Sentido y sensibilidad Capítulo XII
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Capítulo XII

Elinor comprendió entonces plenamente la diferencia entre esperar una desgracia y tener la certeza de que había ocurrido.

Por mucho que hubiera intentado prepararse, siempre había albergado alguna esperanza secreta mientras Edward seguía soltero.

Había imaginado, contra toda razón, que algo podría impedirlo aún.

Quizá el propio Edward rechazaría finalmente el matrimonio; quizá los amigos intervendrían; quizá Lucy encontraría un partido más ventajoso y lo liberaría de buen grado.

De algún modo imprevisto, todo podría terminar de forma diferente.

Pero ahora estaba casado. Y Elinor se reprochaba amargamente haber alentado en secreto esperanzas que solo agudizaban el dolor que ahora sufría.

Lo que más la sorprendió al principio fue la precipitación del matrimonio.

Había creído que Edward aún no podía haberse ordenado y, por tanto, no podía poseer todavía el beneficio que le habían prometido.

Pero cuanto más lo pensaba, más fácilmente comprendía la impaciencia de Lucy.

En su afán de asegurárselo por completo, Lucy pasaría por alto cualquier inconveniente excepto el peligro de la demora misma.

Estaban casados. Casados en Londres. Y ahora viajaban hacia la casa del tío de Lucy. ¿Qué habría sentido Edward, se preguntaba Elinor, al pasar a solo unas millas de Barton? ¿Qué habría pensado al ver al criado de su madre? ¿Al oír a Lucy dar su alegre mensaje?

Pronto, suponía, se instalarían definitivamente en Delaford. Delaford. El nombre mismo despertaba emociones que no podía ni aceptar ni evitar. Era un lugar que una vez había anhelado conocer, y que ahora casi temía imaginar.

Sin pretenderlo, los imaginó allí juntos en la casa parroquial.

Veía a Lucy perfectamente en su papel: enérgica, calculadora, siempre atenta a las apariencias mientras economizaba en secreto en cada detalle posible, ansiosa siempre por parecer elegante mientras ocultaba el verdadero alcance de su frugalidad.

Elinor la imaginaba cultivando con esmero el favor del coronel Brandon, adulando a la señora Jennings y ganándose la buena voluntad de cada conocido adinerado cuya influencia pudiera resultar útil algún día.

Pero cuando intentaba imaginar a Edward allí, su mente se resistía. Fuera feliz o desgraciado, contento o decepcionado, ninguna imagen de él le traía paz. Se apartaba de cada pensamiento casi en el momento en que se formaba.

Se consoló durante un tiempo con la esperanza de que alguien en Londres les escribiera pronto para darles más detalles sobre el matrimonio.

Sin embargo, un día pasó tras otro sin cartas ni noticias de ningún tipo.

Aunque no estaba segura de a quién debía culpar, se descubrió irritada por igual con todos los amigos ausentes.

Todos le parecían descuidados, indiferentes o perezosos.

—¿Cuándo piensas volver a escribir al coronel Brandon, mamá? —preguntó una mañana, menos por curiosidad que por una inquieta necesidad de que algo sucediera.

—Escribí la semana pasada, querida —respondió la señora Dashwood—. Y espero más bien verlo que recibir carta suya. Lo animé con mucho entusiasmo a visitarnos. No me sorprendería que llegara hoy, o mañana, o en cualquier momento.

Ese pensamiento le trajo a Elinor un pequeño consuelo. El coronel Brandon seguramente sabría algo. Apenas se había hecho a esa idea cuando la figura de un hombre a caballo captó su atención a través de la ventana.

Se detuvo ante la verja. Un caballero. Seguramente el propio coronel Brandon. Su corazón se aceleró al instante. Por fin habría noticias. Pero no, la figura no correspondía. No era su altura. No eran sus modales.

Una posibilidad repentina se apoderó de ella con tanta fuerza que apenas se atrevió a creerla. Debía de ser Edward. Miró de nuevo. Ya había desmontado. No cabía error. Era Edward. Elinor se apartó rápidamente de la ventana y se sentó, obligándose a respirar con calma.

«Viene de casa del señor Pratt a vernos», pensó. «Permaneceré tranquila. Me dominaré».

En cuestión de momentos se dio cuenta de que las demás también lo habían reconocido. Vio a su madre y a Marianne cambiar de color, las vio mirarla con ansiedad y cuchichear apresuradamente.

Habría dado cualquier cosa por tranquilizarlas, por hacerles comprender que no deseaba que le mostraran frialdad, ni resentimiento, ni rastro de orgullo herido. Pero la emoción la mantuvo en silencio, y se vio obligada a confiar enteramente en el criterio de ellas.

