Capítulo XIII #3
Unos cuatro días después de la llegada de Edward, el coronel Brandon apareció por fin en Barton Cottage, aumentando enormemente la felicidad de la señora Dashwood y dándole, por primera vez desde que se instalara en Barton, más invitados de los que su pequeña casa podía albergar con comodidad.
Edward conservó, no obstante, el privilegio de ser el primer huésped, de modo que el coronel Brandon regresaba cada noche a sus aposentos habituales en el parque.
Pero solía llegar de nuevo cada mañana con tiempo suficiente para interrumpir la primera conversación privada de los enamorados antes del desayuno.
Tres semanas pasadas casi por completo en soledad en Delaford —donde durante muchas largas veladas el coronel Brandon no había tenido más ocupación que reflexionar sobre la incómoda diferencia entre los treinta y seis y los diecisiete años— no lo habían dejado precisamente de buen humor.
Hizo falta toda la visible mejoría en la salud de Marianne, toda la calidez de su bienvenida y todo el deliberado aliento que transmitían los modales de la señora Dashwood para devolverle algo parecido a la alegría.
Sin embargo, entre tal compañía y rodeado de tanta amabilidad, sus ánimos se reanimaron gradualmente.
Ninguna noticia del matrimonio de Lucy había llegado aún a Delaford, de modo que el coronel Brandon llegó completamente ignorante de todo lo que había ocurrido.
Las primeras horas de su visita transcurrieron, pues, entre el asombro mientras la señora Dashwood le relataba con entusiasmo toda la historia.
Y una vez que lo comprendió todo, encontró nuevos motivos para alegrarse de la ayuda que en su día había ofrecido a Edward, pues había contribuido tan directamente a la felicidad de Elinor.
Apenas hace falta decir que los dos caballeros crecieron rápidamente en la estima del otro a medida que se conocían mejor. De hecho, difícilmente podría haber sido de otro modo.
Su afinidad en principios, juicio, temperamento y modo de pensar habría bastado por sí sola para establecer una sincera amistad entre ellos.
Pero amar a dos hermanas que a su vez se amaban tan entrañablemente hizo que el afecto mutuo fuera inmediato e inevitable: una cercanía que en circunstancias normales habría tardado años en forjarse.
Las cartas que llegaban de Londres —cartas que solo unos días antes habrían acelerado el corazón de Elinor con ansiedad y expectación— se abrían ahora con mucha más diversión que angustia.
La señora Jennings escribió primero, rebosante de emoción por el escándalo.
Relató toda la asombrosa historia con gran energía, condenó calurosamente a Lucy por su engaño y expresó infinita lástima por el pobre señor Edward, quien, según afirmó, debía de estar completamente desconsolado en Oxford tras haber adorado a una criatura tan ingrata.
—De verdad creo —escribió— que jamás se ha tramado nada con mayor astucia en toda mi vida, pues Lucy estuvo sentada conmigo durante casi dos horas solo dos días antes de que ocurriera, y ni un alma sospechó nada, ¡ni siquiera Nancy!
La pobre muchacha vino llorando a verme a la mañana siguiente, aterrorizada por lo que la señora Ferrars pudiera hacer, y sin saber siquiera cómo iba a llegar a Plymouth.
Por lo visto, Lucy le había pedido prestado casi todo su dinero antes de escaparse para casarse —puramente por guardar las apariencias, sin duda— y la pobre Nancy no tenía ni siete chelines en el mundo.
La señora Jennings les comunicó con orgullo que ella misma había proporcionado de inmediato a Nancy cinco guineas para viajar cómodamente a Exeter, donde pensaba quedarse con la señora Burgess durante varias semanas.
—Y entre nosotras —añadió—, sigo creyendo que espera volver a encontrarse con el doctor.
Pero de todas las ofensas de Lucy, hubo una que la señora Jennings encontró particularmente imperdonable.
—Debo decir —continuó indignada— que negarse a llevar a la pobre Nancy con ellos en el carruaje es peor que todo lo demás junto. ¡Y el pobre señor Edward! No puedo dejar de pensar en él. Tienen que invitarlo a Barton sin falta, y la señorita Marianne debería hacer todo lo posible por consolarlo.
La carta del señor Dashwood adoptó un tono mucho más solemne.
