Sentido y sensibilidad Capítulo IV
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Capítulo IV

Elinor apenas podía creer que estuviera sentada junto a la señora Jennings en un carruaje rumbo a Londres, viajando bajo su protección y como su invitada, sin sentir cierto asombro ante su propia situación.

El trato con aquella dama había sido tan breve, sus personalidades tan distintas, y apenas unos días antes ella misma se había opuesto enérgicamente a semejante arreglo.

Pero aquellas objeciones habían ido desapareciendo bajo el cálido entusiasmo que Marianne y su madre compartían por igual.

Y a pesar de todas las dudas que aún albergaba sobre la constancia de Willoughby, Elinor no podía contemplar la radiante expectación de Marianne sin establecer una dolorosa comparación.

La esperanza iluminaba a Marianne por completo.

Brillaba en sus ojos, animaba su voz, llenaba cada pensamiento de su corazón.

Junto a semejante felicidad, el propio futuro de Elinor parecía vacío y frío.

En aquel momento casi deseaba poder cambiar su tranquila decepción por la ansiosa incertidumbre de la situación de Marianne, con tal de tener a alguien amado hacia quien la esperanza pudiera aún dirigirse.

Muy pronto —muy pronto, en verdad— se conocerían las intenciones de Willoughby.

Casi con toda seguridad ya estaba en Londres.

La impaciencia de Marianne por llegar dejaba pocas dudas de que esperaba encontrarlo allí de inmediato.

Elinor se propuso no solo averiguar todo lo posible sobre su carácter mediante la observación y la información de otros, sino también vigilar su comportamiento hacia Marianne con la mayor atención.

Antes de que transcurrieran muchos encuentros, pretendía comprender exactamente qué clase de hombre era y cuáles podían ser sus verdaderas intenciones.

Si sus conclusiones resultaban desfavorables, estaba decidida a abrir los ojos de Marianne a cualquier precio.

Si resultaban lo contrario, entonces su lucha sería de otra índole.

Necesitaría silenciar todo lamento egoísta y aprender a regocijarse plenamente con la felicidad de Marianne sin permitir que sus propias decepciones la ensombrecieran.

El viaje duró tres días, y la conducta de Marianne a lo largo del trayecto ofreció una excelente muestra de la compañía que la señora Jennings podría esperar de ella en el futuro.

Durante la mayor parte del viaje permaneció en silencio, absorta en sus propios pensamientos, y rara vez hablaba a menos que algún hermoso paisaje o escena pintoresca fuera de la ventanilla del carruaje le arrancara una exclamación de deleite dirigida únicamente a Elinor.

Para compensar esta falta de atención, Elinor asumió de inmediato las obligaciones de la cortesía. Conversó constantemente con la señora Jennings, escuchó con paciencia, rio cuando correspondía e hizo todo lo posible por hacer el viaje agradable.

La señora Jennings, mientras tanto, trató a ambas hermanas con genuina amabilidad.

Se preocupó continuamente por su comodidad, se afanó por sus comidas en cada posada y pareció decepcionada únicamente por su incapacidad para persuadirlas de elegir sus cenas con mayor decisión o confesar si preferían el salmón al bacalao, o el pollo hervido a las chuletas de ternera.

Por fin, el tercer día, llegaron a Londres alrededor de las tres de la tarde, aliviadas de librarse del encierro del carruaje y ansiosas por disfrutar del calor y el descanso junto a un buen fuego.

La casa de la señora Jennings era grande, elegante y cómodamente amueblada.

Las hermanas fueron conducidas de inmediato a una agradable habitación preparada para ellas.

Había pertenecido a Charlotte, y sobre la repisa de la chimenea aún colgaba un paisaje bordado en seda que ella misma había hecho: un orgulloso recordatorio de que siete años en una costosa escuela londinense no habían sido del todo en vano.

Como la cena no estaría lista hasta dentro de dos horas, Elinor decidió aprovechar el tiempo para escribir a su madre y de inmediato se sentó ante una mesa con papel y tinta. Unos momentos después, Marianne hizo lo mismo.

—Estoy escribiendo a casa, Marianne —dijo Elinor—. ¿No sería mejor esperar un día o dos antes de enviar tu carta?

—No estoy escribiendo a mi madre —respondió Marianne con presteza, en un tono que claramente desalentaba nuevas preguntas.

Elinor no dijo nada más. Comprendió de inmediato. Marianne debía de estar escribiendo a Willoughby. Y de esa conclusión siguió otra al instante: por mucho que desearan ocultarlo, sin duda debían de estar comprometidos.

El pensamiento, aunque no del todo tranquilizador, trajo a Elinor cierto consuelo.

Continuó su propia carta con el ánimo más ligero.

La nota de Marianne, mientras tanto, estuvo terminada en solo unos minutos.

Apenas podía contener más que unas pocas líneas.

