Capítulo 25 #2
Los criados ahogaron un grito en medio del caos, y más gente salió de la cocina por el alboroto.
Los hombres que no estaban involucrados se mantuvieron al margen, sin saber qué hacer.
Ninguno de ellos iba armado. Della levantó la mano para detener a cualquiera que quisiera rescatarlo, agradecida de que obedecieran.
—Aseguradle las piernas —ordenó Gunther, antes de señalar la escalera—. Llevadlo arriba, a su aposento.
—Gunther, haré que te cuelguen por esta traición —gritó Brant con saña.
Maldiciones, sajonas y nórdicas, salieron de sus labios.
Los hombres ataron sus fuertes miembros con una cuerda y subieron su enorme cuerpo escaleras arriba, tal como se les había indicado.
Brant pataleó y gritó improperios durante todo el camino.
Cuando su marido desapareció de la vista, el salón estalló en un clamor. Gunther hizo retroceder a los caballeros y ordenó duramente a los criados que se fueran a la cama.
—Todos habéis visto cómo ha cambiado. Lord Blackwell ha sido hechizado por la bruja, Serilda —explicó Gunther antes de prometer que más tarde daría una explicación mucho más detallada de todo lo sucedido.
Se dirigió a la condesa. Della asintió. Con una sonrisa pesarosa y una solemne sacudida de cabeza, él le tendió la mano—. Mi señora.
Della tomó su mano y sonrió con tristeza. Se alisó la falda de su vestido manchado y húmedo lo mejor que pudo y luego se frotó la nuca.
—Debería haber sabido que se resistiría.
—He cumplido mi parte del trato, ahora te toca a ti. —Gunther le pasó la mano por el codo. La guio hacia donde los hombres habían desaparecido con Brant, que aún gritaba—. Y que todos los dioses estén contigo.
—¿Los míos o los tuyos? —preguntó Della con una sonrisa irónica.
—Me parece que los vas a necesitar a todos —contestó Gunther mientras la conducía escaleras arriba para enfrentarse a su indignado cautivo.
Della abrió la puerta del dormitorio que compartía con su marido.
Se detuvo y retrocedió para dejar salir a algunos de los hombres de la habitación antes de entrar.
Brant estaba atado a la cama, con los brazos y las piernas sujetos a cada una de las esquinas.
Aunque la fulminaba con una mirada feroz, seguía siendo deslumbrante, y su corazón dio un pequeño vuelco en el pecho.
Della se mordió el interior del labio, tan feliz de estar en casa, de verlo vivo, pero nerviosa por lo que le iba a decir ahora que estaban a solas.
Se había cambiado rápidamente y se había puesto un sencillo vestido seco antes de reunirse con ellos en la habitación.
La lana azul era gruesa y cálida. El pelo aún le caía húmedo sobre los hombros, pero al menos ya no se estaba congelando.
Incapaz de contenerse, le sonrió, sin inmutarse por su expresión irritada.
Cuando todos los hombres se marcharon por fin, cerró la puerta tras de sí.
Se acercó a él y le puso una mano tranquilizadora en la frente, tratando de alisar el ceño fruncido. Tenía un corte en la cabeza por el esfuerzo que había costado subirlo y ella le limpió la sangre con el borde de la manga de su túnica. Con un tono suave y tierno, le dijo:
—Estás sangrando.
—¡Será tu sangre la que se derrame al final, traidora! —Brant apartó la cabeza bruscamente del ligero contacto de ella.
—Silencio. —Della se negó a dejarse provocar para otra pelea, pero tampoco iba a echarse atrás.
Se levantó de la cama y se puso las manos en las caderas—.
No me obligues a llamar a los hombres para que te amordacen.
Vas a escuchar lo que tengo que decirte, aunque me lleve toda la noche.
Así que, cuanto antes dejes de ser cruel, antes reuniré el valor para hablar.
Brant la fulminó con la mirada, pero mantuvo la boca cerrada. Forcejeó contra las ataduras de la cuerda, pero estas se mantuvieron firmes.
—¿Por dónde empezar? —pensó Della en voz alta.
Había ensayado las palabras una y otra vez en su cabeza de camino a casa, pero ahora no le salían como había planeado—.
En primer lugar, siento haber tenido que atarte así.
Pero, en muchos sentidos, es culpa tuya.
Te pedí amablemente hablar contigo abajo, pero te negaste en rotundo.
—Más te vale mantenerme atado aquí, porque en cuanto me suelten, voy a mataros a todos. —El susurro de Brant fue mortífero. Sus músculos se tensaron hasta formar duros bultos—. Haré que te cuelguen.
—¡He dicho que te estés quieto! Los dos sabemos que no harás tal cosa.
¿Es que siempre tienes que decir la tuya primero?
—Della se estremeció, obligada a concentrarse para ignorar la repentina excitación que sintió al observar su cuerpo.
Suspirando con frustración, empezó a pasear de un lado a otro—.
Eres un zopenco con muy malas pulgas. Te das cuenta de eso, ¿verdad?
Brant entornó los ojos ante el insulto, pero mantuvo la boca cerrada.
