Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

Los dedos alrededor de su cuello se apretaron ligeramente, pero no lo suficiente como para hacerle daño.

Ella tragó saliva, mirando profundamente su clara mirada azul.

Temblaba de inseguridad, aun cuando sus entrañas parecían derretirse ante su cercanía.

Le dolía el anhelo, deseando quedarse para siempre en sus brazos, y se llenó del miedo de que él no pudiera amarla ni perdonarla.

—Porque… —susurró Della.

—¿Porque, por qué? ¿Porque has sido tan sincera en el pasado?

—No. —Della le suplicó con la mirada que la entendiera, rogándole en silencio que la creyera, que confiara en ella—. Porque te quiero.

—¿Qué? —Brant se quedó helado sobre ella.

—He dicho que deberías creerme porque estoy enamorada de ti.

Lo he estado desde que te vi por primera vez, solo que estaba demasiado cegada por el odio como para darme cuenta de lo que sentía.

Y tú eras tan… irritante. Pero me enamoré de ti.

Todavía te quiero. —Della inspiró bruscamente.

Su cuerpo seguía temblando por su cercanía. Por fin, lo había dicho.

—No te creo. —Brant parecía querer confiar en ella, pero no poder—. Dices que enviaste la misiva para advertirme, pero ¿cómo es que devolverme mis propias palabras es una advertencia para mí? Eres una bribona mentirosa.

—¿Tus palabras? —repitió Della, confundida—.

Stuart debe de haber cambiado las misivas.

No, la misiva que yo envié decía que si las palabras de amor que declaraste eran ciertas, entonces vinieras solo.

Nunca me declaraste palabras de amor. Por lo tanto, deberías haber sabido que mentía.

Deberías haber sabido que era una trampa.

Por eso te envié al árbol donde está enterrada mi madre.

Seguro que Roldan te lo dijo. Te dije que le preguntaras. Así sabrías que te esperaba un peligro.

—¿Tu madre?

—Sí. Ese es el árbol donde vio por primera vez a mi padre.

Le encantaba ese roble. Allí la enterró él.

Mi padre talló sus iniciales en la base.

Todavía está ahí, lo vi esta noche. Era para que, en la otra vida, pudieran volver a encontrarse.

—Della se sonrojó—. Creía que Roldan te lo habría dicho y habrías llegado a la conclusión de que, al ser una trampa, acabarías encontrándome si ibas allí. Y lo hiciste.

—Roldan no dijo nada al respecto. —Brant negó con la cabeza. Una expresión de asombro apareció en sus facciones—. No le enseñé la carta. Solo le pregunté cómo llegar allí.

—Espera —frunció Della el ceño—. Si Stuart no envió la misiva que yo escribí, entonces, ¿qué palabras te devolví?

Brant le sonrió, acariciando con el dedo el pulso de su cuello.

—Aquel día, cuando creíste haber pillado a Serilda y a mí juntos en el baño…

—Ya sé que no pasó nada entre vosotros. —A Della le gustaba cómo sentía los dedos de Brant contra su garganta—. Me lo dijo Gunther.

—Sí, Gunther —musitó Brant, frunciendo un poco el ceño.

—No seas duro con él. Le obligué a ayudarme. Y los demás creen que estás bajo el hechizo de una bruja. No parecías tú mismo cuando volviste.

—Hum. —Con una sonrisa distraída, continuó como si ella no hubiera hablado—.

El día que creíste habernos pillado, Serilda me estaba aplicando ungüentos curativos.

Temía tener piojos de la hacienda Blackwell y pensé en librarme de ellos antes de infestar todo Strathfeld.

La hacienda Blackwell era una pocilga y me hizo apreciar la limpieza de tu fortaleza, esposa.

O, permíteme corregir, la fortaleza del espíritu de la limpieza.

La esperanza se acurrucó en su interior ante su broma desenfadada.

—Dime, por favor, ¿qué palabras creíste que te devolví?

—Ahora te toca a ti estar callada, esposa —dijo Brant—. Ya voy a eso.

Della asintió.

—Después de que Serilda se fuera, te dije lo que sentía. No me respondiste. ¿Por qué?

—¿Lo hiciste? —Della se preguntó qué le habría dicho él aquel día—. Estaba tan cansada que me dormí antes de que te fueras. Llevaba varios días enferma cada mañana y cada noche, como bien presenciaste. Cuando me desperté, te encontré festejando abajo con esa ramera en tu regazo. Dime, ¿qué dijiste?

