Señora de las cuatro décadas
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MI DEBUT
Esa tarde de agosto, días previos a mi cumpleaños, decidí yo mismo darme un regalo.
Aunque más que un obsequio parecía un calmante al torrente de hormonas del cual era casi víctima.
Ya era mucho caramelo de miel entre mis manos.
Aproveché que mis padres habían recibido la visita de unos amigos, y estaban bastante "entonados".
Llegué al paradero ubicado en la intersección de las avenidas Sánchez Cerro con Sullana.
Ahí comprobé que sí había un señor que llamaba: al sitio, al sitio.
Justamente, faltaba un pasajero para que llene el vehículo su capacidad.
Subí. Todos los demás pasajeros eran adultos, yo era el único menor.
Pensé que el llenador se iba a dar cuenta y me iba a bajar; pero ni le importó. Partió el taxi colectivo.
"Ven, amorcito. Te hago servicio completo. Trato de pareja", ofrecían. "¿Cuánto, cobras?", preguntaba yo. "Diez soles", era su respuesta.
- ¿Es tu primera vez?, me preguntó la morena, notando mi nerviosismo.
- No, no - decía yo, porque me daba vergüenza decir que era novato.
- Sácate la ropa y cuélgala ahí -dijo, señalándome un colgador.
Lo que sucedió después es inenarrable. Lo que sí puedo decir es que esa noche, en vez de echarle agua a la hoguera, se prendió la mecha dentro de un polvorín.
Primero tuve un sentimiento de culpa, el cual se fue desvaneciendo para dar paso a la satisfacción.
No me gusta tomar, mucho menos fumar, ni el vicio del juego.
Pero ese día conocí mi debilidad. Al terminar la función, la prostituta me llamó al baño “para lavármelo”.
Luego, me dio papel higiénico para secármelo.
Pero, el papel se quedó pegado y me costó mucho sacármelo.
Al llegar a mi casa y a mi cuarto, a mi cama, percibía aún el perfume de la meretriz por todo mi cuerpo.
Mucho más me hacía recordar lo que había sucedido esa noche.
No se borraba de mi mente esa imagen de ver tantas mujeres jóvenes y bonitas, pero solo dispuestas a brindar placer.
"Muñecas frágiles de amor, que dan a cambio de una flor el alma" (1).
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Volviendo al tema central de mi relato, ya había pasado casi una hora esperando en mi habitación.
Temía que la señora se desanimara. A la medida que avanzaba el tiempo me ponía más nervioso.
Seguro su hijo (13) todavía no se va a su habitación.
Su hija (19) no estaba, se había casado y mudado poco antes de que yo llegase a vivir ahí.
Pero la noche estaba estrellada para ambos.
Yo era consciente que tanto la señora y yo nos habíamos buscado.
Ya nos habíamos insinuado varias veces. Y eso de que le frotara la espalda fue solo un pretexto.
Los escotes que utilizaba ella eran demasiados provocativos, aturdían mi mente, mi concentración.
No podía evitar que mi mirada esté tras su figura.
Me encontraba rumiando tantas cosas, encontrando coherencia entre éstas, cuando de pronto se abrió la puerta de mi cuarto y apareció su bella figura.
Entró a hurtadillas, con un cigarro que dejaba una estela de humo a su paso.
Shshshsh, me dijo, poniendo su dedo índice entre sus labios. “Apaga tu luz", agregó
Presioné el interruptor, y nuestras siluetas se juntaron. El olor del tabaco invadió la habitación, siendo testigo de la alta tensión que reinaba en esas cuatro paredes.
Nos acostamos y mi lecho se convirtió en una hoguera. Dos cuerpos que se habían deseado desde que se conocieron, por fin se juntaron en uno solo.
"Ambrosías salpicadas de te quiero" (2). Las palabras estaban de más, y empecé a dejar mis mejores versos sobre su piel. En la oscuridad parecía una ardiente lucha de dos cuerpos que querían fusionarse.
El primer encuentro había superado toda expectativa.
Ella encendió otro cigarrillo, el cual compartimos mientras conversábamos sobre lo placentero que había sido el primer round.
Volvimos a tocarnos y se volvió a encender el fuego.
Tras el segundo round quedamos noqueados, exhaustos, y borrachos de amor nos quedamos dormidos.
Al cabo de una hora ella se despertó un poco asustada y se fue a su habitación.
"Me he hecho tarde, me voy. Hasta mañana", se despidió con un beso.
Desde aquel día los encuentros se repitieron cada noche. Ha de cuenta que estábamos viviendo una luna de miel. Sin embargo, yo le seguía diciendo 'señora'. No quería que nadie sospeche de lo nuestro, al menos hasta que ella lo indicara.
Pero al sol no se le puede ocultar. Al cabo de dos meses de iniciada esa relación su hijo se llegó a enterar.
Nuestros encuentros amorosos se hacían cada vez más intensos y frecuentes. Tanto así que había ocasiones en que me quedaba a dormir en su habitación. Pero, antes de las 6 de la mañana tenía que volar a mi cama, ya que su hijo se despertaba a las 6 para ir al colegio.
Sin embargo, cierta vez nos ganó el sueño.