—Está bien. Siento haberte culpado a ti y a tu gente por la muerte de mi madre.
Me equivoqué. Pero, antes de que Stuart me secuestrara , me di cuenta de que no te culpaba por el crimen.
De que, de hecho, no podía culparte. —Della respiró hondo al hacer una pausa.
El corazón le latía con fuerza por el lejano recuerdo y contuvo las lágrimas—.
El hombre que tenéis bajo custodia, William, es el responsable.
Él mismo me lo confesó. Luego le oí discutir con Stuart.
Dijo que mi tío, lord Grayson, pagó para que mataran a mi madre, su hermana.
Le preocupaba que llevara un heredero varón.
Mi tío quería Strathfeld. Había dilapidado su fortuna y estaba a punto de perder sus tierras.
—Sé que fui dura contigo, pero tienes que entenderlo.
Mi hermano estaba vivo cuando lo arrancaron de su vientre.
Le dieron el niño a mi tío para que se deshiciera de él.
Se puso una máscara para que yo no supiera que fue él quien le rajó…
—Della se detuvo, respirando hondo—, quien lo mató.
Pero estuvo allí observando todo el tiempo.
Me ataron a la cama para que no lo viera detrás de mí.
—Al hacer esto, mi tío pensó que aseguraría esta tierra y título para su hijo.
Poco después de la muerte de mi madre, la madre de Stuart murió y él vino a vivir con nosotros.
Mientras pensaban que estaba inconsciente, oí a Serilda susurrar sobre la madre de Stuart.
Lord Grayson estranguló a su esposa y le dijo a todo el mundo que fue un accidente.
Stuart estaba allí cuando ocurrió. Mi tío debió de obligar a su hijo a ir a Strathfeld para hacerse mi amigo.
Solo que, después de que Stuart llegara, empezó a gustarle.
Siempre decía que era muy feliz cuando estaba aquí.
Creo que, en cierto modo, llegó a quererme, pero no sabía lo que era el amor.
Su padre no le enseñó a amar. Stuart nunca consiguió complacer a ese hombre.
—Lord Grayson murió antes de poder completar su intriga y Stuart continuó como le habían enseñado. Después de que saliera a la luz la noticia de nuestro inesperado compromiso, hizo que Serilda curara las heridas de mi padre con veneno.
Della se agarró las manos con nerviosismo cuando él no le dijo nada. Entonces se dio cuenta de que estaba escuchando. Siguió paseando de un lado a otro.
—Ni siquiera fueron los vikingos quienes atacaron a mi madre.
Fueron los extranjeros del sur. No sé por qué mi padre me dijo que habían sido los vikingos.
Quizá fue algo que descubrieron más tarde.
Pero buscaban a los hombres equivocados.
No sé por qué mi padre estaba convencido, pero estaba desolado y lord Grayson ayudó en la búsqueda.
De hecho, mi tío llevó a cabo la mayor parte de la investigación.
Y William es igual de responsable. Aparte de mi tío, él era su líder.
Della se volvió hacia su marido con ojos suplicantes.
—Debo hacer que lo entiendas. La torturaron por placer. Podrían haberla matado sin más, pero la torturaron.
—Si eso es cierto, será ahorcado por el crimen. —Mientras hablaba, las palabras de Brant sonaron graves. Aún no se había movido.
—Deseo olvidar lo que pasó. Para siempre. Pero si tengo que contártelo todo, lo haré. Quiero que no haya más secretos entre nosotros. Ni más engaños de ningún tipo.
—Della, desátame —dijo Brant con calma.
—No. —Ella negó con la cabeza—. Tengo más que decirte y no puedo garantizar que vayas a escuchar a menos que te obligue. Y tienes que escucharme.
Della fue a la cama y se sentó a su lado. Se puso una mano tierna sobre el vientre.
—Lo juro por todo lo que es sagrado para mí: mi madre, mi padre, nuestro hijo.
No conspiré con Stuart para que te mataran.
No conspiré para matar a nuestro hijo nonato.
Por la misiva que escribí, deberías haberlo deducido, pero entiendo por qué dudas de mí y te perdono por esa duda.
Te he dicho muchas cosas duras y espero que con el tiempo puedas perdonarme.
Della rezó para que él lo entendiera. Mirándose el vientre, se lo frotó suavemente.
Las lágrimas cayeron de sus ojos cansados, por lo que casi había sucedido y por lo que casi había perdido.
Inesperadamente, los fuertes dedos de Brant le agarraron el costado.
Ella ahogó un grito de sorpresa. Había conseguido liberar una mano.
Tirando de ella, la arrastró sobre la cama para que descansara sobre su brazo atado.
Sus dedos se curvaron alrededor de su garganta, sujetándola, pero sin aplicar presión.
—Dime por qué debería escucharte. —Brant acercó su rostro al de ella. Della tembló en sus brazos mientras el calor de él le invadía la garganta. El pulso se le aceleró bajo sus fuertes dedos. Su dura anatomía la apretó contra la cama—. Dime por qué debería creerte.