Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1) Noa
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Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1)

Será nuestro secreto (Mauricio Tedesco 1)

Por Empar Fernandez

© inepub.com

Noa

—Gracias. Hasta el lunes —responde a media voz con la mirada baja y el negro flequillo acariciándole la frente.

Lo siento, cariño. No voy a sacarlo de casa con fiebre.

Te quiero.

En el exterior del centro no queda casi nadie. Ni Gabriel, el conserje, que vive en una casa anexa al polideportivo. Nadie.

La noche es desapacible, hace frío y no tardará en llover. Padres, alumnos y profesores desaparecen sin perder tiempo.

A Noa le duele que su madre no haya previsto que se encontraría sola.

Siente rabia, está enfadada y dolida y piensa en cómo hacerle saber que está muy disgustada.

Apenas responderá cuando al llegar a casa Aitana quiera saber cómo ha ido el concierto, quizás incluso se niegue a cenar.

Eso estaría bien. Desde luego no le explicará que todos la han felicitado y que su tutora la ha abrazado emocionada.

Se encerrará en su habitación y no responderá cuando le pida que abra.

Eso le dolerá, está segura. Chantal lo hace a menudo, pasa horas sin hablar con nadie. Su madre siempre acaba por disculparse.

Noa echa a andar estrechando la funda del violín contra su pecho.

Ha de caminar hasta alcanzar la Diagonal, localizar en la gran avenida la parada de autobús y esperar que llegue el que le conviene.

Podría pedir un taxi, pero solo lleva cinco euros y sabe que cuestan una pasta.

Además, quizás a mamá no le parezca bien.

Sabe que no quiere que se comporte como una cría consentida.

Aitana no siempre está de buen humor y a veces Noa no sabe qué pensar.

Cuando Raúl está enfermo su madre pierde el mundo de vista, se transforma.

Si se trata de Raúl el resto del mundo deja de importar.

Si Víctor Renom, su padre, no estuviera de viaje en el sur de Francia, la habría venido a esperar, le habría estampado un par de besos y ahora estarían ya llegando a casa.

Quizás incluso habría asistido al concierto y seguro que la habría felicitado.

Él se declara un inútil y admira su facilidad para tocar un instrumento, se lo ha dicho más de mil veces. Muchas más. A Noa le encanta oírlo.

En la pendiente que la acerca a la ciudad la acera es ancha y las farolas están muy distanciadas y Noa Renom, que viste todavía el uniforme gris y rojo del Saint Michael’s School y carga con el violín, camina tan deprisa como puede.

Una silueta diminuta en mitad de la nada.

Alguna vez ha bajado la misma cuesta de la mano de Chantal, ambas con los brazos extendidos como si fueran a despegar en cualquier momento.

Siempre ha sido divertido. Ahora aprovecha el desnivel para coger velocidad.

Unas gotas grandes como monedas antiguas se estrellan contra la acera y retumban en la funda del violín.

Son pocas, pero suenan como pisadas a su alrededor.

Una de ellas se desliza frente abajo hasta su nariz.

Quisiera retirarla, pero no puede detenerse.

No a oscuras y a solas. Se estremece y aprieta el paso.

Corre casi sin tocar el suelo, como si volara.

No hace el menor ruido. Es menuda y ágil y avanza muy deprisa.

Desde que era pequeña Víctor la llama «su ratita» porque es rápida y silenciosa.

Siguió haciéndolo cuando comprobó que la niña llegada de muy lejos sumaba años, pero apenas crecía, cuando constató que habiendo alcanzado la pubertad Noa continuaba pareciendo una criatura de corta edad y que siempre se movía con cautela.

Lo hace con cariño, pero ella preferiría algo más poético, algo relacionado con flores, mariposas o deslumbrantes estrellas que cuelgan del cielo. Aun así, adora que Víctor la llame «su ratita».

Nadie camina delante de Noa, tampoco se cruza con nadie.

Solo un par de coches la adelantan sin detenerse.

No queda ni un alma en las proximidades.

Está completamente sola en unas calles en pendiente en las que no hay ni cafeterías, ni tiendas ni restaurantes.

Por no haber no hay ni edificios de viviendas, solo algunas casas muy alejadas unas de otras y cercadas como pequeñas fortalezas.

Calles desiertas de zona alta. Por no haber apenas hay luz que ayude a caminar.

La lluvia arrecia y la humedad traspasa las suelas de sus zapatos y alcanza ya sus tobillos.

Noa tiembla de frío bajo el aguacero y sacude la cabeza cuando decenas de gotas alcanzan su rostro y se abisman cuello abajo.

Tiembla. El agua empapa ya su abrigo y la funda del violín.

Siente el corazón acelerado cuando enfila el último tramo, el que desemboca en la gran avenida, y unas irreprimibles ganas de llorar.

Piensa que, empapada como está, nadie reparará en sus lágrimas.

Sigue corriendo y divisa ya la Diagonal y en ella los coches que circulan en ambas direcciones y las ristras de luces de Navidad. Son luces doradas que simulan campanas, estrellas y bolas decorativas. Suspira aliviada. Falta poco para llegar, apenas un par de minutos.

Un automóvil se acerca por su espalda, avanza despacio en la misma dirección que Noa. Puede oír el motor del vehículo que se aproxima y distinguir en la calzada el haz de luz cada vez más poderoso barriendo el asfalto. Se estremece al advertir que disminuye su velocidad y que casi se detiene.

No se atreve a mirar.

Aprieta el paso. Falta muy poco.

El vehículo se sitúa a su altura. Puede oír el siseo que hace la ventanilla del copiloto al bajar. El coche avanza junto a ella, a su misma velocidad. Llueve intensamente. El agua ha calado ya el abrigo rojo de paño y ha entrado en sus zapatos. Noa chapotea al andar.

Corre.

Cuando apenas faltan unos metros para llegar a la avenida, el coche se sitúa justo delante de Noa que se asusta y reprime un grito.

El motor continúa encendido. La persona al volante se inclina y acciona la puerta del copiloto que se abre sobre la acera y casi le cierra el paso.

Llueve a cántaros y no hay nadie en las proximidades.

Noa está a punto de tropezar y dar de bruces contra la acera.

Trastabilla, resbala y se recupera casi sin aliento.

Ha estado a punto de dejar caer la funda del violín.

Cuando se endereza sigue sujetándola contra el pecho como si así pudiera retener el corazón para que no escape.

No se detiene. Intenta sortear la puerta abierta del vehículo.

Está tan cerca.

Una voz reclama su atención.

—Noa.