Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 22
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Capítulo 22

Capítulo

Veintidós

¡Santos benditos!

Della gimió mientras luchaba por recuperar la consciencia.

Le temblaron los pesados párpados y se obligó a abrirlos.

A su alrededor solo había una oscuridad ominosa y pudo distinguir un leve zumbido, bajo y lúgubre, que le recorría los oídos.

Pronto, el zumbido se convirtió en un crepitar y la oscuridad empezó a disiparse en un resplandor anaranjado.

Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista.

El fuerte olor a pieles de animales enmohecidas le penetró en las fosas nasales.

Aún más tenue, pero no por ello menos repugnante, era el olor a aire viciado y a madera podrida.

Temblando, cerró los ojos, deseando que el hedor desapareciera.

Pero no hizo más que intensificarse con su concentración y se vio obligada a abrir los ojos de nuevo.

La espeluznante luz anaranjada que irradiaba a su alrededor se hizo más intensa a medida que sus ojos se movían de un lado a otro.

Le palpitaban las sienes como si alguien le hubiera clavado estacas de madera en el cráneo y se apretó las palmas de las manos contra los párpados.

Cuando el dolor amainó, apartó las manos y pudo enfocar la vista en un madero en descomposición.

Estaba apoyado contra una pared de madera y tierra.

Se encontraba en la cabaña de un antiguo siervo.

Al despertarse de golpe, se dio cuenta de que no podía estar en Strathfeld.

No había viviendas tan antiguas en sus tierras.

Entonces recordó a Stuart y su declaración.

Las náuseas le subieron por la garganta, dificultándole la concentración.

Le dolía horrores el cuerpo. Se incorporó del catre en el que se encontraba, sintiendo el roce de una piel sucia y apelmazada bajo sus manos.

Otra piel igual le había sido arrojada por encima del cuerpo para darle calor.

Aunque intentó recordar más, lo último que le vino a la mente fue la risa cruel de Cedric antes de que todo se volviera negro.

—Ya estás despierta.

Aferrando la manta de piel, aterrorizada, se giró en la cama para encarar al portador de aquel vozarrón. Al instante se arrepintió. Unas luces blancas le atravesaron los ojos con un dolor abrasador. La lastimosa y mugrienta estancia se oscureció por un momento. —¿Cedric?

—Sí. —Toda formalidad había desaparecido de su tono.

Della parpadeó varias veces. Cedric estaba sentado en la única silla de la habitación, con una pierna levantada y apoyada sobre una mesa de madera toscamente tallada.

La silla estaba inclinada hacia atrás sobre dos patas y él masticaba distraídamente un trozo de cuero que le colgaba de los gruesos labios.

Sacándose la tira de la boca, resopló y escupió con desdén en el suelo, en dirección a ella, antes de volver a ponerse el cuero entre sus amarillentos dientes.

—Cedric, ¿adónde me ha traído? —preguntó Della con toda la calma que pudo. La cabaña había sido claramente abandonada hacía mucho tiempo y dudaba que quedara nadie en la zona para oír sus gritos—. Sabe que a su señor no le agradará en absoluto que me haya secuestrado.

—Pues, tal y como yo lo veo, a su señoría podría no importarle en absoluto que hayas desaparecido. —No se sacó el cuero de la boca mientras hablaba—. No parecía importarle que estuvieras allí.

La pulla venenosa fue lanzada con premeditación. Intentando ignorar su risa, se llevó los dedos temblorosos al chichón que tenía en la nuca. Hizo una mueca al sentir la herida cubierta de sangre seca. —¿Qué me ha hecho, Cedric?

—Ah, eso. Parece ser que milady se desmayó y cayó sobre mi puño. —Rio con más fuerza y el trozo de cuero se agitó de un lado a otro con el movimiento.

—¿Se atrevió a ponerme la mano encima? —Della se erizó de asco.

Su voz sonaba débil, incluso para sus propios oídos.

Se examinó mentalmente en busca de cualquier sensación de violación.

Satisfecha de que el chichón era la única herida que le habían infligido, suspiró aliviada.

El insistente mascar de él le revolvió el estómago y en su lugar miró hacia la desmoronada chimenea.

El fuego bajo crepitaba, pero no ahogaba el sonido de su boca—.

¿Se atreve a ponerle la mano encima a una dama?

—Te lo merecías, por hacerme batir mantequilla. —Malhumorado por su reprimenda, no la miró a los ojos—. Es trabajo de mujeres.

—¿Por qué, Cedric? ¿Los códigos de honor no significan nada para usted?

Juró lealtad a lord Blackwell. Su nombre quedará manchado para siempre por esta locura.

Su fama quedará en entredicho por toda la eternidad.

—Della centró su atención en él con altivez.

Tenía años de práctica a sus espaldas y sabía cómo tratar con hombres de armas.

Con su tono más autoritario, ordenó—: Lléveme de vuelta y le pediré a Blackwell que sea indulgente con usted.

—¿Te atreves a cuestionar mi honor? ¿Tú, una mujer infiel?

—El cuero se le cayó de la boca y fue a parar al suelo mientras se ponía en pie.

