilar, El Remei, Platón…).
Son tantos que puede estar horas al teléfono.
Es un alivio pensar que, en ausencia de Víctor y de Raúl, tiene algo que hacer.