Sentido y sensibilidad Capítulo VII
46%

Capítulo VII

A la mañana siguiente, antes incluso de que la criada hubiera encendido el fuego, y mientras el débil sol de enero apenas calentaba la habitación fría y gris, Marianne ya estaba despierta.

Medio vestida, se arrodilló junto a la ventana en busca de la escasa luz que ofrecía la mañana, escribiendo con rapidez a pesar de las lágrimas que caían tan constantemente que la obligaban a detenerse una y otra vez.

Así fue como Elinor, despertada por el sonido de sus sollozos y su agitación, la encontró.

Tras observarla en silencio durante unos momentos, con inquieta preocupación, le dijo con suavidad:

—Marianne... ¿puedo preguntarte...?

—No, Elinor —la interrumpió Marianne—. No me preguntes nada. Pronto lo sabrás todo.

La desesperada calma con la que habló se desvaneció casi de inmediato y dio paso, una vez más, a un dolor abrumador.

Pasaron varios minutos antes de que pudiera seguir escribiendo, y cada nuevo estallido de lágrimas que interrumpía su escritura dejaba dolorosamente claro que creía estar escribiéndole a Willoughby por última vez.

Elinor le ofreció cuanta amabilidad silenciosa pudo sin entrometerse en el sufrimiento de su hermana. De buena gana habría intentado consolarla con más empeño, pero Marianne, en un estado de dolorosa agitación nerviosa, le rogó repetidamente que no le hablara en absoluto.

En tales circunstancias, era mejor para ambas no permanecer juntas mucho tiempo.

La inquieta desdicha de Marianne no le permitía quedarse quieta ni siquiera después de vestirse.

Como necesitaba a la vez soledad y movimiento, vagó por la casa hasta la hora del desayuno, evitando a cuantos encontraba.

En el desayuno no comió ni intentó comer. Elinor dedicó toda su atención no a insistirle, no a compadecerla abiertamente, ni siquiera a aparentar que observaba su angustia, sino a mantener a la señora Jennings completamente ocupada consigo misma.

Sin embargo, el desayuno era uno de los momentos favoritos del día para la señora Jennings y, por tanto, se prolongó bastante. Apenas se habían reunido alrededor de la mesa de labor cuando trajeron una carta para Marianne.

La arrebató con ansia de las manos del criado. Después, palideciendo de golpe como si la hubiera tocado la muerte, salió corriendo de la habitación. Elinor comprendió de inmediato, con tanta certeza como si hubiera visto la letra con sus propios ojos, que la carta debía de ser de Willoughby.

Un repentino malestar se apoderó de ella con tal violencia que apenas podía mantenerse erguida, y temblaba tan visiblemente que por un momento temió que la señora Jennings notara su angustia.

Pero la señora Jennings no observó nada salvo que Marianne había recibido una carta de Willoughby, circunstancia que le pareció sumamente divertida.

Riendo con ganas, comentó que esperaba que la señorita Marianne encontrara agradable la carta.

En cuanto a la agitación de Elinor, la señora Jennings estaba demasiado ocupada midiendo lana para una alfombra como para percibir nada fuera de lo normal.

Sin dejar de hablar alegremente, prosiguió en cuanto Marianne desapareció.

—Palabra de honor —declaró—, en mi vida he visto a una joven tan perdidamente enamorada.

Mis propias hijas fueron bastante tontas en su momento, bien lo sabe Dios, pero no eran nada comparadas con la señorita Marianne.

Está completamente cambiada. Espero de corazón que el Señor Willoughby no la haga esperar mucho más, porque da mucha pena verla tan pálida e infeliz. Dígame, ¿cuándo van a casarse?

Elinor nunca se había sentido menos inclinada a hablar, pero se obligó a responder. Intentando esbozar una sonrisa, dijo:

—¿De verdad se ha convencido, señora, de que mi hermana está comprometida con el señor Willoughby?

Creía que era solo una broma, pero una pregunta tan seria sugiere lo contrario.

Debo rogarle que no siga engañándose. Le aseguro que nada me sorprendería más que enterarme de que tienen intención de casarse.

—Vamos, señorita Dashwood, ¡no diga esas cosas!

—exclamó la señora Jennings—. ¿Acaso no sabe todo el mundo que van a casarse?

Estaban perdidamente enamorados desde el primer momento en que se conocieron.

¿Acaso no los vi juntos todos los días en Devonshire?

¿Y acaso no sabía yo perfectamente que su hermana vino a la ciudad conmigo expresamente para comprar el ajuar?

—No, no, esto no puede ser. Solo porque usted está empeñada en guardar el secreto, cree que nadie más ve lo que tiene delante de las narices. Pero le aseguro que toda la ciudad lo sabe desde hace tiempo. Se lo cuento a todo el mundo, y Charlotte también.

—Se equivoca, señora —dijo Elinor con seriedad—. Y está siendo muy injusta al difundir semejante rumor. Algún día se dará cuenta, aunque sé que ahora no me creerá.