La dobló apresuradamente, la selló con manos ansiosas y escribió la dirección tan rápidamente que Elinor creyó vislumbrar una gran W en el sobre.

En cuanto estuvo lista, Marianne llamó a un criado y le pidió que enviara la carta de inmediato por el correo de dos peniques. Aquello resolvió el asunto por completo en la mente de Elinor.

El ánimo de Marianne se mantuvo elevado, pero ahora latía bajo él una inquieta excitación que impedía a Elinor encontrar mucho consuelo en su felicidad. A medida que se acercaba la noche, su agitación se hizo imposible de ignorar.

Durante la cena apenas pudo probar bocado. Y después, cuando regresaron al salón, parecía escuchar con ansiedad cada carruaje que pasaba por la calle.

Elinor agradeció que la señora Jennings permaneciera ocupada arriba durante gran parte de la velada y apenas reparara en lo que estaba sucediendo.

Acababan de traer el té cuando Marianne volvió a decepcionarse al oír que llamaban a una casa vecina. Pero solo unos momentos después resonó otra llamada en la calle, demasiado cerca y clara como para provenir de ningún otro lugar.

Marianne se puso en pie al instante. La propia Elinor estaba casi segura de que debía de ser Willoughby.

Durante varios segundos insoportables todo permaneció en silencio.

Marianne no pudo soportar el suspenso. Se apresuró hacia la puerta, salió hacia la escalera y escuchó conteniendo el aliento.

Medio minuto después regresó, temblando de emoción y completamente convencida de haberlo oído.

—Oh, Elinor —susurró, apenas capaz de contenerse—, es Willoughby, ¡de verdad que es él!

Parecía casi dispuesta a arrojarse en sus brazos.

Pero en su lugar, quien entró en la habitación fue el coronel Brandon.

La conmoción fue demasiado fuerte para disimularla.

Marianne se dio la vuelta de inmediato y abandonó la sala.

Elinor también se sintió decepcionada, aunque al mismo tiempo su afecto y respeto por el coronel Brandon hacían que su llegada le resultara grata.

Le angustiaba profundamente que un hombre tan sinceramente apegado a Marianne percibiera al instante que su presencia no había causado más que dolor y decepción.

Y en efecto, lo notó de inmediato. Observó a Marianne abandonar la habitación con tal asombro e inquietud que por un momento pareció olvidar casi por completo las cortesías que debía a la propia Elinor.

—¿Se encuentra indispuesta su hermana? —preguntó.

Elinor respondió con cierta turbación que Marianne estaba en efecto indispuesta, y se apresuró a explicar su comportamiento aludiendo a dolores de cabeza, fatiga, ánimo bajo y el agotamiento del viaje: cualquier cosa que pudiera razonablemente excusar su agitación.

El coronel Brandon escuchó con la mayor seriedad y atención. Pero después de un momento, como si se obligara a recuperar la compostura, dejó caer el tema y en su lugar habló del placer que le causaba encontrarlas en Londres, preguntando cortésmente por su viaje y los amigos que habían dejado atrás.

La conversación continuó de esta manera tranquila y contenida, aunque ninguno de los dos tenía realmente la mente puesta en ella. Ambos estaban distraídos, ambos inquietos, y ambos con el pensamiento en otra parte.

Elinor anhelaba preguntar si Willoughby estaba en la ciudad, pero temía causar dolor al mencionar al hombre que era, a fin de cuentas, su rival. Por fin, simplemente por decir algo, preguntó si el coronel Brandon había permanecido en Londres desde que se vieron por última vez.

—Sí —respondió él, con ligera vacilación—. Casi todo el tiempo. He ido una o dos veces a Delaford por unos días, pero no he podido regresar a Barton.

El tono en que habló trajo de inmediato a la memoria de Elinor las extrañas circunstancias que rodearon su anterior partida de Barton, junto con toda la inquietud y las sospechas que la señora Jennings había relacionado con ella.

Al instante temió que su pregunta pudiera haber sonado mucho más curiosa de lo que jamás había pretendido.

La señora Jennings no tardó en irrumpir ruidosamente en la habitación.

—¡Oh, coronel! —exclamó alegremente—. Me encanta verlo.

Perdóneme por no venir antes, pero he tenido mil cosas que resolver.

Una nunca se ausenta de casa un tiempo sin regresar a infinitos pequeños problemas.

Y luego tenía que ocuparme de Cartwright.

He estado atarreadísima desde la cena. Pero dígame, ¿cómo diablos descubrió que estaba en la ciudad hoy?

—Tuve el placer de oírlo mientras cenaba en casa del señor Palmer.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo están todos? ¿Cómo está Charlotte? Seguro que ya está enorme.

—La señora Palmer parecía estar perfectamente, y me pidió que le dijera que mañana la verá con toda seguridad.