Señor del Fuego, Dama de Hielo Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—No, no digas esas cosas. —Della lo abrazó—.

Sí te quiero. Siempre te he querido y siempre te querré.

Tú, mi querido y fiel Stuart, eres el hermano que nunca tuve.

Pero ahora estoy casada. Siento que hayas renunciado a la felicidad por estar conmigo.

Siento que tus planes se arruinaran por serme fiel.

Ojalá pudiera quitarte el dolor de la infancia de tu corazón.

Ojalá pudieras encontrar el amor verdadero.

Nunca debería haberte hecho prometer que me esperarías.

Nunca debería haber dicho que nos casaríamos.

Fue egoísta por mi parte aprisionarte lejos del amor.

Con la mujer adecuada, tu corazón sanará.

Es culpa mía que estés solo y tan dolido.

Soy una mujer egoísta y una mala amiga. Stuart, ¿podrás perdonarme alguna vez?

— Della. —Stuart la estrechó contra su pecho—.

No, no es culpa tuya. Yo también quería casarme contigo.

Ya sabes lo cruel que fue mi madre con mi padre.

Lo atormentaba. Deseo alejarme del dolor que una mujer puede infligir.

Y me doy cuenta de que esto debe de ser una señal de que estoy destinado a estar siempre solo.

Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras lloraba contra su hombro.

La culpa por lo que le había hecho la ahogaba.

Él le resultaba tan familiar, era su amigo más antiguo y sufría tanto.

Y ella estaba tan confundida. ¿Le había echado Brant un hechizo?

¿Amaba a su marido? ¿O amaba de verdad a Stuart?

Pero cuando abrazaba a Stuart, no sentía ninguna de las emociones turbulentas que sentía con su marido. No había nada del dolor o la alegría que provenían de amar a Brant. Todo lo que sentía era afinidad y el consabido dolor al que ambos se habían aferrado en la infancia.

Apartándose, le escudriñó los ojos. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, los labios de Stuart se encontraron con los suyos en un beso. Sus labios se separaron, esperando obviamente una mayor respuesta de ella. Della ahogó un grito y empujó su pecho.

—¡No, Stuart! —Della se zafó de su abrazo. Asustada, se puso en pie de un traspié. Sus cálidos labios no crearon ninguna de las sensaciones que los de Brant le provocaban.

—Oh, Della, lo siento. No sé qué me ha pasado. —Apartó el rostro de ella. Se levantó en silencio, con los hombros encogidos—. Estoy tan humillado.

—No, no es culpa tuya. —A Della le incomodaban sus acciones, pero creía entenderlas—. Estás alterado por la noticia de mi padre y mis nupcias. Con todo el trabajo que has estado haciendo para el rey Guthrum, no es de extrañar que estés bajo mucha presión.

—Ahora se lo dirás y seguro que me mata. —Stuart la miró con frialdad—. Te ha apartado de mí.

Della se preguntó si Stuart siempre había sido tan posesivo con ella. No recordaba que fuera tan emocional cuando eran niños. Culpable, reprimió la repulsión que le causaba su exhibición dramática.

—No, no se lo diré.

Stuart la observó, levantando la barbilla con orgullo. Su expresión se endureció cuando los ojos de ella se apartaron de su rostro.

No, ¿cómo podría decírselo? Probablemente me culparía a mí, pensó Della mientras apretaba los labios. Caminando lentamente hacia el patio, sabía que Stuart no la seguiría demasiado de cerca.

Brant miró a su condesa. Permanecía sentada en silencio a su lado durante la cena.

De hecho, toda la mesa presidencial estaba inusualmente desprovista de conversación.

El rostro de Della estaba pálido, sus ojos hinchados como si hubiera estado llorando.

Quiso atraerla a sus brazos y borrar el dolor que veía grabado en su expresión.

Su mejilla todavía estaba roja y amoratada, un recordatorio de su duro trato.

No le dejaría una cicatriz en la carne, pero su corazón era otra cuestión, y ese músculo ya había sido maltratado.

Sir Stuart estaba sentado al otro lado de Della, comiendo en silencio. El hombre le sostuvo la mirada y una pequeña sonrisa se formó en la comisura de su boca arrogante. Brant apretó el puño, resistiendo el impulso de estirar el brazo por encima de la mesa y golpearlo.

¿Lloraba Della por su primo? ¿O lloraba por alguna otra razón femenina e insustancial? Brant temía que solo pudiera haber una respuesta y no le gustaba.

Mientras cenaban, sentados en un lugar elevado ante los ojos del gran salón, no era el momento de estudiar a Stuart y Della juntos. Si quería respuestas reales, tendría que encontrar una excusa para reunirlos a todos a solas.

—Sir Stuart, se dice que tiene usted una habilidad admirable en el hnefa-tafl .

Se me conoce por haber ganado unas cuantas partidas y poseo un excelente tann-tafl si está dispuesto a jugar después de que cenemos.