Habíamos tenido una noche muy intensa. Luego de regresar de un cumpleaños que hubo en Moche, donde Juanita no tuvo ningún miramiento en presentarme a sus familiares de aquel lugar.
Bailamos y tomamos mucho. Sus familiares y amigos hasta nos hacía la rondita.
Eran las 6:10 de la mañana y su hijo Paco tocó la puerta.
Ambos saltamos de la cama. Juanita le respondió, diciéndole que ya iba a prepararle el desayuno.
Pero su hijo, insistía por entrar. "¿Y ahora qué hago?
", le dije asustado. "Métete debajo de la cama", me dijo. Así lo hice, y ella le abrió la puerta.
Tras saludarla y besarla, el muchacho se tiró en la cama. Ella le cortó inmediatamente la conversación y entre bromas se lo llevó al primer piso, a la cocina. Pasado el peligro, salí lleno de polvo y telarañas de debajo de la cama y volé a mi cuarto.
Sin embargo, esto no se podía seguir ocultando por mucho tiempo.
Una torpeza mía nos puso al descubierto.
A los tres meses de estar en Trujillo, viajé a Piura.
Antes de partir, bien romántico yo, le escribí una carta de amor a ella, diciéndole muchas cursilerías.
Juanita no supo guardar bien esa misiva.
El muchacho la encontró, la leyó, y desde entonces me vio como su enemigo.
A mi regreso, ella me puso al tanto. "Está molesto; pero, no le hagas caso.
Se le va a pasar", me decía. En efecto, el mozuelo me miraba con recelo, sus ojos hasta se enrojecían al verme y cuando pasaba cerca de mí echaba chispas.
Yo no sabía qué decirle. Traté de comprenderlo.
Se sentía traicionado, pues desde que llegué me brindó su amistad, su confianza.
Y, mucho más que eso, me veía como su hermano mayor.
Todo eso me hizo sentir mal. Procuraba no cruzarme con él.
Empecé a llegar más noche, para evitarlo y encontrarlo dormido.
Juanita y yo hicimos una pausa a nuestros encuentros, hasta que pasara el temblor.
Conversando con ella, me contó que su hija también ya sabía de lo nuestro. Que ella misma le contó.
- Y qué te dijo.
- Nada. Porque mi hija y yo nos lo contamos todo. Ella es mi confidente. Solo me dijo sorprendida: “¿Mami, que estás con el Leonardo?".
Y no solo eso, prácticamente todo el vecindario lo sabía. Era la comidilla, el plato fuerte de todos los días. No se hablaba de otra cosa que de la relación pecaminosa entre la charapa (así les dicen despectivamente a las mujeres de la selva peruana) y el piurano.
Yo tenía que salir de lo más fresco, con una tremenda coraza, pues apenas nos veían a ella o a mí, empezaban a señalarnos y a hacer comentarios.
"Si te preguntan no les digas nada, ríete y sígueles la corriente. Que piensen lo que quieran, pero no les asegures nada, que se queden con la duda", eran las indicaciones de ella.
Para todo el barrio era un escándalo que una madre soltera de 40 esté con un adolescente de 17, ya a punto de cumplir los 18. Las "reporteras" del barrio tenían bastante material.
Antes que yo llegue a su casa, Juanita tenía tres pretendientes, que igual, uno por uno tuvo que ir despachando.
En cierta oportunidad, un hombre llamó por la ventana de su habitación, que daba a la calle, en el segundo piso.
Ella se asomó, y yo tras ella. Era un tipo de unos 30 años, la invitó a salir.
Ella le dijo que no, que no tenía tiempo.
- Estás con ese mocoso, ¿no? Le dijo señalándome a mí con la cabeza.
- ¿Y qué problema habría? - Le respondió ella.
Yo solo atiné a mirarlo y sonreír. Eso lo enfureció más, y se retiró resondrando, haciendo ademanes.
De igual manera, un ingeniero, que era gerente de una empresa eléctrica de Trujillo, fue expectorado; aunque este señor tenía otros modales y nivel cultural.
El tercer pretendiente era un viejito, que varias veces había llegado a la casa en una antigua camioneta, casi destartalada.
Él demoró un poco en alejarse, pese a las evidencias se resistía a aceptar la realidad.
Toda la familia de ella se había enterado de la relación. Todos sus familiares comentaban, cuestionaban, murmuraban, refutaban. Era un secreto a voces. Solo faltó que saliera la noticia en “La Industria”, diario de la localidad.
"A mí nadie me dice nada, carajo. Si quieren hablar, que hablen; pero ¿a ver quién se atreve a decirme algo? Ni a ti, ni a ti", recalcaba enérgicamente.
Y en efecto, sus familiares nunca me dijeron nada al respecto; y me trataban como uno más de la familia. Yo tenía mucho cuidado con un hermano suyo que era policía, ya que cuando estaba ebrio se cruzaba.
Ya le había pasado la cólera a su hijo. Poco a poco fuimos retomando la confianza y volviéndonos a tratar como amigos. No obstante, era evidente el amor que el muchacho sentía por su madre, a tal punto de perdonar o pasar por alto todos sus defectos.