Capítulo XIII
Por imposible que la repentina libertad de Edward pareciera al principio a toda la familia, no cabía duda de que ahora estaba libre de su compromiso.
Y a ninguno de ellos le costó adivinar cómo emplearía pronto esa libertad.
Tras soportar las consecuencias de un compromiso imprudente adquirido sin el consentimiento de su madre —un error que lo había agobiado durante más de cuatro años—, parecía natural que la ruptura de aquel compromiso lo llevara de inmediato a otro.
El propósito de Edward al venir a Barton había sido, en realidad, notablemente simple: había venido a pedirle a Elinor que se casara con él.
Sin embargo, considerando que ya no era del todo inexperto en tales declaraciones, podría parecer sorprendente lo terriblemente nervioso que seguía estando en esta ocasión, lo incapaz que parecía de hablar con soltura y cuánto necesitaba del aire fresco, el movimiento y el ánimo para reunir el valor de proceder.
Con qué rapidez reunió al fin su determinación; cuán pronto se presentó la oportunidad; qué dijo exactamente y cómo le respondió Elinor: nada de eso requiere descripción detallada.
Basta decir que cuando la familia se reunió a cenar a las cuatro, apenas tres horas después de la llegada de Edward, él había conseguido la aceptación de Elinor, obtenido el alegre consentimiento de la señora Dashwood y se había convertido no solo en el entusiasta enamorado de la imaginación romántica, sino en uno de los hombres más felices del mundo en la sobria realidad.
De hecho, su felicidad superaba incluso el triunfo ordinario del amor correspondido.
No solo había conquistado a la mujer que verdaderamente amaba, sino que también había escapado —sin deshonor ni reproche— de un compromiso que durante mucho tiempo había sido la desdicha de su vida, ligado a una mujer por quien su afecto se había desvanecido gradualmente hasta convertirse en mera obligación.
Y en ese mismo instante, se descubrió de pronto seguro de una felicidad que apenas se había atrevido a esperar una vez que se permitió desearla abiertamente.
No había pasado simplemente de la incertidumbre a la felicidad, sino del sufrimiento genuino a la paz. Y la transformación que se había obrado en él era imposible de pasar por alto. Ahora había en su actitud una calidez, una franqueza y una alegría agradecida que ninguno de ellos había visto antes.
Por primera vez, su corazón parecía abrirse por completo a Elinor. Confesó todos sus errores, todas sus debilidades, y habló de su apego juvenil a Lucy con la seriedad risueña de un hombre que a los veinticuatro años ya se siente lo bastante mayor para considerarse sabio.
—Fue un apego tonto desde el principio —admitió—.
Fruto de la ignorancia, la ociosidad y de tener muy poca experiencia del mundo.
Si mi madre me hubiera permitido ejercer alguna profesión u ocupación cuando salí de la tutela del señor Pratt a los dieciocho años, estoy seguro de que nada de aquello habría sucedido.
Sonrió levemente.
—Cuando dejé Longstaple, de verdad me creía perdidamente enamorado de Lucy.
Pero si hubiera tenido algún propósito real —algún trabajo, alguna ambición, algo que ocupara mis pensamientos y me mantuviera alejado de ella unos meses—, casi con toda seguridad lo habría superado muy pronto.
Sobre todo si hubiera conocido más mundo y más gente.
Su expresión se ensombreció ligeramente.
—Pero en cambio, no tenía absolutamente nada que hacer.
Nadie eligió una profesión para mí, y me desanimaron de elegir una yo mismo.
Regresé a casa a la más completa ociosidad.
Durante casi un año después, ni siquiera tuve la ocupación nominal que la vida universitaria acabaría proporcionándome, porque no me enviaron a Oxford hasta los diecinueve.
—Así que, naturalmente —continuó—, me dediqué por completo a imaginar que estaba enamorado.
Mi hogar nunca fue particularmente acogedor.
Mi hermano no me hacía compañía, y me costaba trabar nuevas amistades.
En Longstaple, sin embargo, siempre me sentía bienvenido.
Estaba a gusto allí, y Lucy parecía perfectamente amable, servicial y bondadosa.
Rio suavemente.
—Y también era bonita, o al menos eso creía yo entonces. Había visto a tan pocas mujeres que no tenía con qué compararla y, por tanto, no le veía defectos.
Luego, con mayor seriedad, añadió:
—Considerando todo eso, espero que nuestro compromiso —por muy tonto que resultara después— no parezca del todo antinatural ni imperdonable.
El cambio que apenas unas horas habían obrado en toda la familia Dashwood fue tan repentino y tan inmenso que la felicidad misma resultaba casi agotadora.
La señora Dashwood, abrumada por la alegría, apenas sabía cómo expresarla.
No sabía si amar más a Edward o admirar más a Elinor; si alegrarse más por su libertad o por la futura felicidad de su hija.
