Víctor
Llueve a mares.
Es recibido por Lidia Sampedro que se adelanta sosteniendo un paraguas. Con el semblante sombrío que exige el momento, le invita a acompañarle. Iván la sigue de cerca.
Al reconocerlo en la distancia Tedesco, que aguarda en un pasillo, aplasta el vaso vacío y lo lanza a la papelera. Se separa de la máquina de café y empuja sus gafas doradas nariz arriba antes de salirle al paso y tenderle la mano para estrechársela.
Tedesco no se separa de él. Ha advertido esa súbita fragilidad muchas otras veces en las personas más seguras de sí mismas.
La conoce, la ha visto muy de cerca en numerosas ocasiones.
La ha experimentado como propia tras la muerte de su esposa.
Gente animosa que, devorada por el dolor, apenas logra caminar sin ayuda o se derrumba sin previo aviso incapaz de asumir la magnitud del calvario que se avecina.
Siguiendo la misma intuición Lidia, con un movimiento veloz y casi imperceptible, se sitúa justo al otro lado.
Avanzan junto a él pasillo adelante, como si lo custodiaran.
Un pasillo en el que abundan las superficies metálicas o completamente blancas y escasean las oportunidades de distraer la mirada.
A Lidia la asepsia del edificio le produce escalofríos y la larga sucesión de puertas todas iguales que se abren al pasillo una extraña sensación de irrealidad.
Podría tratarse de un mundo distópico, de una pesadilla.
No puede evitar recordar el día en que su hermano murió por sobredosis.
Identificó su cadáver tras una de esas puertas.
No recuerda cual. Todas le parecen idénticas.
Lo son. Siente ganas de correr, de escapar lo antes posible.
Reconoce el impulso que siente desde niña cuando los problemas familiares apuntaban escándalo de gritos y algún golpe.
Deseo de aire libre, de intemperie. Temor desaforado a las cuatro paredes.
Iván camina justo detrás con la mirada al frente y las manos en los bolsillos sin perder de vista al padre de Noa. Imperturbable.
Se cruzan con un par de personas que visten de verde como si estuvieran a punto de entrar o acabaran de salir de un quirófano.
Tienen la boca oculta por mascarillas blancas y en las manos en alto guantes del mismo color.
No hablan y no miran a los visitantes. Parecen saber adónde se dirigen.
Lidia no puede imaginar un lugar peor en el que trabajar.
Involuntariamente Tedesco desvía la mirada.
Demasiados recuerdos y todos malos. Demasiadas semanas pasadas junto a la cama de hospital en la que Fina agonizaba, demasiadas operaciones que no sirvieron de nada.
Y tras el dolor, la amarga ausencia. Pasados los años persiste una nostalgia intensa como un puño atravesado en el estómago, una añoranza que le sorprende a cada paso y que se aviva con un detalle apenas entrevisto, con una palabra al vuelo, con el aroma de un jazmín como el que ella tenía en el balcón, con una risa leve escuchada al paso.
Si alguien detesta el ambiente hospitalario que se respira en el pasillo por el que avanzan, ese es Mauricio Tedesco.
—Es aquí. —Lidia abre la puerta de una sala completamente blanca e iluminada por focos cenitales de los que fulminan las sombras.
Cuando la puerta se cierra sin ruido a sus espaldas Tedesco comprueba que ningún sonido traspasa las paredes. En el interior hace más frío que en la calle. Mucho más. Una celda de aislamiento resultaría más acogedora, piensa.
Velázquez, el forense que realizará la autopsia, toma notas en una de las mesas cercanas a la hilera de ventanas.
Prefiere la luz natural, pero en un día de cielo plomizo la visibilidad es más bien pobre.
Se pone en pie de inmediato, retira la mascarilla de sus labios y se acerca.
Saluda a los policías con el gesto huraño del que no se desprende y se dirige al padre de Noa.
—Dionisio Velázquez.
Víctor lo mira sin verle. No sabría repetir el nombre del hombre de mano firme y mirada afilada que acaba de presentarse.
—Acompáñeme, por favor. No nos llevará mucho tiempo.
Obedece.
Se acercan a una mesa metálica fijada al suelo en la que un cuerpo no muy grande descansa en el interior de una funda blanca.
Víctor no puede ignorar que, por las dimensiones del cadáver, bien podría tratarse de Noa.
Se lleva la mano al pecho como si pretendiera retener al corazón en su interior.
Tiembla y apenas puede respirar. Está a punto de perder el control sobre su cuerpo. Sobre su vida.
