Capítulo IX #2
—Y a medida que crecíamos, mis sentimientos hacia ella se hicieron tan profundos que, a juzgar por el hombre sombrío y solitario que parezco ahora, usted pensaría que soy incapaz de haber amado jamás con tal intensidad.
Hizo una breve pausa antes de continuar en voz más queda.
—Creo que su afecto por mí era tan sincero y ferviente como el apego de su hermana al señor Willoughby. Y fue igual de desafortunado, aunque por razones muy distintas.
—A los diecisiete años la perdí para siempre.
—La casaron, contra su voluntad, con mi hermano.
Su expresión se ensombreció.
—Su fortuna era considerable, y nuestra hacienda familiar estaba gravada con muchas deudas. Me temo que esa es la única defensa posible para la conducta del hombre que era a la vez su tío y su tutor.
—Mi hermano ni la merecía ni la amaba de verdad.
Por un momento luchó visiblemente con el recuerdo.
—Había esperado que su apego hacia mí la sostuviera en todas las dificultades. Durante un tiempo, quizá, así fue. Pero al final la miseria de su situación venció por completo su fortaleza.
—La trataron con gran crueldad.
—Me había prometido que nada... —se detuvo de pronto, y luego sacudió levemente la cabeza—. Pero cuento mal esta historia. No he explicado cómo sucedió todo.
—Estábamos a pocas horas de huir juntos a Escocia.
La necedad, o la traición, de la doncella de mi prima delató nuestros planes.
Me enviaron de inmediato a casa de un pariente lejano, mientras que a Eliza le negaron la libertad, el trato social e incluso cualquier diversión, hasta que se cumplieron los deseos de mi padre.
—Había confiado demasiado en su firmeza, y el golpe fue terrible. Sin embargo, si su matrimonio al menos le hubiera traído felicidad, yo era lo bastante joven para haberlo soportado con el tiempo. Quizá después de unos meses incluso habría podido aceptarlo.
—Pero ese no fue su destino.
Su voz se hizo más queda.
—Mi hermano no sentía afecto por ella. Sus hábitos y placeres no eran los de un hombre honrado, y desde el principio la trató con crueldad.
—El efecto sobre una mente tan joven, vivaz e inexperta como la de la señora Brandon era de esperar.
—Al principio soportó con paciencia toda la miseria de su condición. Y quizá aún podría haberse salvado si no hubiera acabado por vencer el apego que aún conservaba hacia mí.
—Pero ¿podemos realmente sorprendernos de su caída? Con semejante marido alentando el descuido y la infelicidad, y sin un solo amigo que la guiara o la contuviera...
Se detuvo un instante.
—Mi padre murió pocos meses después de la boda, y para entonces yo ya me había incorporado a mi regimiento en las Indias Orientales.
—Si me hubiera quedado en Inglaterra, quizá... —vaciló de nuevo—. Pero creí que mi ausencia acabaría por ahorrarnos a ambos un dolor mayor. Busqué deliberadamente un destino en el extranjero con intención de permanecer fuera durante años.
—La conmoción de su matrimonio —continuó, hablando ahora con visible agitación— fue insignificante comparada con lo que sufrí casi dos años después, al enterarme de su divorcio.
—Eso fue lo que arrojó esta sombra permanente sobre mi vida.
—Incluso ahora... —se interrumpió bruscamente—. Incluso ahora, el recuerdo de lo que padecí...
No pudo continuar. Se levantó de pronto, cruzó la habitación y anduvo de un lado a otro durante varios minutos, luchando por recobrar el dominio de sí mismo. Elinor, profundamente conmovida no solo por la historia en sí, sino más aún por el dolor con que la relataba, permaneció en silencio.
Por fin él reparó en la compasión de su expresión. Volvió a su lado, le tomó suavemente la mano, se la apretó con gratitud y se la besó con callado respeto. Unos momentos después, una vez recobrada la compostura, reanudó su relato.
—Transcurrieron casi tres años desde aquel desgraciado período antes de que regresara a Inglaterra —prosiguió el coronel Brandon—. Y, naturalmente, mi primer pensamiento al llegar fue buscarla.
—Pero la búsqueda resultó tan dolorosa como infructuosa.
—Solo pude seguir su rastro hasta el primer hombre que la arruinó, y había motivos de sobra para temer que lo había dejado solo para hundirse aún más en la miseria y la deshonra.
—La asignación que se le concedió tras el divorcio era del todo insuficiente, ni siquiera equivalente a la fortuna que una vez había poseído, y muy lejos de bastar para mantenerla con desahogo. Mi hermano me informó de que el derecho a recibirla ya había sido cedido meses antes a otra persona.
—Él creía, y con qué frialdad lo creía, que la angustia y la prodigalidad la habían obligado a venderla a cambio de un alivio inmediato.
El coronel Brandon hizo una breve pausa.
—Al fin, tras pasar seis meses en Inglaterra, la encontré.
