Capítulo 24
Capítulo
Veinticuatro
Della sintió, sin necesidad de mirar, que la tarde sería húmeda y lúgubre, igual que su alma.
Se frotó el estómago, intentando evitar posar la mano sobre su hijo en un gesto protector cuando Stuart estaba cerca.
Sus ojos estaban siempre fijos en ella y un par de veces incluso le había preguntado por ello.
Ella le daba largas como mejor podía con una sonrisa desganada, pero notaba que sospechaba.
Se negaba a dejarla sola y no había tenido oportunidad de escapar en las últimas horas de espera.
—¿Stuart? —inquirió Della, interrumpiéndolo en su ensimismamiento con el fuego. Llevaban tanto tiempo en silencio que se le quebró la voz.
Stuart se volvió hacia ella y sonrió afablemente. Se recostó en el respaldo de la silla, con los pies sobre la mesa. —Estaba pensando en aquella vez que te convencí para que le echaras un cubo de agua a Edwyn desde la muralla. ¿Te acuerdas?
—Sí, solo llevabas unos pocos años en Strathfeld. Dijiste que le tenía miedo al agua y que yo debía ayudarlo a superar ese temor, hasta el punto de ayudarme a subir el cubo por la escalera de mano. Luego le echaste un pegote de barro y, en lugar de agua, lo empapé de porquería.
Stuart se rio y sus pies cayeron con un golpe sordo en el suelo. —Te enfadaste tanto conmigo que juraste que no volverías a hablarme.
—Sí, Stuart, lo recuerdo bien. Me estuviste incordiando durante horas hasta que me vi obligada a perdonarte y solo cedí para acallar tu insistencia.
Era solo una de las muchas bromas que su primo le había gastado a ella y a los demás desventurados habitantes de la fortaleza, pero no habían sido más que las inofensivas travesuras de la juventud.
—Y, si no recuerdo mal, Edwyn tampoco se enfadó contigo. —Stuart suspiró, con la mente en el pasado. Soltó una risita para sus adentros.
—No. —Della lo observó con atención. Tenía la mirada perdida, de un modo alarmante—. Pero mi padre se puso furioso cuando se enteró de todo lo que habíamos estado haciendo. Volvió a casa unos días después de que ocurriera.
Los ojos de Stuart se anublaron al mencionar al difunto lord Strathfeld. —Sí, tenías unos siete años, ¿no? Tu padre te encerró en la torre y a mí me envió a mi adiestramiento.
—Tenía ocho —dijo Della. Recordaba la noche en que su padre lo había echado.
Stuart ya era un adolescente. Ella había llorado sin cesar ante la injusticia.
Fue también por la misma época en que asumió el control total de las tareas de la casa.
Para animarla, su padre pensó en ponerla al cargo de la fortaleza.
Della se preguntó si la responsabilidad le había hecho más mal que bien, aunque había agradecido mantenerse ocupada—.
Y no me encerró en una torre, solo en mi alcoba hasta que te fuiste.
—Tu padre me odiaba. Me desterró del único lugar donde fui feliz de niño. Mi padre no me quería. Nunca pude complacer a ese hombre antes de que muriera.
—Mi padre afirmó que no te enviaba a tu adiestramiento por las bromas, sino porque era hora de que aprendieras a ser un hombre.
No te convertirías en un hombre pasando el día con una niña.
No te odiaba. De hecho, solo estuviste fuera de Strathfeld por poco tiempo.
Volvías a menudo a visitarnos y creo recordar que tu padre te mandó a casa en varias ocasiones.
Stuart gruñó por lo bajo, obviamente sin creerla. Volvió a clavar la vista en el fuego.
—Stuart, necesito salir. Necesito caminar. —Della habló en voz baja, atrayéndolo suavemente de nuevo a la conversación.
—No. No es buena idea que salgas.
—Primo, no lo entiendes. —Esperaba que el calor que le teñía las facciones se confundiera con rubor y no con aprensión—. Tengo que salir de este aposento. Tengo que caminar fuera. En privado.
—No, no veo la necesidad. Si tienes que estirar las piernas, camina por la estancia. No estarás aquí mucho más tiempo. —Stuart agitó una mano en el aire para desestimar su petición—. Ya deberías haber recuperado toda la sensibilidad. No le ordené a Serilda que te las volviera a pinchar.
Della intentó no fruncir el ceño, con ganas de escupirle en su cara de suficiencia.
Actuaba como si le hubiera concedido un regalo.
—Debo hacer mis necesidades, querido primo.
Por favor, no me hagas usar ese orinal sucio otra vez.
Serilda no lo lava. Me odia, y necesito un poco de aire fresco. Por favor.
—Ah. —Stuart se irguió—. No creo que me guste que me llames querido primo.
—¿Cómo quieres que te llame, entonces? —preguntó Della, sorprendida por la confesión—. ¿Lord Grayson?
—Querido esposo —corrigió Stuart—. Sí, finjamos que ya estamos casados. Hará que la velada pase más deprisa.
Se le revolvieron las tripas cuando él se levantó y se dirigió hacia la cama. Le sonrió desde arriba, tendiéndole una mano. Ella la miró con recelo, incapaz de decidirse a cogerla. Se le anegaron los ojos de lágrimas.
