Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Aitana
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Aitana

Chantal le ha explicado que la vio por última vez a la puerta del Saint Michael’s School cuando ya no quedaba casi nadie.

Ha recordado que salió la última porque su solo era la pieza final, que estaba sola y que pensó que esperaba que la vinieran a recoger.

Se ha disculpado entre lágrimas al saber que su amiga no había llegado a casa.

—No pensé que se quedaba sola. No me dijo nada.

No lo sabía. Todos me felicitaban, todos me…

No lo pensé. Lo siento, lo siento mucho.

Nuestro coche iba lleno y no lo pensé… —ha repetido con la voz quebrada—.

Creí que esperaba a su padre como otras veces, él siempre…

No le pregunté. Si hubiera sabido que no…

—Ni idea.

No viven lejos y Carlota se ha ofrecido amablemente a quedarse con Raúl.

La velada insinuación de su amiga, que ha sugerido que debería acudir a la policía, ha hecho que la voz se le llenara de lágrimas y que apenas pudiera seguir hablando.

Se ha limitado a dar las gracias antes de cortar la comunicación.

Noa sigue sin llegar a casa y sin responder a sus llamadas.

Apagado o fuera de cobertura. Aitana espera lo peor.

Y ni tan siquiera sospecha qué es lo peor.

Piensa en llamar a los hospitales, pero decide esperar a Víctor.

No tardará en llegar. Acaba de llamarle y le ha hecho prometer que lo dejaría todo para regresar cuanto antes, que conduciría sin detenerse desde Perpignan hasta llegar a casa.

No quiere estar sola. No puede. Siente demasiado miedo.

Víctor le ha asegurado que apenas tardaría unas horas.

—Llama a la policía, denuncia la desaparición, que empiecen a buscarla cuanto antes —le ha gritado Víctor mientras alargaba su tarjeta para abonar la cuenta del hotel y se dirigía hacia el coche—. ¿Me oyes? Llama a la policía.

Sabe que Víctor tiene razón. Raúl, ligeramente adormecido por la fiebre, cambia de postura en el sofá.

Aitana no lo pierde vista mientras telefonea a la comisaría más cercana.

La de Les Corts es la única comisaría que recuerda.

Tras un par de minutos de conversación trata de acostar a su hijo menor para esperar la llegada de los agentes.

Raúl se resiste. Nunca acostumbra a poner las cosas fáciles.

La fiebre ha bajado y el niño ha comprendido por la angustia en el rostro de su madre, por su impaciencia y por el timbre de su voz al teléfono, que algo muy grave está pasando.

Finalmente consigue que el niño se dé por vencido y regresa al salón.

Sigue llamando a Noa que continúa sin responder.

Lleva horas haciéndose mil reproches y sin perder de vista la pantalla del móvil.

Tiene tanto miedo que apenas se atreve a moverse.

Aguarda a los agentes que han prometido personarse para tramitar la denuncia.

Aitana les ha hablado de Raúl y de su fiebre, no ha confesado que no quiere moverse de casa.

Quiere creer que existe una explicación para el retraso de su hija y que quizás Noa regrese pronto empapada y triste.

Si es así espera que pueda perdonarla. No quiere por nada del mundo que encuentre el piso vacío.

No puede volver a fallarle. Otra vez no.

César, el portero de la finca, hace horas que ha acabado su jornada laboral cuando cerca ya de la medianoche dos mossos d’esquadra de uniforme pulsan el timbre del portal.

Aitana se sobresalta y corre hacia el portero automático, espera que Raúl no se despierte.

No necesita más problemas de los que ya tiene.

Los recibe en el descansillo y los invita a pasar al salón. Nunca antes la policía ha puesto el pie en el piso.

Se sientan en torno a la mesa de madera noble que Aitana rescató de una casa señorial venida a menos.

Un agente joven y de sonrisa amable, que parece algo cohibido por la sobria elegancia de la pieza, le formula las preguntas acostumbradas y lo hace con delicadeza.

Mientras tanto, su compañero rellena un formulario con sus respuestas.

Lo hace despacio, con precisión, como si no quisiera dejarse ni un matiz, como si pretendiera recoger el tono en el que son formuladas.

De vez en cuando el agente distrae la mirada en la alfombra de media hectárea en la que descansa los pies.

Aitana contesta sin titubear. Quiere acabar cuanto antes para que las patrullas salgan a la calle en busca de su hija.

—¿Ha hablado con sus amigos?

—Sí, sus amigas no saben nada. No saben dónde está ni han hablado con ella tras el concierto. Tampoco han recibido ningún mensaje.

—Necesitaremos nombres y teléfonos.

Busca en su móvil y facilita los datos de Vivi y de Chantal.

