Víctor
Al pensar en la desaparición de Noa experimenta un terror feroz, paralizante, un pavor que se expande con una intensidad inimaginable.
Un terror atroz que se le antoja capaz de reventar y de derramarse, un miedo que puede llegar a aniquilarlo.
Aitana, hundida en el sofá, no deja de llorar, como si de alguna manera el llanto pudiera servir de expiación a su negligencia.
Pase lo que pase cree que no le perdonará nunca que no pensara en asegurarse de que Noa regresaba a casa acompañada.
Bastaba con llamar a Lina, su suegra, para que la recogiera.
O a su propio hermano, a Gustavo Nasarre, que adora a la niña, no tiene ocupación conocida y siempre está dispuesto a echar una mano.
O simplemente enviar un taxi a esperarla a la salida del concierto previa anotación de su licencia. Así de fácil.
Empantanado por el pánico no consigue permanecer quieto ni echar una cabezada. El miedo y la falta de sueño nublan su entendimiento. No logra pensar ni dejar de hacerlo. Imagina mil cosas. Cosas que siempre les pasan a otros. Todas malas. Algunas peores.
Noa.
Lina adora a su primera nieta, la niña con cara de luna.
Espera que aparezca pronto, muy pronto. Se reprocha el no haberse ofrecido a recogerla la noche anterior.
Ni tan siquiera había pensado en ello. A su manera también Lina se siente responsable de su desaparición, también ella cometió un descuido.
Coge algunos juguetes y las medicinas para el catarro.
Algo le dice que la estancia de Raúl puede prolongarse.
Aitana besa a su hijo en la frente antes de que abandone el salón de la mano de Lina.
Lo nota algo caliente, probablemente la fiebre subirá de nuevo con el paso de las horas.
Lo deja marchar, sabe que su abuela lo cuidará bien, como ella misma.
Intenta sonreír y con un hilo de voz le asegura que no pasa nada, que todo se arreglará muy pronto.
Raúl pregunta por Noa, quiere decirle adiós.
Aitana balbucea que ha salido.
Víctor levanta al niño, lo abraza y persigue en su cuello su olor a criatura.
Raúl, que nunca antes ha visto llorar a sus padres, comprende que no debe protestar ni seguir preguntando y no lo hace.
Por una vez, solo una, obedece sin rechistar.
Quizás intuye la magnitud del temor suspendido en el aire.
Apenas tardan unos instantes en desaparecer.
Un taxi los espera junto al portal. El niño intenta en vano despedirse de su madre que le dice adiós desde la terraza.
Lina anima a Raúl a entrar cuanto antes en el vehículo, prefiere que no vea a la mujer devastada que llora y se apoya en la barandilla para seguir en pie.
En el piso de la familia se suceden las horas muy despacio.
Son amargas y tensas como la cuerda de un arco.
En la calle se han secado ya las aceras y apenas queda algún charco que recuerda la lluvia reciente.
Pasadas unas horas, cerca ya del mediodía, desquiciado por la falta de noticias y acumulando rabia por la insensatez de su mujer, Víctor decide llamar de nuevo a la policía.
Es su derecho, piensa. Necesita saber si han averiguado alguna cosa, cualquier cosa.
El número facilitado por los agentes pertenece a la comisaría de Les Corts al otro lado de la Diagonal y a pocas manzanas de su casa.
La comisaría a la que Aitana llamó, la más cercana.
Valora la posibilidad de personarse y forzar la presencia del comisario.
Desiste.
Una voz masculina pregunta en qué puede ayudarle. Víctor se traga lo que piensa y no le dice que lo que precisa es un milagro.
—Quiero hablar con el responsable de investigar la desaparición de mi hija.
—El nombre de su hija es…
—Noa Renom Nasarre. Noa, sin hache.
—De acuerdo. Voy a pasarle con la persona que le informará.
La agente que le atiende, una mujer joven, le pide a Víctor unos minutos.
Necesita realizar la consulta. Tarda en contestar.
Suena una melodía que no reconoce y que le ataca los nervios, como todas las pensadas para entretener una espera.
