Señora de las cuatro décadas MI DEBUT #2
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MI DEBUT #2

Ya era el sexto mes del año y de la relación.

La luna de miel había terminado. Empezaron las discusiones entre ella y yo, por tema de celos.

"Las palabras son cuchillas cuando las manejan orgullos y pasiones" (3).

Pese a mi corta edad, era consciente que una mujer como Anita no era fácil de ponerle las riendas.

Esa señora me hizo vivir los momentos sexuales más felices hasta esa edad.

Y me enseñó muchas cosas en la intimidad.

Era una mujer muy fogosa, una montaña rusa, una yegua desbocada.

A veces, llegaba yo a la academia todo trasnochado, que hasta me cabeceaba en las clases.

Cierta vez, un profesor, contó una historia similar a la que estaba pasando yo, culminando con esta sorpresiva frase, que me cayó a pelo: "donde hay perra hembra, no debe de haber perro macho".

En cierta ocasión, ella me trató muy mal.

Es que eyaculé muy rápido. Me dio una cachetada y trató mi miembro viril como un estropajo.

Recuerdo que esa noche llegó ella a mi habitación.

La había estado esperando con ansias. Pues, desde la mañana me despertó el deseo al verla tan sensual, en short y con una blusa de color palo rosa.

Montó en su bicicleta y se fue a la caja municipal, que estaba a pocas cuadras de su casa, a hacer un depósito.

“Si quieres, acompáñame, pero vas caminando”, me dijo.

A lo largo del camino varios sujetos la silbaban y le lanzaban piropos.

En cierto modo, me sentía afortunado estar con una mujer tan deseada.

Ella también, en cierta forma, hacía alarde de estar con un muchacho tan joven.

“Él me rejuvenece”, solía decía decir a sus amigas más íntimas.

Sin embargo, esa noche llegó cargada de placer.

Su cuerpo hervía. La sentí tan fogosa, tan ardiente, tan devoradora.

Estaba cabalgando sobre mí, era una yegua desbocada, tan intensa, que a los pocos minutos me hizo eyacular.

Casi al instante se dio cuenta. Se enfureció, me dio una cachetada y maltrató mi miembro viril.

- Cómo me vas a dejar así, no me sirves -me dijo a boca de jarro.

- Disculpa.

Luego, como que se arrepintió un poco de su reacción, me aconsejó.

- Tú no puedes dejar una mujer así. Tienes que hacerla terminar. Porque si tú terminas y ella no, te va a poner los cachos. – me incriminó. Incluso me dio unos tips para evitar pasar ese incidente.

Desde ese momento, la empecé a ver de otra manera. Reafirmé, que de una mujer así no me podía enamorar. Lo nuestro solo era atracción sexual.

Pero, Juanita también provocó en mí unos celos horribles. En algunas oportunidades llegaban a visitarla unos amigos, según ella. Se quedaban conversando hasta altas horas de la noche. Ya solo me faltaba rasgar las paredes. Me hervía la sangre cuando escuchaba que se reía con ellos a carcajadas.

Me daba mil vueltas en mi cama, esperándola. Una vez, no aguanté más y cuando llegó a mi habitación le di una cachetada. Me la devolvió. Pero, como siempre, después de la guerra hacíamos el amor.

"Ningún hombre me ha podido dominar, ahora lo va a poder un mocoso", era la frase que siempre me repetía. La relación era solo atracción física y sexual. Yo era consciente de ello. Sabía que no era amor y que podía dejarla en cualquier momento.

Pero, como les decía, hubo una discusión que inició la curva descendente en esta historia. Discutimos por cuestión de celos, nos fuimos hasta las manos. Alisté mis cosas y aproveché en viajar a Piura. Pensaba regresar, pero le hice creer que era el final.

Ya iba saliendo con mi maleta, bajando la escalera, y ella intentó detenerme.

Forcejeamos. Agarró una plancha (de planchar ropa), me dijo "maldito", y me dio con la plancha en la rodilla derecha.

Casi me priva. Se asustó. Me abrazó y me besó.

Logré recuperarme del dolor, me zafé de ella y me fui.

Emprendí el viaje. Grande fue mi sorpresa al llegar a mi ciudad, y ver que ella me había seguido, viajó conmigo en el mismo bus.

Traté de tragarme todo lo malo que había ocurrido y puse mi mejor cara, como si nada hubiese pasado.

- ¿Y tú hijo, con quién lo has dejado?

- Le pedí a mi comadre Rocío que se quedara con él.

Llegamos a mi casa. Fue el error más grande. Mi familia es más astuta. Empezaron a estudiar todo nuestro comportamiento, hasta en la forma cómo nos mirábamos. El simple hecho de llegar juntos levantó la sospecha y encendió las alarmas.

Lo peor que hicimos es ir juntos a otra casa que tenían mis padres. Pero lo hicimos para ponernos de acuerdo en qué hacer para despistarlos. Sin embargo, por el contrario, se hicieron más grandes las sospechas.

