Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Víctor
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Víctor

Enfila la Diagonal en dirección al Saint Michael y lo hace sobrepasando la velocidad máxima como si de la rapidez de su vehículo dependiera la vida de Noa.

Es la hora de la sobremesa, han desaparecido los paseantes y solo unos cuantos runners y algunos jóvenes sobre sus patinetes eléctricos discurren por el lateral de la gran avenida.

Las luces que anuncian la inminencia de la Navidad todavía no han sido encendidas.

Recuerda cuanto le gustaban a Noa las luces de colores.

Un tornado ocupa su mente y dispersa sus pensamientos en todas las direcciones.

Cabecea mientras conduce y un observador atento distinguiría el movimiento de sus labios que repiten el nombre de su hija.

Espera que Noa esté en casa para Navidad.

No puede imaginar las fiestas sin ella. La vida sin ella.

Sin Noa no habrá nada que celebrar en el futuro. No quedará vida por vivir.

Solloza sin dejar de pronunciar el nombre de su hija.

Anochecerá muy pronto. Sabe que apenas dispone de un par de horas, quizás algo menos, antes que la oscuridad se derrame sobre la ciudad. Con el anochecer en las estribaciones de Collserola apenas quedará visibilidad, las probabilidades de encontrar a Noa disminuirán como lo hará la luz del día.

Sigue cabeceando como si así pudiera propulsar el vehículo, como si pudiera salvar un abismo de tiempo y de espacio.

Mientras conduce, recuerda la primera foto que recibieron de la niña cuando todavía estaba en el orfanato y faltaban meses para poder viajar en su busca a un remoto rincón de la China.

El primer contacto, le llamaron los técnicos de la agencia de adopción.

Era una niña diminuta vestida como si la hubieran momificado en vida y daba sus primeros pasos sobre un suelo de arena ayudada por una mano de mujer.

Una mano anónima, pequeña y enrojecida. Sin duda la mano de una mujer cuyo rostro no aparecía en la fotografía.

En la imagen se encontraban al aire libre, junto a una gran puerta que se abría a un interior oscuro en el que nada podía distinguirse.

El día era soleado y la niña, a la que habían peinado para que el cabello quedará fijado a la cabeza, tenía algo más de un año.

Conservan esa fotografía. Recuerda un antes y un después.

También que Aitana lloró al verla. Había pasado un verdadero calvario.

Ambos habían transitado durante varios años de una consulta médica a la siguiente, de un especialista a otro más prestigioso y más caro.

Pruebas, intentos de todo tipo, todo en vano.

No quedaba nada que no hubieran intentado.

Nadie había conseguido explicar la pertinaz infertilidad de la pareja.

—A veces estas cosas pasan —había concluido uno de los últimos ginecólogos consultados para desesperación de Aitana.

Y por fin, tras meses de espera, recibieron la fotografía y con ella la posibilidad de adoptar una criatura que sería de ambos. Aquella imagen determinaba el fin de unos años marcados por la decepción y el desaliento.

Víctor recuerda que la quiso desde aquel primer momento, desde aquella primera fotografía de una niña que no sonreía ni miraba a la cámara, de una criatura de pupilas invisibles a la que sus cuidadoras llamaban Lian y que se concentraba en situar un pie delante de otro, en no caer.

Una niña con dos nombres, Lian y Noa. Lian Chen.

Noa Renom. Dos nombres para una sola y preciosa niña que acabaría llamándose Noa Lian Renom Nasarre.

Siempre pensó que el apellido paterno, Renom, identificando a una criatura con dos nombres, con dos realidades, no dejaba de ser una circunstancia curiosa.

Como si niña y estirpe paterna hubieran atravesado el cosmos para encontrarse. Noa Lian. Nunca lo comentó con nadie.

Todavía piensa en la imagen cuando deja atrás la Diagonal para iniciar el ascenso en dirección al Saint Michael.

Le viene a la memoria la cuna de metal que Lian compartía con otra niña en el hospicio, los harapos mugrientos que la envolvían, el olor a letrina de la enorme sala en la que se hacinaban las criaturas huérfanas, la espantosa sensación de abandono.

En aquella institución a la que viajaron en primavera casi todas las criaturas acogidas eran niñas.

La política del hijo único había comportado que se multiplicaran los abandonos de las niñas recién nacidas y que los bebés se acumularan en centros como el que ambos visitaron en un confín del mundo para adoptar legalmente a Lian que pasó a llamarse Noa Lian.

Un puñado de mujeres siempre atareadas se hallaba al cargo de decenas de criaturas, desde recién nacidos hasta preadolescentes que no parecían esperar mucho de la vida.

Si algo no olvidará nunca es aquel olor a orín y a miseria.

Recuerda cómo la sujetó entre sus brazos cuando salieron del orfanato y cómo le prometió sin palabras que en adelante cuidaría de ella, que nunca más se sentiría sola o abandonada, que le proporcionaría la mejor vida que un padre pudiera ofrecer.

La niña lo miraba como si lograra comprender.

Sin llanto, sin resistencia. Abandonada a sus brazos.

Confiada. Como si no recelara de aquel desconocido de manos grandes y ojos redondeados que le susurraba palabras afectuosas.

Regresan las lágrimas mientras en la distancia distingue ya el Saint Michael’s School y advierte que la luz pierde intensidad.

Le ha fallado. Ambos lo han hecho. La pareja, cargada de dinero y de ilusión que viajó en su búsqueda a uno de los rincones más recónditos del planeta, la misma que debía velar por su bienestar; la dejó sola de noche en mitad de la nada.

La descuidó justo antes de la lluvia en una carretera estrecha e inhóspita a cientos de metros de un lugar concurrido.

Imperdonable.

Pisa el acelerador.

No tardará en oscurecer.