Según él, la señora Ferrars era ahora la mujer más desafortunada del mundo, mientras que la pobre Fanny había sufrido tormentos de delicada sensibilidad que escapaban a toda descripción.
Confesó estar asombrado de que cualquiera de las dos hubiera sobrevivido a semejante golpe.
La conducta de Robert, declaró, era vergonzosa y absolutamente imperdonable. La de Lucy, infinitamente peor.
Ninguno de los dos, insistió, debería volver a ser mencionado en presencia de la señora Ferrars. E incluso si el propio Robert llegara a ser perdonado algún día, su esposa jamás sería reconocida como hija de la familia ni admitida en compañía de la señora Ferrars.
El secreto que había rodeado el matrimonio fue descrito como particularmente monstruoso, pues de haberlo sabido la familia con antelación, «las medidas apropiadas» podrían haber evitado la catástrofe por completo.
El señor Dashwood incluso apeló directamente a Elinor, instándola a lamentar que el compromiso de Lucy con Edward no se hubiera cumplido, en lugar de permitirle sembrar tanta desdicha en el resto de la familia. Concluyó con una observación de particular interés.
—La señora Ferrars aún no ha pronunciado el nombre de Edward, lo cual nos sorprende muy poco.
Lo que nos asombra mucho más es que no haya llegado ninguna carta suya con motivo de lo ocurrido.
Quizás, sin embargo, guarda silencio solo por temor a ofender más.
Así pues, tengo intención de escribir yo mismo a Oxford y sugerirle que una carta de debida sumisión por su parte —quizás dirigida a Fanny para que ella se la muestre a su madre— podría ser bien recibida.
Todos conocemos la ternura del corazón de la señora Ferrars y su profundo deseo de mantener buenas relaciones con sus hijos.
Este último párrafo resultó tan importante que acabaría influyendo en la conducta de Edward, aunque no precisamente del modo que su hermano pretendía.
—¿Una carta de sumisión apropiada? —repitió Edward con incredulidad tras leerla en voz alta—.
¿De verdad pretenden que me disculpe por la deshonra que Robert infligió a mi madre y por su traición hacia mí?
¿Acaso debo pedir perdón porque mi hermano se casó con la mujer que él mismo me convenció de abandonar?
Negó firmemente con la cabeza.
—No puedo someterme de esa manera. Nada de lo ocurrido me ha hecho más humilde ni más arrepentido. Más feliz, desde luego, pero dudo que eso interese mucho a mi familia. Sinceramente, no sé qué clase de disculpa esperan de mí.
—Al menos puedes pedir perdón —dijo Elinor con dulzura—, porque al principio sí ofendiste a tu madre. Y ahora, quizás, podrías admitir sin riesgo cierto arrepentimiento por haber contraído aquel compromiso que provocó su ira.
Edward lo meditó un instante antes de asentir lentamente.
—Eso —admitió— sí puedo hacerlo.
—Y una vez que te haya perdonado —añadió Elinor con una sonrisa—, quizás un poco de humildad también te venga bien cuando se entere de un segundo compromiso, uno que, a sus ojos, puede parecer casi tan imprudente como el primero.
Edward no podía rebatir aquello. Aun así, seguía firmemente opuesto a la idea de escribir lo que su hermano llamaba «una carta apropiada de sumisión».
Insistió en que cualquier concesión razonable le resultaría mucho más natural en una conversación que por escrito.
Así pues, se decidió que, en lugar de escribir a Fanny, viajaría él mismo a Londres para pedirle en persona que le ayudara a reconciliarse con su madre.
—Y si de verdad contribuyen a una reconciliación —observó Marianne, hablando ahora con la serena ecuanimidad que había ido sustituyendo poco a poco sus antiguos extremos de juicio—, entonces no tendré más remedio que admitir que incluso John y Fanny tienen algo de mérito.
Tras pasar apenas tres o cuatro días en Barton, el coronel Brandon y Edward partieron juntos.
Su primer destino era Delaford, donde Edward debía conocer como era debido el hogar que pronto sería suyo. El coronel Brandon quería que inspeccionara la casa en persona y le aconsejara sobre las mejoras que aún hacían falta.
Tras pasar juntos unos días en Delaford, Edward pensaba proseguir hacia Londres e intentar la reconciliación de la que tanto dependía su bienestar futuro.