La señora Jennings volvió a reír, pero Elinor no tenía ni fuerzas ni ganas de seguir con la conversación. Desesperada por saber qué había escrito Willoughby, subió a toda prisa a su habitación.

Nada más abrir la puerta, vio a Marianne tendida en la cama, casi ahogada por el dolor. Una carta seguía apretada en su mano mientras otras dos o tres yacían esparcidas a su lado. Elinor se acercó en silencio.

Se sentó junto a su hermana, le tomó la mano con suavidad y se la besó varias veces antes de que sus propias lágrimas la vencieran al fin. Durante unos momentos, su dolor pareció apenas menos violento que el de Marianne.

Marianne, aunque incapaz de hablar, pareció profundamente conmovida por aquella ternura. Tras permanecer juntas un rato compartiendo su desdicha, puso todas las cartas en las manos de Elinor, hundió el rostro en el pañuelo y prorrumpió en gritos de angustia casi insoportable.

Elinor sabía que un dolor tan violento no podía simplemente contenerse.

Por doloroso que fuera presenciarlo, tenía que agotarse por sí solo.

Permaneció junto a Marianne hasta que la primera tormenta de sufrimiento amainó un tanto y entonces, con manos ansiosas, tomó la carta de Willoughby y comenzó a leer.

Bond Street, enero

Mi estimada señora:

Acabo de tener el honor de recibir su carta, por la cual le doy sinceramente las gracias.

Me preocupa profundamente que algo en mi conducta de anoche le haya causado disgusto, aunque confieso ser completamente incapaz de comprender de qué manera puedo haberla ofendido.

Le pido perdón por lo que le aseguro fue del todo involuntario.

Siempre recordaré con gratitud y placer la amabilidad que recibí de su familia durante mi estancia en Devonshire, y confío en que ningún malentendido interrumpa de forma permanente dicha relación.

Mi consideración hacia toda su familia es perfectamente sincera. Pero si por desgracia he alentado expectativas más allá de lo que realmente sentía, o pretendía expresar, solo puedo reprocharme a mí mismo el no haber sido más cuidadoso en la manera de expresar dicha consideración.

Sin embargo, que yo pudiera haber pretendido algo más serio le parecerá sin duda imposible una vez que sepa que mis afectos están comprometidos desde hace tiempo con otra persona, y creo que no pasarán muchas semanas antes de que dicho compromiso se cumpla.

Con pesar le devuelvo las cartas con las que me honró, junto con el mechón de cabello que tan amablemente me obsequió.

Su seguro servidor,

John Willoughby

Es imposible imaginar que alguien lea semejante carta sin indignación. Aunque Elinor había esperado alguna confesión de inconstancia, alguna confirmación de que el vínculo entre Marianne y Willoughby había terminado para siempre, jamás habría podido imaginar un lenguaje tan frío y calculador.

Nunca lo había creído capaz de abandonar de forma tan absoluta toda apariencia de honor, ternura y decencia.

La crueldad de la carta parecía casi increíble. No había disculpa verdadera alguna. Ningún reconocimiento de traición. Ninguna admisión de haber amado a Marianne jamás. Cada línea negaba toda intimidad al tiempo que insultaba con sutileza a la mujer cuyo corazón había destrozado.

Para Elinor, la carta no revelaba mera indiferencia, sino una dureza deliberada.

Durante varios momentos permaneció inmóvil, presa del asombro y la indignación.

Luego la leyó de nuevo. Y otra vez. Pero cada nueva lectura solo ahondaba su horror hacia él.

Sus sentimientos se volvieron tan amargos que apenas confiaba en poder hablar, temiendo herir aún más a Marianne al expresar lo que ahora creía con terrible certeza: que aquella separación, por agónica que resultara, había librado a su hermana de la desgracia mucho mayor de unir su vida para siempre a un hombre egoísta y deshonroso.

Mientras se sumía en estos pensamientos —reflexionando sobre la crueldad que había sido capaz de escribir semejante carta y, quizá inconscientemente, comparando el carácter de Willoughby con el de otro hombre muy distinto de él, aunque relacionado con el asunto únicamente a través de las reflexiones privadas de Elinor—, olvidó por completo el paso del tiempo.

Olvidó la angustia inmediata de Marianne.

Olvidó las cartas restantes aún sin abrir que descansaban en su regazo.

Tan completa fue su distracción que, cuando oyó llegar un carruaje y se acercó a la ventana preguntándose quién podría visitarlas tan temprano, se sorprendió al descubrir que el carruaje de la señora Jennings ya aguardaba, aunque no lo había pedido hasta la una.

Decidida a no abandonar a Marianne, a pesar de sentirse impotente por el momento para aliviar su sufrimiento, Elinor bajó apresuradamente las escaleras para excusarse de acompañar a la señora Jennings y explicarle que su hermana se encontraba indispuesta.

La señora Jennings, genuinamente bondadosa bajo toda su charlatanería y alegría, aceptó la explicación de inmediato y con sincera preocupación. Una vez que la vio marchar, Elinor regresó arriba y encontró a Marianne intentando levantarse de la cama.