—¿No me oíste? Nunca se me ocurrió que te hubieras dormido y no me hubieras oído. Rara vez duermes.

—¿Qué dijiste? —insistió ella, suplicando una respuesta.

—Dije que te quiero…

Della se incorporó de un salto, interrumpiéndolo con sus labios. Lo besó, incapaz de mantenerse alejada ni un momento más. Apretándose contra su calor, nunca quiso dejarlo marchar. La quería. Nunca podría haber imaginado una sensación tan maravillosa. La quería.

Brant soltó una risita y se levantó, apartando a regañadientes la boca de ella.

—Te quiero.

—Y yo a ti —dijo Della—. ¿Me crees? ¿Crees todo lo que te he dicho?

—Sí. —La voz de Brant era ronca mientras asentía y ella pudo ver en sus ojos que lo decía en serio. Era más de lo que jamás había esperado—. ¿Y sabes qué más creo, esposa mía?

—¿Hum? —Della le pasó la mano por la mejilla sin afeitar, para luego bajar por su cuello. Le encantaba el tacto de su piel, quería sentir el roce de ella contra la suya para siempre… eso y su amor.

—Creo que a los dos nos vendría muy bien un baño. —Le besó la nariz.

La risa de Della se unió a la de él.

—Eso se puede arreglar fácilmente. ¿Pero qué hay de los piojos? ¿Se han ido?

—Sí, mandé quemar la hacienda Blackwell hasta los cimientos poco después de irme. Pensé que sería más fácil construir de nuevo que arreglar lo que había.

—Oh, no —rio Della con más ganas, mirando con culpabilidad hacia la puerta de la habitación.

Brant enarcó una ceja interrogativamente.

—Tuve que prometerle que te convencería para que le dieras permiso a Gunther para vivir en Blackwell en tu lugar por su lealtad y su ayuda este día.

—Gunther fue quien la quemó por mí —intervino Brant—. Sin duda, piensa conseguir una hacienda nueva con el trato.

—¿Estás enfadado? Estaba desesperada por que me creyeras y no se me ocurrió otra forma de hacer que me escucharas.

Tenía miedo de que te fueras y no volvieras nunca.

Edwyn realmente tiene a Strathfeld bien controlado y Gunther no es necesario aquí como senescal.

Y, si él está allí, entonces tú… —Le tocó la cara, apartándole los largos mechones de pelo—.

No podría haber sobrevivido si me hubieras dejado.

—Creo que es una buena idea —dijo él pensativamente, solo para reír cuando ella sintió pánico ante la idea de que la dejara—.

Me refiero a confiarle Blackwell a Gunther.

Tienes razón sobre Edwyn, y Roldan es competente con los guardias.

Tendría mucho sentido darle Blackwell a Gunther…

después de que lo castigue por su traición.

Della se quedó helada ante la sonrisa maliciosa de Brant.

—¿Qué le harías?

—Creo que no tendré que castigarlo mucho. Pondré como condición para que reciba Blackwell que nos traiga una esposa a casa. Eso será castigo suficiente. —Brant se inclinó para besar a su mujer más profundamente.

—¿Castigo? —dijo Della contra sus labios entreabiertos, fingiendo estar ofendida.

—Sí. —Brant jugueteó con un mechón de su pelo húmedo—. Pero si proviene de esos labios rosados, con gusto moriría por tal castigo, pues es de lo más dulce.

—Parece que tu fuego ha derretido mi hielo después de todo. —Della le revolvió el pelo sucio con las manos, gimiendo suavemente mientras los dedos de él descansaban posesivamente sobre su vientre. Ella colocó su mano sobre la de él, inclinándose para cubrirle la cara de besos.

—¿Esposa? —preguntó Brant entre besos.

—Sí, esposo —respondió Della, completamente enamorada de él y asombrada por la fuerza de su gentil presencia.

—¿Crees que podrías desatarme ya? —soltó una risita contra la boca de ella.

Della negó fervientemente con la cabeza, denegando su petición mientras continuaba besándolo.

—Lo siento, amor mío, pero seguirás siendo para siempre mi ardiente cautivo.

—Sí, mi dulce princesa. Para siempre.

El final