Ya sentía la carga de mi conciencia y de las miradas de mis familiares que me decían: estás con esa mujer. La bomba estaba a punto de estallar. Hablé con ella, le dije que se fuera, que corra por su vida, que yo iba a regresar luego a Trujillo.

Menos mal que me hizo caso y se fue. Mi mamá, que no es de callar nada, me lanzó las más grandes ofensas.

Sentí que me mataba con sus palabras. Y a ella, le dijo de todo: que era una charapa (así se les llama despectivamente a las mujeres de la selva peruana), una tal por cual, que se había aprovechado de mí, que era una abusadora.

Solo atiné a contestarle que ella en ningún momento había abusado de mí, que todo había ocurrido con mi consentimiento.

Por decir eso, casi me masacra. Estuve a punto de decirle que yo no estaba enamorado, que eso no era amor, que quizás estaba "encamotado", como solía decir mi madre, pero no me atreví.

Todas mis hermanas me miraban con ojos acusadores, pero no se atrevían a decirme nada, conocían mi carácter y sabían que no les iba a contestar bien.

Mi madre era la única que se atrevía a reclamarme.

Mi padre, con su silencio y tranquilidad me decía mucho.

Si bien no aprobaba lo que yo estaba haciendo, me decía, sin decir una palabra, que no había porqué dramatizar.

Y quizás en el fondo decía: ¡Ese es mi hijo!

De igual manera, mi hermano mayor no me cuestionó porque sabía que se estaba haciendo un tornado con tan poco viento.

No obstante, yo tenía decidido el retorno a la ciudad de la eterna primavera.

Por la noche, cuando todos estaban en sus habitaciones, supuestamente durmiendo.

Con mi maleta lista, bajé lo más despacio las escaleras.

Quité los pestillos del cerrojo de la puerta de la calle con los dientes apretados, tratando de evitar el más mínimo sonido.

Sin embargo, con el silencio de la noche, se escucha hasta nuestra respiración.

Justo que abro la puerta y mi madre sale de su cuarto y empieza a llorar.

-Hijito, qué te pasa. ¿A dónde vas? –Corrió hacia mí y agregó- No me dejes – llorando me abrazó tan fuerte que me hizo llorar.

- Mamá, mamita, yo voy a regresar, te lo juro –le decía besando su frente- Tienes que confiar en mí.

- Dios mío, qué te ha hecho esa mujer. Hijo, no te vayas, no me dejes.

Sus lágrimas mojaron mi chompa. Pero me puse fuerte y partí.

En el bus casi todo el camino fui llorando, recordando la escena de mi madre.

Mucho más fue el dolor cuando el bus pasó por la vía que está cerca de mi casa.

Quise bajar, y terminar con todo esto. Pero, no sé cómo esa mujer me atraía tanto.

Escuchaba como un canto de sirenas. Sabía que no la amaba, pero era consciente que la deseaba.

Me decía a mí mismo que tenía que ser fuerte, despertar de ese sueño o pesadilla y ponerle punto final a esa tóxica relación.

Tenía que dejar ese vicio. Tenía que lograrlo.

Contra todo pronóstico regresé a Trujillo.

Volví a la casa de ella, quien me dio una gran bienvenida.

La reconciliación nos hizo recordar a nuestra primera noche.

La volví a ver con ojos de deseo, como la primera vez.

"Señora de las cuatro décadas y pisadas de fuego al andar.

.. nótelo usted que al hacer el amor siente las mismas cosquillas que sintió hace mucho más de veinte" (4).

En verdad, la mujer a los 40 ha de cuenta que vive su segunda adolescencia. Quizás es su mejor etapa, porque es "amalgama perfecta entre experiencia y juventud" (4).

En casa encontré a su hija, que ya había regresado de su luna de miel. Me habló a solas y me dijo: ¿así que estás con mi mamá? "Sí", le respondí con un poco de vergüenza.

- Lo único que te pido es que la respetes y la cuides mucho. Me ha dicho que eres un buen chico, que le estás ayudando a construir el segundo piso de la casa.

- Sí, trato de recompensar lo que me dan - le respondí.

Juanita estaba terminando de construir el segundo piso de su casa. Y desde el principio traté de ganarme su aprecio, ayudándole en lo que sea, así sea como ayudante de albañil. Había una frase que ella me decía varias veces y que me disgustaba:

- Aquí has encontrado la pensión Angulo, porque tienes casa, comida y …

- Una dama no debe de expresarse así -le decía.

A ella le encantaba que le dijera eso, a tal punto que me hacía que se lo repita.

A veces, yo notaba que Juanita quería retomar su vida social de antes, saliendo con sus amistades.

Yo también mostraba interés por chicas de mi edad.

En la academia que estudiaba había trujillanas muy bonitas.

Eran gente muy solidaria y sencilla. Por eso, me enamoré de Trujillo.

No obstante, ella y yo seguíamos tratando de imponernos el uno al otro.

- Sal para que veas lo que pasa -le decía yo.

- Y qué, ¿me vas a pegar?" -me retaba riéndose.

- No, simplemente, si sales tú, yo también salgo, me voy con mis amigas y regreso mañana.

Eso la hacía desistir.