Aitana
Consumida por un miedo atroz y solo comparable a la culpabilidad que la devora, aparca la cortesía y llama de nuevo a la policía poco después, durante las primeras horas de una madrugada infinita.
Víctor no tardará y precisa saber si tienen alguna pista, confirmar que la están buscando, comprobar que no la han olvidado.
Necesita hacer algo, aunque solo sea una simple llamada telefónica.
Conoce a Víctor, perderá los nervios, la culpabilizará.
Él y todos. Pretende, necesita poder tranquilizarlo, poder asegurarle que la encontrarán, que Noa aparecerá pronto y que lo hará sana y salva.
—Por ahora no tenemos nada. Es demasiado pronto. La avisaremos en cuanto sepamos alguna cosa.
Acaba de dar por finalizada la conversación con una agente de policía poco comunicativa cuando el ruido de las llaves en la puerta hace que se levante de golpe con estrépito de silla arrastrada y el corazón a mil. Por suerte, Raúl sigue durmiendo. Espera que tarde horas en despertar.
Víctor, que lleva horas al volante, abandona el trolley en un rincón y la abraza sin desprenderse de la cartera que cuelga de su mano mientras pregunta casi sin aliento:
—¿Has sabido algo? ¿La han encontrado?
Aitana solo acierta a mover la cabeza para negar. Tiembla y llora sin reservas mientras su marido cierra la puerta a sus espaldas y regresa con ella al salón.
Víctor Renom advierte los ojos enrojecidos de su esposa y su expresión aterrada.
Intenta reprimir el reproche que le sube a los labios, la misma hiriente observación que le ha acompañado mientras quemaba kilómetros de regreso a casa.
No comprende cómo pudo no asegurarse de que Noa volvía a casa acompañada.
No le cabe en la cabeza algo así. El enfado sube como la lava en dirección a los labios. Quema.
Aitana apenas consigue caminar, siente los pies como de barro mientras su estómago se contrae dolorosamente en presencia de su marido.
En el rostro de Víctor reconoce la decepción y la ira.
Avanza inclinada sobre sí misma con la mano a la altura del tórax.
No acierta a hablar ni a seguir en pie. Desearía desaparecer para regresar días después cuando la pesadilla —espera con toda el alma que sea una pesadilla— haya acabado.
Se sienta en el mismo lugar que ocupó mientras respondía a las preguntas de los policías.
Sabe que la aguarda un nuevo interrogatorio y no espera clemencia. No la habrá.
Víctor no consigue contener las palabras afiladas como cristales rotos que se ha repetido mil veces al volante. De hecho, apenas lo intenta.
—¿En qué estabas pensando? ¿Me lo puedes decir? ¿En qué coño estabas pensando? Sabes perfectamente dónde está la escuela. De noche allí no queda nadie. Nadie. Es un desierto. Lo hemos hablado muchas veces. Noa no podía regresar sola. Nunca la dejamos sola. Nunca.
Calla unos instantes. No le queda aliento.
—Y no se habrá atrevido a llamar a un taxi. ¿Cómo iba a hacerlo? Nunca lleva tanto dinero, no hubiera podido pagarlo. Y no se le habrá ocurrido que podría pagar al llegar. No lo ha hecho nunca. Ella no sabe que…
Víctor se interrumpe. Se ahoga.
—¿Cómo has podido?
—Si me hubiera llamado… —susurra Aitana.
El aterrorizado padre de Noa insiste en seguir preguntando a pesar de que conoce la respuesta.
—¿Si te hubiera llamado? ¡Joder! ¿Ahora es culpa suya? No hablaste con alguna de sus amigas, no te aseguraste de que volvía acompañada y resulta que es culpa de Noa por no haberte llamado…
Aitana niega con la mirada clavada en sus manos. No se atreve a levantar la vista. Es tanto el peso de su negligencia que apenas consigue arrancar algunas palabras torpes.
—Pensé que volvería con Vivi. O con Chantal. Si hubiera sabido que…
—Si hubiera sabido… Si hubiera sabido… No lo entiendo, Aitana. Te juro que no lo entiendo. ¿En qué pensabas? Vivi no canta ni toca ningún instrumento. ¿Cómo puedes decir que no lo sabías? Llevan juntas toda la vida.
—Por favor… —suplica Aitana—. Ha sido un error, ha sido…
Víctor Renom golpea la mesa con el puño y lo hace muchas veces. Necesita sentir dolor. Aitana le suplica que pare.
—Despertarás a Raúl. Es mejor que no hagas ruido. No quiero que…
No le importa lo que quiera o no quiera, solo sabe que no puede esperar sin hacer nada. Se levanta de la silla y camina de un extremo a otro del salón.
¡Un error! —repite—. Un puto error. Vamos. No me jodas. Un error es echar sal al café. Esto es… Esto…
Tiene los ojos en llamas y las manos hechas puños.
En algunas personas el miedo se transforma en ira.
Es el caso de Víctor que siente que se abrasa por dentro y que podría emprender a golpes y a patadas la pared, la mesa o el cristal de las ventanas.
Tan intensa es su cólera que podría golpear a su esposa hasta… No quiere hacerlo.
—¿Cómo has podido? —susurra cerrando los ojos y apoyando la frente en la cristalera helada que conduce a la terraza.
Aitana, sentada junto a la mesa, se derrumba, esconde la cabeza entre los brazos mientras los espasmos sacuden su cuerpo. Gime.
La voz de Víctor le hiela la sangre. No encuentra respuesta a la pregunta de su esposo, la misma que lleva horas incrustada en su mente.
—¿Cómo has podido?