—Brant mantuvo un tono formal, sin darle al hombre la oportunidad de regodearse.

Una expresión arrogante cruzó el rostro de Stuart mientras miraba al ealdorman .

El estómago de Brant se contrajo con animosidad cuando los ojos del hombre brillaron con malicia.

Della se volvió hacia él sorprendida, una cálida mirada de gratitud brillaba en su rostro ante su petición. Su voz transmitía un persistente aliento mientras le decía a su primo:

—Sí, Stuart. Quizá podrías jugar una partida.

Stuart asintió, sonriendo amablemente a su prima. Sus ojos parecían decir: de acuerdo, pero solo porque tú lo deseas, Della . Brant apretó los dientes. Della sonrió lindamente, mirando de un hombre al otro.

—Sí, Lord Blackwell. Sería un gran honor para mí enseñarle lo que sé. —Stuart se volvió hacia su aguamiel. Haciéndolo girar pensativamente en su copa, no volvió a levantar la vista.

Gunther gruñó al lado de Brant en señal de desaprobación, pero él lo ignoró.

Brant no pretendía recibir una lección del hombre odioso y Stuart también lo sabía.

¿Cómo se atrevía el hombre a intentar hacerlo parecer tonto en su propia casa?

El hnefa-tafl era un juego de mucha habilidad y maniobras políticas.

Sugerir que uno no era apto para el juego era sugerir que carecía de cerebro en el campo de batalla.

Cuando ella le dio la espalda, Brant fulminó con la mirada por encima del hombro de Della. Ella le susurró algo a su primo. No pudo oír sus palabras, pero sabía que no importaba. Pronto tendría las respuestas que buscaba.

Cuando se volvió hacia su tajadero, su apetito no era tan abundante como debería haber sido.

Nadie en la mesa principal rompió el silencio durante el resto de la comida.

Después de recibir el permiso de Brant para iniciar los juegos nocturnos para entretener a los hombres, Gunther y Roldan terminaron rápidamente su comida y se marcharon.

Brant incluso hizo que llevaran aguamiel a los terrenos para mantener a los hombres allí y ofreció un premio de cinco piezas de oro al ganador de la noche.

Quería estar libre de miradas indiscretas cuando sondeara a Stuart y Della en busca de sus reacciones.

Roldan se quedaría en el campo de entrenamiento a cargo de los hombres y Gunther volvería al salón para presenciar el torneo privado de Brant. Ni siquiera tuvo que decirle a su viejo amigo lo que tramaba. El hombre lo sabía instintivamente. Habían luchado juntos durante muchos años.

Esa noche, el hnefa-tafl era más que un juego de intelecto jugado sobre una mesa. Era un juego de ingenio jugado por su esposa.

Della mantuvo los ojos bajos durante la comida, ignorando tanto a su marido como a su primo por igual.

Sentía el calor de la mirada de Brant mientras vigilaba de cerca a Stuart, quien a su vez lo estudiaba a él.

Cada hombre medía al otro en una guerra silenciosa sobre su cabeza inclinada. Lo odiaba.

Después de la comida, el tann-tafl , la mesa de colmillos, se colocó en una de las mesas más bajas del salón principal.

Se animó a muchos de los soldados a salir al campo de entrenamiento para participar en los juegos de fuerza.

Las antorchas ardían altas y brillantes sobre el gran salón y las sirvientas llevaban las últimas bandejas de comida a la cocina.

Una dejó una jarra de aguamiel en la mesa de juego.

Gunther habló con la mujer mientras ella le servía una copa. Ella se sonrojó y se escabulló.

Asomándose desde el hueco de la escalera, finalmente vio a Brant cruzar el umbral del salón. Lo había estado esperando. Vacilante, le tocó el brazo.

—Ahí estáis, mi señor. Os he estado buscando.

Brant dejó de caminar y se volvió hacia ella. Su rostro de acero no mostraba emoción mientras miraba con indiferencia la mano nerviosa en su antebrazo. Azorada por su mirada, ella la soltó.

—Quería agradeceros vuestra amabilidad al permitir que Stuart se quede.

Él y yo somos todo lo que queda de nuestras familias.

Es un acto verdaderamente noble el que hacéis, especialmente después de todo lo que dije el día que nos conocimos, aunque fui castigada bastante a fondo por ello. Demuestra que sois un gran hombre.

Brant asintió, como si no estuviera seguro de qué hacer con su elogio.

—Venid, marido, os están esperando. —Della intentó de nuevo darle una palmada en el brazo.

Quería sentir el fugaz roce de su piel. Sin aliento, esperó una palabra o gesto tierno, solo para sentirse profundamente decepcionada.

Tragando saliva por un nudo que se le formaba en la garganta, miró su anillo, preguntándose, una vez más, si lo que sentía era causa de una maldición pagana—. ¿Deseáis que me vaya?

—No. Quédate y mira.