—La preocupación por un antiguo criado mío que había contraído deudas me llevó a visitarlo en una prisión por deudas donde estaba recluido. Y allí, bajo el mismo techo y en circunstancias igualmente miserables, encontré a mi pobre Eliza.
Su voz se convirtió casi en un susurro.
—Estaba tan cambiada... tan marchita... consumida por toda clase de sufrimientos. Apenas pude reconocer en aquella figura débil y destrozada a la hermosa, vivaz y saludable muchacha que una vez había adorado.
—Lo que sentí al volver a verla... —Sacudió levemente la cabeza—. No deseo herirla más describiendo aquello. Ya he dicho demasiado.
—Parecía estar en las últimas etapas de la tisis. Y por terrible que fuera la situación, saberlo se convirtió casi en mi único consuelo. La vida ya poco podía ofrecerle, salvo tiempo para prepararse en paz para la muerte.
—Y al menos esa misericordia le fue concedida.
—La trasladé a un alojamiento cómodo y me aseguré de que recibiera los cuidados apropiados. La visité a diario durante lo poco que le quedaba de vida.
—Estuve con ella cuando murió.
De nuevo la emoción lo embargó.
Elinor, profundamente conmovida por la historia y por el dolor con que la relataba, solo pudo expresar su compasión con palabras serenas de sincero pesar.
—Espero que su hermana —continuó él tras un momento— no se ofenda por el parecido que una vez imaginé entre Marianne y mi desafortunada pariente.
—Sus destinos no tienen por qué ser iguales, ni pueden serlo. Si la dulzura natural de Eliza hubiera estado protegida por mayor firmeza de carácter, o por un matrimonio más feliz, podría haberse convertido en todo lo que aún espero que la señorita Marianne llegue a ser algún día.
Hizo otra pausa y se pasó la mano por la frente con gesto cansado.
—Pero ¿qué propósito tiene todo esto? Parece que solo la he angustiado innecesariamente. Señorita Dashwood... los recuerdos que llevan catorce años intactos son peligrosos de remover.
—Intentaré ser más breve.
Tras recomponerse, continuó.
—Eliza dejó una hija, una niña de unos tres años, fruto de su primera desdichada relación.
—Amaba profundamente a la niña y siempre la había tenido a su lado. Para mí, la responsabilidad se volvió sagrada, y con gusto la habría criado yo mismo si mis circunstancias lo hubieran permitido. Pero no tenía una vida doméstica apropiada, así que ingresé a la pequeña Eliza en un internado.
—La visitaba siempre que podía, y tras la muerte de mi hermano hace cinco años, que me dejó en posesión de la propiedad familiar, venía ocasionalmente a quedarse conmigo en Delaford.
—La presentaba como una pariente lejana, aunque soy perfectamente consciente de que muchos sospechaban un vínculo más estrecho.
Una leve sombra cruzó su rostro.
—Hace tres años, poco después de que cumpliera catorce, la saqué del internado y la dejé al cuidado de una mujer muy respetable en Dorsetshire que se ocupaba de varias muchachas de su edad.
—Durante dos años tuve motivos de sobra para creer que todo iba bien.
—Pero el pasado febrero, hace ya casi un año, desapareció.
Elinor escuchaba con creciente alarma.
—A petición de ella, le había permitido viajar a Bath con una joven amiga que acompañaba a su padre, que iba allí por motivos de salud.
—Sabía que el caballero era respetable y tenía buena opinión de su hija, mucho mejor de la que merecía, como después se demostró.
—Ella guardó el más obstinado y equivocado de los silencios durante todo el asunto. Aunque sin duda conocía la verdad, no reveló nada ni ofreció la menor pista.
—Su padre, mientras tanto, era un hombre de buen corazón pero algo corto de entendederas, que realmente parecía ignorar lo sucedido. Había permanecido casi siempre en casa mientras las muchachas vagaban libremente por Bath y trababan las amistades que les venía en gana.
—Intentó sinceramente convencerme de que su hija no sabía nada del asunto.
—En resumen, solo supe esto: Eliza había desaparecido.
—Durante ocho largos meses no supe nada más.
—Lo que temí durante ese tiempo... lo que sufrí... —Se detuvo un instante—. Quizá pueda imaginarlo.
—¡Santo cielo! —exclamó Elinor de pronto—. ¿Es posible? ¿Podría ser Willoughby...?
—Las primeras noticias que recibí de ella —continuó el coronel Brandon— llegaron en una carta escrita por la propia Eliza el pasado octubre.
—Me la habían reenviado desde Delaford y me llegó la misma mañana en que debíamos visitar Whitwell.
—Esa fue la razón por la que abandoné Barton tan de repente aquel día, una decisión que sé que debió parecer extraña, y quizá ofensiva, a todos los presentes.
—Poco sospechaba el señor Willoughby, cuando me condenó en silencio por echar a perder la excursión, que me habían llamado a rescatar a la misma muchacha a la que él había arruinado.
—Pero aunque lo hubiera sabido, ¿qué diferencia habría supuesto?
—¿Habría estado menos alegre? ¿Menos complacido con la admiración de su hermana?