Tedesco se acerca a él todavía más. El policía ha visto el cadáver y conoce su estado, sus múltiples heridas, la sangre…
Sabe que si se trata de su hija la impresión que recibirá es mucho mayor de lo que puede imaginar.
Es posible, muy posible, que Víctor Renom se derrumbe.
Sin palabras Lidia se coloca justo al otro lado.
Iván, con las manos en la espalda, observa la escena.
Anota mentalmente cada palabra, cada reacción.
—Podemos esperar un momento —sugiere el policía al advertir su espanto.
Víctor cierra los ojos e inspira profundamente como si se dispusiera a retener la expiración antes de sumergirse. Niega con un gesto.
—No. Por favor. Necesito saber si es…
Dionisio Velázquez se aproxima a la mesa y desvela lentamente el rostro de la adolescente muerta.
El forense tiene las manos arrugadas y salpicadas de manchas y contrastan extraordinariamente con la piel del cadáver blanca como una mortaja.
De un blanco casi absoluto, como dicen que es el de las cenizas de los muertos.
Sigue destapando el cuerpo hasta llegar al tórax.
Tedesco se alegra al comprobar que el forense ha retirado la sangre que cubría el rostro.
Quizás no sea un mal tipo. Con un gesto el policía le indica que es suficiente y el forense obedece y se detiene.
No considera necesario que el padre de Noa observe los múltiples cortes que presenta el cuerpo de su hija.
Víctor abre los ojos y se obliga a mirar.
Se lleva inmediatamente la mano a los labios.
Ahoga un grito y se tambalea. Tedesco sujeta su antebrazo izquierdo para evitar que se desplome.
Lidia, de un salto, se sitúa justo detrás preparada por si se desploma.
Ambos lo hacen delicadamente, no pretenden ofenderle.
El padre de Noa no advierte el gesto de los policías.
Solo el horror. Iván no se ha movido. Sus manos siguen enlazadas en la espalda y sus sentidos fijos en el rostro de Víctor Renom.
Ha reconocido su cabello lacio, sus labios delicados y ya sin color, su nariz diminuta… Ha visto sus ojos entreabiertos y entrevisto su escote sembrado de cortes.
—Siga, por favor —ordena al forense mientras se inclina hacia adelante con la mano a la altura del estómago como si acabara de ser golpeado por una bola de derribo.
Velázquez, sorprendido, acata.
Advierte que sobre los muslos de Noa los pulgares y los índices forman un círculo, enmarcan el vacío con delicadeza. Víctor cierra los ojos como si acabaran de asestarle el golpe definitivo. Acaban de cobrar sentido sus sospechas. Los cortes en el pecho, en el rostro, los dedos encerrando el aire…
A Iván, incapaz de mostrar la menor emoción, pero especialmente dotado para identificarlas en rostros ajenos, no le pasa desapercibida la sensación de que el padre de Noa interpreta en el estado del cadáver algo que la policía ignora. Tampoco al inspector.
Gime y se apoya con las palmas de las manos en la mesa de metal. Está helada. El escalofrío que parece iniciarse en sus pies, como si anduviera descalzo sobre el hielo, llega hasta su nuca. Solloza. Ha hundido la cabeza entre los hombros.
Su cuerpo se sacude. No puede evitarlo. No lo intenta.
Velázquez se aproxima de nuevo al cadáver y mira a Tedesco que afirma con un gesto.
Por una extraña asociación el cadáver de Noa le ha recordado al cuerpo desnudo de la chica vietnamita aterrorizada que huía del napalm y cuya fotografía fue reproducida orbi et orbe .
Si mal no recuerda la niña vietnamita, algo más joven que Noa, llegó a ser adulta y recorrió el mundo hablando del horror.
El forense procede a cubrir el cadáver de nuevo. Lo hace despacio y sin prisas. Casi hay ternura en sus movimientos. Nunca antes el inspector había advertido delicadeza en su proceder.
Pasados unos segundos Víctor se endereza, mantiene los ojos cerrados y respira ahora muy deprisa, como si se le acabara el aire.
Intenta en vano escapar al infierno, pero el infierno acaba de abrazarlo y, vaya donde vaya, estará siempre con él.
No se separarán. En la gran sala todos lo saben y compadecen al hombre que no conseguirá olvidar el cuerpo lacerado de su hija.
Piensa en Aitana.
La odia.
No sabe si la ama.
También se odia a sí mismo por arrastrar la tragedia a sus espaldas.
En voz muy baja, apenas audible, asegura:
—Es mi hija. Es Noa.