—¿Tuvieron alguna discusión? ¿Algo que pudiera hacerle sentir mal?

Niega sin convicción. Aitana le había deseado mucha suerte al despedirla en la puerta y le había estampado un beso en la coronilla.

Noa es tan menuda. Ojalá le hubiera dado un gran abrazo, piensa.

No lo hizo. Niega de nuevo. No hubo enfado ni reproches.

Se resiste a admitir que su hija podría haberse sentido enojada, incluso desatendida, por haberla dejado sola a la salida del concierto en el que interpretaba un solo que llevaba meses ensayando.

—¿Siempre regresa sola a estas horas? —pregunta el agente que conoce la ubicación del centro educativo. Le sorprende que nadie esperara a Noa a la salida. Y, aunque intenta formular la pregunta sin que suene a recriminación, lo cierto es que no lo consigue.

Aitana niega. Se le atropellan las excusas al asegurar que siempre iban a recogerla y que confió en que regresaría con alguna amiga, que lo hacía a menudo y que no pensó que podía quedarse sola. Las lágrimas enturbian sus ojos y quiebran su voz.

—Si hubiera sabido que…

El policía que captura sus palabras inclina levemente la cabeza y la acerca a su hombro. Es un gesto leve, involuntario, que Aitana interpreta como lo que es: una forma de manifestar el desacuerdo.

Aitana baja la mirada y la abandona sobre la mesa.

—¿Sabe si salía con alguien?

Le ha sorprendido la pregunta. La idea ni tan siquiera le ha pasado por la cabeza. Niega de nuevo sin elevar la vista y con las manos sobre el regazo. Las mantiene encajadas una con la otra para que no tiemblen ni escapen a su control. ¿Salir con alguien? Noa, no.

Acabada la denuncia el agente pide ver la habitación de Noa y poder revisar su portátil.

—Desde luego.

Aitana se pone en pie y les precede. El mosso que anotaba sus respuestas abre mucho los ojos.

En la pieza cabría su piso entero. Echan un vistazo al contenido de los cajones y del armario y el agente que ha formulado las preguntas anuncia que horas después, si Noa no ha aparecido, llevarán a cabo una inspección a fondo.

Aitana asiente.

Se llevan el ordenador que aguarda sobre la mesa de estudio y prometen tener informada a la familia. Le piden una prenda de ropa que no haya sido lavada y conserve el olor de la adolescente desaparecida.

—Quizás no lleguemos a necesitarla, pero si no le importa…

Tarda en comprender y al hacerlo se le escapa un gemido.

Se dirige a un rincón de la habitación. En un cesto de mimbre está la ropa de su hija que todavía no ha pasado por la lavadora.

Revuelve y saca una sudadera, la preferida de Noa.

La prenda, de color rosa pálido, es varias tallas más grande de lo que requiere su cuerpo escuálido y luce una margarita dibujada con trazos blancos e irregulares a la altura del esternón.

Le encantan las margaritas, recuerda al entregar la sudadera al agente.

—¿Me la devolverán cuando todo esto acabe? —pregunta Aitana con un hilo de voz—. Es su favorita y… —No continúa.

Piensa que a Noa le gustará recuperarla cuando vuelva a casa. Si vuelve a casa.

—Desde luego —responde Diego Cuesta, el mosso corpulento que lleva la voz cantante.

Su compañero, el más joven de los dos, Iván Cabrera, no ha abierto la boca, se ha limitado a anotar y a observar.

A Aitana su mirada la perturba. Parece impasible, como si nada ni nadie pudieran conmoverle.

Sus movimientos, casi parsimoniosos, contrastan con unos ojos de una intensidad poco habitual.

A la madre de Noa la mirada de Iván le resulta avasalladora, como enfrentarse en duelo con una tuneladora.

Antes de despedirse el agente que sostiene la sudadera de Noa insinúa que a menudo los adolescentes desaparecen unos días y regresan poco después sanos y salvos.

Intenta en vano tranquilizar a la desconsolada madre.

Su intención es buena y sus palabras amables, pero es evidente que no conoce a Noa.

Aitana asiente, es su forma de agradecer el interés del agente.

Noa nunca haría algo así, nunca, piensa Aitana mientras cierra la puerta con un suspiro.

Hubiera querido explicarle que Noa no es una adolescente como hay cientos, como hay miles.

Noa es especial. En todo. No tiene secretos, jamás disgusta a sus padres, nunca.

No traspasa los límites, ni siquiera se acerca.

Noa es amable, juiciosa, ambiciosa y se esfuerza lo indecible por conseguir que se sientan orgullosos de ella.

Siempre lo consigue.

Es la mejor hija que una madre pueda desear.

Noa.