—Levántate —ordenó él.
Su vestido estaba sucio, hecho jirones y manchado hasta el punto de que ya no parecía azul.
El moratón de su mejilla seguía hinchado y sus ojos cansados, sin duda, enrojecidos.
Sin embargo, él le sonreía como si la imaginara como la más grandiosa de las damas en el más distinguido de los lugares.
Della se preguntó si de verdad llegaba a verla.
—Stuart… —empezó Della, pero él la mandó callar.
—Levántate —ordenó de nuevo. Su voz se volvió más grave.
Della le tendió la mano temblorosa, incapaz de controlar el estremecimiento.
Stuart, ¿qué te ha pasado para que te hayas vuelto tan loco? Porque sin duda te afecta la locura.
—Tiemblas a mi contacto —susurró él al ver que no hablaba. Levantó un dedo para recorrerle la clavícula—. ¿Sabes que he soñado con poseerte desde la primera vez que te vi? Supe entonces que llegarías a ser mi esposa y te esperé. Aguardé pacientemente hasta que te convertiste en mujer.
Las náuseas pugnaban por subirle desde el estómago, ahogándola.
Tosió. Una parte de ella todavía sentía afecto por su primo, pero no del mismo modo que él por ella.
Había sido una tonta al pensar en casarse con él, ingenua en sus creencias sobre lo que debía ser un matrimonio.
Brant le había demostrado que podía ser algo más que alianzas familiares y la fusión de propiedades y fortunas. —Tiemblopor la corriente de aire.
—Sigues siendo mi pequeña y tímida Della. —Stuart soltó una risita—. Quizá el bárbaro no te envenenó tanto como yo creía. ¿Podría ser que sus gustos en el lecho conyugal sean exagerados?
Della lo observó con cautela y no respondió.
—Fui a ver a tu padre el día de tu decimoquinto cumpleaños. Le pedí tu mano. —Los dedos de Stuart habían llegado al hombro opuesto y emprendían el lánguido viaje de vuelta. Se inclinó más hacia ella—. Me rechazó.
—No me lo dijo.
—Volví a pedírsela, cada año, hasta que cumpliste los diecisiete.
Me rechazó todas las veces. Le dije que nunca nos mantendría separados.
Le dije que me escaparía contigo si no lo permitía.
Fue entonces cuando me pidió que me fuera de Strathfeld y no volviera jamás.
Dijo que me mataría si me volvía a ver cerca de ti. No se me permitía escribirte.
—Te juro que no me lo dijo. —Della intentó apartar la cara, pero Stuart la sujetó por la mandíbula.
Su agarre se le clavó en los moratones, obligándola a quedarse quieta mientras él se inclinaba para besarla.
Ella jadeó, apartando los labios de los suyos mientras la mano de él recorría su mejilla para ahuecarle el cuello.
Sus labios estaban fríos y sintió la punta de su lengua rozarle la piel—. No podemos.
—¿Por qué? —exigió Stuart, indignado. Apretó con más fuerza—. ¿No soy lo bastante bueno para ti? Te entregarías como una ramera a ese vikingo…
—No, no es eso. —La mente de Della buscaba a toda prisa las palabras adecuadas. Se quedó inmóvil, demasiado asustada para apartarse del todo, para decir algo que él pudiera considerar inapropiado. El más mínimo insulto lo haría estallar sin duda—. Eres tú quien es demasiado bueno para mí.
La sorpresa de Stuart fue audible mientras reflexionaba sobre la respuesta de Della. El calor de su aliento le golpeaba el cuello. Finalmente, se apartó y asintió. Dándole un último y doloroso apretón, soltó la mano y dio un paso atrás.
—¿Stuart? —Della soltó el aire que había estado conteniendo—. ¿Puedo salir a caminar ahora?
—Sí, estiremos las piernas. Serilda debería estar al llegar en cualquier momento. —Su expresión se entristeció—. Me parece que pasará un tiempo hasta que puedas volver a caminar.
Sus entrañas se desmoronaron de desesperación y su respiración se aceleró por sí sola.
No podía controlar el temblor de sus miembros.
Hasta ese momento, de alguna manera había logrado mantener la calma.
Pero a medida que pasaban los minutos, se sentía cada vez más indefensa.
Entonces se dio cuenta, con no poco asombro, de que había estado esperando a que Brant la salvara.
No se le había ocurrido que no lo haría.
—Todo irá bien, Della. Después de esta noche ya no sentirás el dolor de ese niño pagano en tu vientre.
—Le cogió la mano y la apoyó en su brazo.
El brazo de él se flexionó bajo su mano, pero la presión de su músculo la dejó sintiéndose vacía y fría.
Caminó hacia la puerta, escoltándola fuera de la habitación, a través de una lúgubre cámara delantera y hacia el pequeño patio.
La luz del exterior, aunque difusa y suave, le hirió los ojos. Della entrecerró los párpados hasta que se acostumbró a la claridad. La tierra húmeda chapoteaba bajo sus pies, haciéndola resbalar en el suelo mojado.