Víctor se impacienta y golpea repetidamente la mesa del salón con el puño hasta hacerse daño.
Sabe que el dolor arrastra el miedo, lo distrae.
Aitana se sobresalta y cierra los ojos. Desearía confiar en alguna divinidad a la que poder rezar. Cualquier divinidad.
—Por el momento no tenemos nuevos datos, estamos hablando con las últimas personas que la vieron y hemos desplazado efectivos sobre el terreno.
No hemos podido localizar el móvil, como ya saben la señal desapareció hace horas.
También se ha pasado la alerta a las patrullas que están en la calle.
No se preocupe, en cuanto sepamos alguna cosa…
—¿Que no me preocupe? ¿Que no me preocupe? ¿Cómo puede…? ¿Cómo…? Póngame con el comisario, con el inspector o con quien coño se encargue de la búsqueda de mi hija —ordena sin dejar de aporrear la mesa en el tono que emplearía para hablar con un empleado incompetente.
—El procedimiento no me lo permite, señor Renom, le he explicado cuanto sabemos hasta ahora. Es todo lo que puedo decirle. El inspector Tedesco no tardará en contactar con usted. Por el momento no tenemos más datos. Cuando sepamos algo más…
—A la mierda el procedimiento y a la mierda usted. Haga el favor de pasarme con ese inspector, o con el comisario. Necesito saber si tienen imágenes de mi hija. Quiero saber dónde…
—Lo lamento. El inspector no está aquí y el comisario no puede atenderle. Y tampoco podría facilitarle la información que…
—Quiero hablar con su superior y quiero hacerlo inmediatamente.
¿Me oye? Y espero que no me obligue a dirigirme directamente al conseller.
Le aseguro que me conoce, me atenderá —brama en tono amenazador dispuesto a todo, incluso a mentir y a intimidar si es necesario—. Y quiero el número de su acreditación.
La agente conserva la calma. No es la primera vez que una conversación se tensa, de hecho, es algo muy frecuente, por eso es ella la que atiende las consultas, porque raramente se altera, porque su paciencia es a prueba de bombas, porque aseguran los que la conocen que no tiene sangre en las venas.
Tampoco es la primera vez que se siente amenazada o enjuiciada por individuos prepotentes que parecen creer que el dinero y los contactos pueden solucionar cualquier cosa, incluso una desaparición.
Está tranquila, la grabación demostrará que ha actuado según las normas.
Según el puñetero procedimiento policial.
—Mi número es el…
Víctor cuelga sin esperar a que acabe. No piensa perder el tiempo.
Sin mediar palabra recupera el abrigo del perchero y las llaves de la bandeja plateada en las que las deposita al llegar a casa.
Antes de que pueda cerrar la puerta a su espalda puede oír la voz de Aitana que intenta saber adónde va.
—Por favor…
No contesta.
Ignora el ascensor, no quiere esperar en el rellano, no soportaría las preguntas de su mujer que abre la puerta e insiste en saber.
—Por favor, Víctor, dime…
Aborrece su voz y su llanto que se le antoja una impostura. No es justo con Aitana, lo sabe, pero todavía ignora si conseguirá perdonar su gravísimo error, su olvido.
Echa a correr escaleras abajo. Tiene el propósito de recorrer el trayecto que Noa debió de seguir bajo la lluvia la noche anterior a la salida del concierto.
Hemos desplazado efectivos sobre el terreno , acaba de decir la agente.
Le sorprende no haber pensado antes en la posibilidad de inspeccionar el lugar por sí mismo.
Piensa seguir los pasos de su hija y comprobar que la policía hace lo que debe hacer.
No tardará en anochecer y necesita sentir que hace algo, que de alguna manera forma parte activa de su búsqueda.
No puede continuar de brazos cruzados esperando unas noticias que quizás no lleguen nunca.
Cualquier cosa mejor que aguardar una llamada o la visita de un inspector de policía.
Seguirá sus pasos, inspeccionará el lugar y preguntará a los caminantes si tiene ocasión.
No puede hacer otra cosa.