—No. Para entonces ya había cometido un acto que ningún hombre de honor habría cometido.
—Había abandonado a una joven cuya inocencia y juventud había destruido. La había dejado en total desamparo, sin un hogar respetable, sin ayuda, sin amigos, sin saber siquiera dónde encontrarlo.
—Prometió que volvería.
—Pero no volvió... ni escribió... ni ofreció la más mínima ayuda.
—Esto supera todo lo que podría haber imaginado —exclamó Elinor.
—Ahora ve por completo su verdadero carácter: imprudente, derrochador, egoísta, y peor aún.
—Y sabiendo esto, como lo he sabido durante muchas semanas, imagine lo que debí sentir al ver a su hermana encariñarse más con él cada día, y al oír a todos hablar con confianza de su futuro matrimonio. Imagine lo que sufrí por todos ustedes.
—Cuando fui a verla la semana pasada y la encontré sola, ya había resuelto averiguar la verdad, aunque apenas sabía qué haría una vez que la supiera.
—Mi comportamiento debió parecerle extraño entonces. Ahora lo comprende.
—Quedarme de brazos cruzados mientras todos ustedes eran engañados, ver a Marianne.
.. —Se interrumpió un momento—. Pero ¿qué poder tenía yo en realidad?
Albergaba pocas esperanzas de que mi intervención sirviera de algo.
A veces incluso llegué a convencerme de que quizá la influencia de su hermana aún podría redimirlo.
—Pero ahora... después de una conducta tan deshonrosa... ¿quién puede saber cuáles eran en verdad sus intenciones hacia ella?
Su voz se ensombreció.
—Sean cuales fueren, su hermana podrá algún día agradecer haberse librado cuando compare su destino con el de mi pobre Eliza.
—Cuando imagine a esa desafortunada muchacha... amándolo con una devoción tan profunda como la suya, cargando para siempre con la vergüenza y el remordimiento... seguramente la comparación acabará por traerle algún consuelo.
—El sufrimiento de Marianne, por doloroso que sea, no conlleva culpa ni deshonra.
—Por el contrario, todos cuantos la aprecian la querrán aún más por ello. La compasión por su desdicha y la admiración por el valor con que la soporta solo pueden fortalecer el afecto que los demás sienten por ella.
Se detuvo un momento antes de añadir con mayor dulzura:
—Debe juzgar usted misma cuánto de lo que le he contado conviene compartir con su hermana. Solo usted puede saber qué efecto producirá.
—Pero le aseguro sinceramente que si no hubiera creído de corazón que podría ayudarla... que podría aliviar su pesar... jamás la habría abrumado con la historia de las desgracias de mi familia, ni con un relato que podría parecer destinado a ensalzar mi persona a costa de otro hombre.
Elinor le dio las gracias con profunda y sincera gratitud. Le aseguró que, en efecto, creía que su confianza podría beneficiar enormemente a Marianne.
—Lo que más me ha angustiado —admitió— ha sido su constante deseo de disculparlo. Eso la atormenta mucho más de lo que la atormentaría la certeza de que él no la merece.
—Al principio la verdad la herirá terriblemente, pero creo que acabará por traerle paz.
Tras un breve silencio, preguntó en voz baja:
—¿Ha visto al señor Willoughby desde que dejó Barton?
—Sí —respondió el coronel Brandon con gravedad—. Una vez. Un encuentro entre nosotros resultó inevitable.
Algo en su expresión alarmó a Elinor al instante.
—No querrá decir... —dijo con ansiedad—. Seguramente no se encontró con él para...
—No habría podido encontrarme con él por ningún otro motivo —respondió él.
—Eliza me había confesado su nombre, aunque solo con gran reticencia. Cuando él regresó a Londres... apenas dos semanas después de mi llegada... nos encontramos por acuerdo previo. Él vino a defender su conducta. Yo, a castigarla.
Tras una breve pausa, añadió con calma:
—Ambos salimos ilesos del encuentro. Por lo tanto, el asunto nunca se hizo público.
Elinor suspiró para sus adentros ante lo que imaginaba que había resultado necesario para un hombre de honor y militar, aunque no se consideró con derecho a condenarlo abiertamente.
—Así de miserable —dijo el coronel Brandon tras otro silencio— ha sido el parecido entre el destino de madre e hija.
—Y cuán imperfectamente he cumplido con la confianza depositada en mí.
—¿Sigue la señorita Eliza en Londres? —preguntó Elinor con delicadeza.
—No. Una vez que se recuperó del parto... pues la encontré poco antes de que naciera la criatura... la llevé junto con el bebé al campo.
—Allí sigue todavía.
Poco después, recordando quizás que ya había entretenido demasiado a Elinor mientras la mantenía alejada de Marianne, el coronel Brandon se levantó para marcharse.
Elinor le dio las gracias una vez más con sincera gratitud, y cuando él partió, la dejó colmada de compasión por su sufrimiento y de un respeto aún más profundo por la bondad de su carácter.