Cerniéndose sobre ella hasta que se encogió en la cama, se mofó—.

¿Dónde estaba tu honor cuando te llevaste a Blackwell a tu cama?

¿Dónde estaba tu lealtad a mi señor Grayson?

—¿Lord Grayson? ¿Qué tiene que ver mi tío muerto en todo esto?

—Le he jurado lealtad al lord Grayson vivo, legítimo ealdorman de Strathfeld.

Della frunció el ceño. ¿Llamaba a Stuart «lord Grayson»? Stuart no era más que un caballero.

—Yo no llegué al señorío con Blackwell, ni residí allí bajo el mando de tu padre, pero poco te habrías fijado en un simple soldado.

Los vikingos creyeron que yo era de la fortaleza y los hombres de tu padre pensaron que iba con los vikingos.

Nadie cuestionó mi presencia. ¿Por qué lo harían? Con el alboroto de las incursiones…

Della vio la verdad reflejada en los ojos del hombre. Él era el responsable de las incursiones, si no en su totalidad, al menos en parte. Y le había mostrado la bolsa vikinga. Se negó a revelar su miedo. —¿Usted mató a esa gente? Eran inocentes.

—Eran campesinos. Fueron más útiles muertos de lo que lo fueron jamás en vida.

—Cedric rio entre dientes, complacido con sus acciones.

La saliva le salió disparada de la boca y le aterrizó en la cara.

Della hizo una mueca y se limpió la mejilla con el dorso de la mano—.

Deberías haberte visto la cara cuando levanté mi bolsa.

Fue de lo más divertido. No esperábamos que vinieras esa mañana, pero creo que manejé bien el asunto. Y te creíste la mentira tan fácilmente…

—¿Dónde está mi primo? ¡Envíemelo de inmediato! —Della enderezó la espalda mientras le gritaba—. Cuando se entere de lo que ha hecho…

Cedric la abofeteó con el dorso de la mano, convirtiendo sus palabras en silencio. Se tocó la mejilla, conmocionada. Cuando él volvió a levantar la mano, ella se encogió. El hombre se rio.

—Harías bien en recordar que no me das órdenes, milady —interrumpió Cedric su conato de protesta mientras retiraba la mano.

Le examinó la cara y ella supo que la marca de una mano roja probablemente le afeaba la piel.

Se convertiría en un moratón. Su mirada descendió hasta sus pechos, devorándolos con la mirada mientras continuaba lascivamente—. Ni puedes controlar lo que te hago.

—No se atrevería a ponerme otra mano encima. Si no teme la ira de mi marido, tema entonces la de mi primo. ¿Cree que se tomará a bien sus maltratos? —Della se arropó con las pieles hasta la barbilla. Señalando la puerta de la habitación, gritó—: Apártese de mi vista de inmediato.

De nuevo, Cedric soltó una risa maliciosa. Todo su cuerpo se estremeció mientras se marchaba sin decir una palabra más. La mirada de Della se posó en el trozo de cuero húmedo tirado en el suelo.

¿Qué voy a hacer? Ni siquiera sé dónde estoy.

El golpe de Cedric hizo que el dolor punzante de su cabeza empeorara.

Sin embargo, no se permitió recrearse en su lamentable estado.

Forzándose a actuar, se desplazó hasta el borde de la cama y se aseguró de que el vestido no le dejara el cuerpo demasiado expuesto.

Puso los pies en el suelo y levantó la barbilla con aire regio.

Cuando la puerta se abrió, estaba lista para enfrentarse a Stuart.

—Stuart. —Inclinó la cabeza a modo de reconocimiento, observándolo con ojos fríos y duros. Cerrando la mano en un puño, de repente deseó saber luchar con las manos.

—Della. —Le dedicó su vieja y familiar sonrisa y entró en la habitación como si nada fuera mal.

Su aspecto le recordaba al muchacho que había sido.

Llevaba la cara bien afeitada y la ropa lavada y planchada.

Cuando sonreía, el hoyuelo de su mejilla parecía añadir un encanto pícaro a su rostro.

Sus ojos ya no brillaban con un rojo demencial, sino que estaban claros y descansados.

—Stuart, tienes que ayudarme —le suplicó Della.

Por un momento, la esperanza brotó en su interior.

¿Se había imaginado al Stuart enloquecido?

¿Aquel que había declarado que debía amarlo y ser su esposa?

Este hombre que estaba ante ella no podía haber dicho esas cosas—.

Cedric es el responsable de las incursiones. Mató a toda esa gente. Debes…

—Cedric me ha informado de que conocías la verdad del asunto —la interrumpió Stuart asintiendo comprensivamente.

Cuando ella intentó hablar de nuevo, él la acalló como si fuera una niña y ella cerró la boca—.

No contábamos con que habrías ido al lugar con los hombres.

Nunca habías salido a caballo antes. No estabas destinada a ver esas cosas, solo a oír hablar de ello por Roldan.

Si hubiera sabido que irías, habría encontrado la manera de retenerte.

Lo siento, Della. Nunca quise hacerte daño. Te quiero.