Anhelaba colmar a Edward de gratitud sin herir sus sentimientos hablando con demasiada franqueza de Lucy, al tiempo que intentaba dar a la pareja recién comprometida la privacidad suficiente para conversar sin interrupciones, aunque era incapaz de negarse el placer de permanecer constantemente cerca de ambos.
Marianne solo podía expresar su felicidad con lágrimas.
La alegría por Elinor la colmaba sincera y plenamente, pero era imposible que tal felicidad no despertara también otros sentimientos.
Los recuerdos volvieron. Las comparaciones se impusieron en su mente.
El pesar persistía en silencio bajo su afecto por su hermana.
Y así, aunque su felicidad era genuina, no le daba ni vivacidad ni palabras.
Pero Elinor... ¿Cómo describir sus sentimientos?
Desde el instante en que supo que Lucy se había casado con otro hombre y que Edward era al fin libre, hasta el momento en que él confirmó las esperanzas que de inmediato habían surgido en su corazón, experimentó todas las emociones salvo la calma.
Alivio, incredulidad, alegría, miedo, gratitud, asombro: todo se sucedió tan rápidamente que apenas se reconocía.
Y cuando por fin toda incertidumbre desapareció por completo —cuando comprendió plenamente que Edward había quedado liberado con honor de su antiguo compromiso y lo vio acudir a ella sin vacilación, ofreciéndole un afecto tan fiel y tierno como siempre había creído en secreto—, su felicidad se volvió casi abrumadora.
Incluso el corazón humano, con toda su capacidad de adaptarse rápidamente a la buena fortuna, necesitó muchas horas antes de que el de Elinor pudiera serenarse en algo parecido a la paz.
Edward permaneció en Barton Cottage al menos una semana más.
Nada menos habría bastado a ninguno de los dos.
Cualesquiera que fueran las obligaciones que pudieran reclamarlo en otra parte, era imposible que menos de varios días bastaran para todo lo que quedaba por decirse entre ellos.
El pasado, el presente, el futuro —cada recuerdo, cada malentendido, cada esperanza— exigía ser hablado.
Y mientras que la conversación ordinaria entre personas sensatas puede agotar un tema rápidamente, los enamorados viven bajo leyes completamente distintas.
Entre ellos, nada se dice una sola vez. Ningún tema se agota del todo.
Ninguna explicación queda completa. Ningún sentimiento se expresa plenamente hasta haberse repetido, reconsiderado y retomado veinte veces.
Naturalmente, el extraordinario matrimonio de Lucy se convirtió en uno de los primeros y más constantes temas de conversación entre ellos.
Para Elinor, que comprendía el carácter de cada persona involucrada, todo el asunto parecía más asombroso cuanto más lo consideraba.
Ya era difícil entender cómo Lucy y Robert pudieron haber coincidido el tiempo suficiente para que surgiera tal apego.
Pero que Robert —el vanidoso y superficial Robert— eligiera casarse con una mujer de la que él mismo había hablado sin admiración, y que hasta hacía poco había estado comprometida con su propio hermano, parecía casi increíble.
Toda la situación deleitaba el corazón de Elinor, divertía su imaginación y desconcertaba por completo su juicio. El propio Edward solo podía aventurar una explicación.
—Quizá —dijo— se vieron con más frecuencia de lo que imaginábamos, y Lucy descubrió exactamente cómo halagarlo. Cualquiera dispuesto a admirarlo bastante puede manejar fácilmente la vanidad de Robert. Supongo que una cosa fue llevando a otra.
Elinor recordó entonces una conversación que había mantenido con Robert en Harley Street.
Él había hablado con gran confianza sobre la influencia que creía tener en los asuntos de su hermano, insistiendo en que, de haberlo consultado antes, sin duda habría podido arreglar las cosas con más éxito.
Sonrió al recordarlo y repitió el comentario a Edward.
—Eso suena exactamente a Robert —dijo Edward de inmediato.
Luego, tras pensarlo un momento, añadió:
—Y quizá eso era en parte lo que tenía en mente cuando comenzó su relación. Y puede que Lucy, al principio, solo pretendiera ganarse su influencia a mi favor. El resto pudo venir después, poco a poco.
Sin embargo, ni siquiera ahora podía explicar con certeza cuánto tiempo llevaba existiendo el vínculo entre ellos.
Desde que dejó Londres, Edward había permanecido casi todo el tiempo en Oxford por voluntad propia, y las únicas noticias que recibía de Lucy le llegaban a través de las cartas de ella.
Hasta el final, esas cartas habían continuado siendo tan frecuentes y afectuosas como siempre.
Nada en ellas lo había preparado para lo que vendría.
Jamás había sospechado semejante cambio.
Y así, cuando llegó de pronto la última carta de Lucy, confesó que durante las horas siguientes apenas había sabido si lo que sentía era más asombro, horror o alivio.