Nadie habló en voz alta. La habitación permaneció en completo silencio mientras escuchaban su aproximación.

Sus pasos sonaron por el sendero de grava del exterior.

Un momento después entró en el pasillo. Entonces, de repente, estaba ante ellas.

Incluso Elinor, por mucho que había intentado prepararse, se sorprendió por su aspecto.

Su rostro estaba pálido de agitación, y toda su expresión delataba inquietud y aprensión, como si temiera el recibimiento que le darían y creyera no merecer ninguna amabilidad de ellas.

La señora Dashwood, sin embargo, decidida —en la medida en que comprendía los deseos de Elinor— a recibirlo con amabilidad, se levantó de inmediato con visible esfuerzo, le ofreció la mano y le deseó felicidad.

Edward se sonrojó profundamente y balbuceó una respuesta tan confusa que nadie la entendió con claridad.

Los labios de Elinor se habían movido instintivamente al compás del saludo de su madre, y una vez pasado el momento, deseó haber ofrecido también la mano.

Pero ya era demasiado tarde. Obligándose a parecer serena y natural, volvió a sentarse y comenzó a hablar del tiempo con un esfuerzo tan evidente que resultaba doloroso.

Marianne se había apartado todo lo posible para quedar fuera de la vista, intentando ocultar su agitación.

Margaret, que solo comprendía lo suficiente para saber que algo serio había ocurrido, sintió que era su deber comportarse con solemne dignidad.

Por tanto, se sentó a la mayor distancia posible de Edward y mantuvo un rígido silencio.

Cuando Elinor agotó por fin todas las observaciones que pudo inventar sobre la estación seca, siguió un silencio espantoso.

La señora Dashwood finalmente lo rompió al expresar la esperanza de que la señora Ferrars se encontrara bien.

Edward respondió apresuradamente que sí.

Otro silencio. Decidida a dominarse, aunque incluso oír su propia voz le parecía difícil, Elinor habló de nuevo.

—¿Está la señora Ferrars en Longstaple?

—¿En Longstaple? —repitió Edward sorprendido—. No, mi madre está en la ciudad.

Elinor tomó una labor de la mesa para calmar el temblor de las manos.

—Quería decir —dijo con cuidado, sin levantar la vista— la señora de Edward Ferrars.

No se atrevió a alzar los ojos. Pero la señora Dashwood y Marianne lo miraron directamente. Edward volvió a sonrojarse. Parecía desconcertado, sin saber cómo responder. Tras varios momentos de visible vacilación, dijo con torpeza:

—Quizá se refiera a mi hermano. Quiere decir la señora... la señora de Robert Ferrars.

—¿La señora de Robert Ferrars? —repitieron Marianne y la señora Dashwood al unísono, con asombro.

Incluso Elinor alzó los ojos al instante hacia él, incapaz de ocultar su sorpresa.

Edward se levantó bruscamente y cruzó hacia la ventana como si fuera incapaz de permanecer quieto.

Unas tijeras descansaban cerca. Las tomó distraídamente y comenzó a estropear tanto las tijeras como su funda de cuero, cortándola sin propósito mientras hablaba con voz apresurada e irregular.

—Quizá no se hayan enterado. Mi hermano se casó la semana pasada... con la señorita Lucy Steele.

El anuncio las dejó en completa incredulidad. Solo la propia Elinor permaneció en silencio, inclinada sobre su labor en una agitación tan violenta que apenas parecía consciente de nada a su alrededor.

—Sí —continuó Edward—. Se casaron la semana pasada y ahora están en Dawlish.

Elinor no pudo soportar más. Se levantó casi al instante y salió apresuradamente de la habitación. En el momento en que la puerta se cerró tras ella, las lágrimas brotaron de los ojos: lágrimas no de pena, sino de abrumadora e incontrolable alegría. Al principio creyó que nunca cesarían.

Edward, que hasta entonces había evitado con esmero mirarla a los ojos, la vio marcharse, y quizá comprendió lo que significaba aquella emoción. Quizá incluso oyó su sollozo.

Porque inmediatamente después cayó en una distracción tan profunda que ni las preguntas de la señora Dashwood, ni el asombro de Marianne, ni ningún intento de conversación afectuosa lograron sacarlo de su ensimismamiento.

Al final, sin pronunciar otra palabra, salió de la habitación y se encaminó hacia el pueblo. Los demás se quedaron allí, sumidos en el más completo asombro, tratando de comprender un cambio tan repentino y extraordinario.

Y durante varios minutos de desconcierto, no tuvieron más guía que sus propias conjeturas confusas.